A TI, JOVEN CAMPESINO

…el perdón y la Paz!

Dice Mons. Juárez, el Arzobispo de nuestra Arquidiócesis de Sucre, que vosotros jóvenes, y también los adultos, nos deis trabajo a los padrecitos solicitándonos celebrar el bendito sacramento de la Reconciliación o Penitencia. 
Resulta que a lo largo de esta semana de septiembre, en la Gran Novena que los católicos estamos rezando como muestra de amor a nuestra Patrona, Virgen de Guadalupe –cercana ya su Solemnidad– nos apostamos sacerdotes en los confesionarios de la Catedral para escuchar, con paciencia y cariño, esa necesidad de reconciliación con Dios, con los demás y con uno mismo, que todos precisamos.
Recuerdo alguna ocasión en que los chicos del hogar-internado preguntabais por qué hay que confesarse con un sacerdote y si no “vale” pedir el perdón directamente a Dios. 
- Además, padrecito -recuerdo tu intervención- yo no sé si quien me escucha merece que le diga mis faltas y hasta dónde no lo irá pregonando todo por ahí…
Tienes razón. Y no evité sonreír por la manera tan simpática de expresarte.
A ver, changuito. Me gusta decir, a propósito de esta objeción (seguro que ya estás pensando con ese semblante amable que tienes: “¡uy!, ¡cómo escribe este cura…!”) que los católicos intentamos salvar el diálogo. Es decir, compartir con alguien, que supuestamente se ha preparado para ello, las dificultades morales, y no tan morales, que todos tenemos. Abrirle el corazón es un ejercicio de confianza en la relación humana y, sobre todo, un desahogo, un volcar inquietudes e interrogantes, un activar la escucha… Y quien me escucha me puede aconsejar, animar, fortalecer mi voluntad, quizá corregir algo que no está bien. Tras ello, además, los creyentes tenemos certeza de que Dios nos perdona y reconcilia con Él, con los demás, con nosotros mismos. No lo dudes. 
La confesión sacramental es un ejercicio tremendamente humano y tremendamente espiritual. Lo uno y lo otro, se entremezclan en nuestra vida. Jesús así lo quiso y les dijo a sus apóstoles que fueran generosos en perdonar y fortalecer a las gentes. Después, la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha ido dando forma a este sacramento, hasta llegar a lo que estos días vivimos, como escribí antes, en nuestra hermosa Catedral Metropolitana. 
¡Ah!, y tranquilo que los padrecitos tenemos obligación grave de guardar el secreto de confesión. Ante nadie podemos manifestar tus faltas. Quedan en nuestro corazón y, lo más importante, en el corazón del mismo Dios. 
Es cierto que te arriesgas a manifestar tu vida ante alguien que, seguro, es limitado, rudo y torpe. Pero creo firmemente que la apuesta de Dios por nosotros, sacerdotes, se cumple y nunca, nunca, nos faltan la luz, la ayuda, el consejo, del cielo. Creo que me entiendes, ¿verdad?
Mira, estos días, hartos adolescentes, como tú, se acercan a confesar. Diría, más bien, a hablar con nosotros. Te aseguro que lo de menos son los pecados. Esos, el Señor los conoce mejor que los propios chicos y señoritas. Lo que estos oídos escuchan –sagrado verbo– son vuestros problemas y desencantos. Y me gusta preguntaros por todo lo lindo y hermoso que también forma parte de vuestra generosa edad. Es que necesito aprender de vosotros. Necesito conocer los “entresijos” (busca esta palabra en el diccionario, porfa) que os acompañan para así entender el mundo de los adultos. Mi mundo. 
Adultos que, igualmente, se acercan al confesionario con su carga vital, y a quienes debo ilusionar y llenar de esperanza. 
Te recuerdo las palabras con las que termina la confesión. Tú las conoces. Son palabras de absolución, de perdón, y quiero decirlas despacito, remarcándolas, para que penetren profundamente en los ánimos cansados y desmoralizados:
- Dios, Padre misericordioso… te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la PAZ…
Esa PAZ inmensa, grandota, que todos necesitamos. 


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