Tal vez sin excepciones, la prensa nacional no comprometida, aunque manteniendo su imparcialidad, su ejemplar objetividad, se abrió hace unos años con manifiesta amplitud a una nueva corriente política que empezaba a avizorarse en el vasto horizonte de la república.
En ese contexto, nunca dejamos de persistir en nuestro afán de contribuir al perfeccionamiento de nuestro sistema democrático. Por ejemplo, dejamos sentada una y otra vez nuestra crítica severa contra la superficialidad y la carencia de valores de los gobiernos de los últimos 30 años a los que siempre tuvimos bajo nuestra lupa. Esa actitud crítica, a veces tenaz y particularmente dura, siempre se estrelló contra la coraza de los gobernantes ineficaces, muchos de ellos, para colmo, embarrados en la corrupción.
Por eso, y porque nuestros esfuerzos solo a medias lograban resultados satisfactorios, nos abrimos con esperanzas al nuevo horizonte inaugurado hace más de 15 años. Nunca nos ofrecimos a ser instrumento de nadie, pero tampoco comulgamos con ideas como las que apuntaban a “abrir cauces a una nueva, a una inédita opción”. Confiándonos en la la esperanza, supusimos que esa amplitud podría servir para mejorar los caminos de nuestra historia.
Ahora, tan conscientes del lugar que nos hemos ganado con nuestros aciertos, y a pesar de nuestros errores, ratificamos el compromiso que nos legaron nuestros fundadores y antecesores.
Lo hacemos conscientes de que esta apuesta por la libertad tiene y tendrá un alto precio. Sabemos que la lucha contra la censura y todas sus consecuencias no sale gratis. Tiene un precio, a veces muy alto, pero un precio que estamos dispuestos a pagar.
En lo cotidiano, eso se refleja en nuestra batalla diaria en frentes tan diversos como el que pretende limitar nuestro derecho a realizar y difundir encuestas de percepción política.
Nada que nos sorprenda porque sabemos que, como lo advertimos en su momento, las restricciones que se nos quieren imponer no buscan establecer igualdad entre las candidaturas, argumento con la que pretenden justificarse los nuevos censores. Sabemos que lo que pretenden es evitar que las encuestas desfavorables para el Gobierno sean difundidas. Eso fue lo que pasó con la elaborada por la UMSA que fue vetada mientras otras, las que favorecen al régimen, sí fueron difundidas, con la venia gubernamental.
Esa batalla, que es solo una más de las que a diario se libran tras bambalinas o entretelones, sólo puede terminar con pocos ganadores y muchos perdedores.
Entre los potenciales ganadores, figuran pocos, cada vez más pocos. Entre los posibles perdedores, en cambio, estamos los demás.