CARTUCHOS DE HARINA

Tres tics nacionales

Como ya tengo edad para rumiar más el pasado que el presente, recuerdo cuando Banzer dejó el poder a su vice, Tuto Quiroga, en 2001. El mundo oportunista vio provisoriamente en Tuto el sol naciente, como después lo vio en Evo, con fortuna más longeva (perdonen la digresión; a ratos me pierdo entre el hoy y el ayer).
Lo que busco apuntar, empero, es apenas un detalle ceremonial. Después del discurso de un Banzer macilento, Tuto le brindó el típico saludo local masculino. Éste opera más o menos así: se da la mano derecha, mientras la otra agarra, palmea o frota el lomo ajeno (por ejemplo, conmovido con razón, Tuto le repasó con su palma la nuca al declinante y menudo exdictador). Una vez suelta la derecha, como quien suministra fisioterapia al vuelo, se soba con aquella el tríceps del interlocutor, el del brazo inverso al de la mano estrechada. Se cierra con un rencuentro de las primeras palmas.
El propósito psicocultural de este rito es reafirmar al otro que lo queremos de veras, intentando que ni una mirada de reserva se escurra. Es una forma tan boliviana de saludar, que no puede ser seguida por un peruano o un gaucho –pese a la vecindad geográfica y cultural–, desorientados por esta liturgia alambicada, cuando se la despliega distraída con ellos.
Con el mismo fin de no hacer sentir a los demás que nos interesan poco, un segundo tic se verifica al inicio de toda reunión en el sector público o privado, entre amigos, negociantes, miembros del partido, oficiales o radialistas. El protocolo tácito ordena que nadie ha de tratar inmediatamente, ni por asomo, el asunto que los congrega.
De hecho, hay un periodo forzoso en el que se ha de eludir, a riesgo de ser tenido por descortés o materialista, el maleficio de romper la conversación sobre el clima, la última encuesta, la madera (“¿es chonta o tajibo?”) de la mesa o el último viaje a Porongo de cada uno. Norma es que se aguarde entre 15 y 30 minutos para introducir el motivo de la reunión, como si surgiera de chiripa, en media charla. Nadie tolera la culpa de lucir tan frío como para no oír de las guaguas ajenas y, en vez, concentrarse en lo utilitario, que es abordar la cuestión y zanjarla, de una maldita vez.
El tercer tic es más reconocido. Asistimos, por ejemplo, a una presentación sobre los derechos del repollo, un foro en la Vice sobre la ”vectorización del éter social” o a un congreso sobre la vocación forestal de los Lípez. Primero hablan los expertos, no siempre atenidos al temario. Pero ése no es el tic que refiero. Las disertaciones concluyen, llevan ya dos horas –aunque el promedio de atención real del público alcance a los 25 minutos– y se abre la ronda de preguntas. Entonces, quien luego retomará su dócil aire andino-amazónico al salir, se torna en un Danton, hechizado por el control tiránico del micrófono.
Así como en las citas de laburo el problema que convoca a todos no puede parir sin preludio, en cada coloquio las preguntas no hallan manera de nacer, cautivas de otras urgencias espirituales. En su lugar, un(a) Danton(a) criollo(a) improvisa una ponencia adicional a las ya expresadas, usualmente más naufragante y menos lograda.
La intención del preguntador simulado es probar que él o ella (o “yo”, para el caso) merece un sitio en el panel, puesto que ha pasado el test vocal de saber mucho. El tiempo invertido es de entre 10 y 20 minutos per cápita, aunque puede prolongarse, dependiendo del temple del detentador del micrófono y de la labilidad del moderador. Al final de la inspirada tesis, normalmente no hay interrogante que esclarecer. Si acaso, la “pregunta” culmina con la queja de que no se mencionó algo que era cardinal.
Dejo constancia, como se dice en mi oficio, de que igual me descubro, divertido, ejerciendo esos tics tan idiosincráticamente nuestros. Y al detectarlos callado, no sé si en ellos se aloja nuestro deseo de agradar, matar el tiempo, cumplir añejos e inofensivos barroquismos, o el cuidado de que la propia autoestima o la de los otros no se desvencije, por si fuera tan frágil como intuimos.


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