EDITORIAL

Se apagaron los fuegos, comienzan las lluvias

Todos los años, con la misma claridad con que se anuncia la inminente llegada de la próxima temporada de lluvias, comienzan por estos días a oírse las primeras advertencias sobre la posibilidad de que lleguen los más diversos “desastres naturales”.

Inundaciones, riadas, avalanchas de lodo, derrumbes, accidentes, pérdida de sembradíos y ganado, además de la ya consabida contabilidad anual de vidas humanas perdidas son algunas de las calamidades que suelen llegar a Bolivia, todos los años, junto con las lluvias.

Ante un pronóstico tan contundente, corroborado además por las primeras lluvias del año, lo lógico sería que todas las instancias estatales –central, departamentales y municipales– dediquen sus mejores esfuerzos a tomar los recaudos imprescindibles.

En el caso de Sucre, lo que cabe esperar, dado lo terrible que fue la traumática experiencia sufrida en la unidad educativa Aniceto Arce hace dos años, es que se concentren los recursos y energías en la adopción de medidas preventivas. La limpieza de las alcantarillas y la revisión del estado de las infraestructuras educativas, por ejemplo, tendría que ser un asunto de máxima prioridad.

Si bien la Dirección Municipal de Gestión de Riesgos es una de las más organizadas a partir de experiencias tan traumáticas como la que citamos, ello resultará insuficiente si no se asignan recursos suficientes para reconstrucciones y reparaciones de infraestructuras públicas y/o si el aparato burocrático de las instituciones públicas no funciona de manera oportuna.

En otros municipios del departamento y del país la situación aún es más preocupante y hasta desconcertante cuando se cuentan con los recursos y los avisos necesarios para actuar.

Ante la inacción de nada parecen servir las vidas perdidas ni el sufrimiento de decenas de familias cuyos bienes fueron destruidos por aluviones de piedras y lodo. Estériles también parecen las advertencias de quienes, por su conocimientos en materia geológica, hidrológica o por simple sentido común, no se cansan de advertir sobre la posibilidad de que los desastres se repitan, con mayor intensidad, en esta temporada.

Los ciudadanos tienen, por supuesto, su cuota de responsabilidad, visible en  las numerosas construcciones clandestinas pese a las advertencias, que suelen ser víctimas de deslizamientos ante precipitaciones pluviales. 

En ejemplos más pequeños, las bocas de tormenta taponadas incluso con cemento desaniman a quienes cada año se empeñan en limpiarlas para evitar inundaciones.

No podemos seguir desdeñando las pequeñas acciones en las que podemos participar, y menos dejar de fiscalizar las tareas de los distintos niveles estatales.

No perdamos de vista el horizonte: actuemos en prevención antes de llorar nuevos desastres.

Las heridas de los incendios están muy frescas. Que las lluvias no lleguen con malas noticias.


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