El Gobierno ha propagandeado como un éxito el hecho de que más de 3,5 millones de personas se hayan registrado en el Seguro Universal de Salud (SUS). Si tomamos en cuenta que la oposición intentó sabotear ese emprendimiento en las regiones que controla, el oficialismo tiene razones para alegrarse.
Pero salud no es solo habilitar un seguro. Se debe ver desde la infraestructura —que el Gobierno pretende mejorar utilizando los recursos de la Caja Nacional de Salud— hasta la atención a enfermedades como el cáncer, que sigue siendo una asignatura pendiente en todos los países del mundo. En este último apartado están los brotes virales.
La aparición de un virus del que poco o nada sabíamos, hasta que se reportó su existencia mediante exámenes de laboratorio realizados en Estados Unidos, ha puesto en evidencia lo mal preparado que está el país para afrontar enfermedades desconocidas.
Desde hace algunos años, con una regularidad que da cabal cuenta de lo poco que se avanza hacia una mejora sustancial de los servicios de salud pública en nuestro país, con los primeros aires del verano aparecen, particularmente en las zonas tropicales del país, nuevos virus que provocan enfermedades hasta hace algunos años poco comunes. Así ha sucedido con el dengue, con la chinkungunya, el zika y ahora el “Arenavirus del Nuevo Mundo”.
Esta vez el brote virulento tiene una característica diferente. Es que se ha producido en plena época invernal, por lo que, a diferencia de los casos anteriores, no se lo puede atribuir a la proliferación del mosquito Aedes aegypti sino a otro agente transmisor. Según los informes oficiales, este sería un roedor del género Calomys, un ratón selvático que vive en regiones con clima cálido.
Más allá de esa importante diferencia, las similitudes con los brotes de años anteriores son muchas. Se destaca entre ellas la notable velocidad con que tiende a cundir el desconcierto, la alarma y las dudas sobre la manera como el peligro está siendo afrontado por las autoridades sanitarias de nuestro país.
Que así sea no es un dato menor. Por el contrario, confirma que de muy poco o nada han servido las experiencias acumuladas durante los últimos años. La falta de dotación de recursos técnicos e insumos a los centros médicos de las zonas más vulnerables, como los laboratorios necesarios para realizar con prontitud la detección de los agentes patógenos, por ejemplo, sigue siendo una tarea pendiente y eso es inadmisible. A ello se suma la desconfianza que se refleja en la velocidad a la que tiende a cundir la alarma.
La responsabilidad principal está en manos de las autoridades del área de la salud tanto a nivel del Gobierno central como de los departamentales y municipales. Es urgente que, independientemente de sus percepciones personales, eviten caer en una actitud autocomplaciente sobre sus labores, como lo vienen haciendo con excesiva frecuencia.
No se debe pasar por alto que Bolivia es uno de los países que más motivos tiene para tomar en serio el peligro. Y no solo porque más del 60 por ciento de nuestro territorio, donde vive casi la mitad de la población, está expuesto a este tipo de brotes virulentos sino porque, y eso es lo más importante, son tan pobres los resultados hasta ahora obtenidos en la tarea de prevenir esos males que su carácter endémico tiende a hacerse irreversible.