Dejemos de quejarnos

La mayoría de personas nos quejamos de todo, pero nos acobardamos a la hora de actuar. Asumo que es un asunto cultural. Solo demandamos. Queremos que el mundo cambie, pero nos negamos a dar el ejemplo, siendo parte de ese cambio.

Desde cada trinchera, que por lo general es de confort y cero riesgos, todo lo sacrificamos en la pira sagrada de la queja. Erróneamente siempre esperamos que otros lo hagan y pocas veces orientamos nuestros pasos por la senda de la acción a favor de un cambio que favorezca a todos y todas. Mientras tanto los problemas estructurales de nuestra sociedad se profundizan.

Ejemplos hay en abundancia. Hablamos de la situación penitenciaria y probablemente no hemos pisado un recinto carcelario en nuestra vida. Criticamos a jueces y fiscales, pero jamás hemos tenido un proceso judicial y –en el caso de los abogados– no desarrollamos un litigio ético. Despotricamos de la realidad universitaria (que es de crisis) pero, pese a tener un perfil idóneo, nos negamos a ser parte de un proceso que renueve su estamento docente. Pregonamos y mostramos como nuestra la bandera de la solidaridad, pero exhibimos sin miramientos nuestras vanidades; pese a que en el tiempo que vivimos hay más humanos que sufren enfermedad, hambre y frío. Mientras somos parte de la función pública renunciamos a nuestra libertad de expresión y opinión, pero la recobramos cuando somos despedidos. Por nuestro anclaje ideológico solemos ser acérrimos con cualquier gobierno de turno, pero mudos ciegos y sordos con nuestros partidarios a nivel pueblo, país y en el mundo.

Nuestra incoherencia es tanta que mostramos como culpables a personas que lo dan todo para construir un genuino punto de partida de pueblos o países y exoneramos y santificamos a sujetos que hasta su historia han intentado robarle a nuestros pueblos.

En esta línea de reflexión, y sin el ánimo de defender u ofender a nadie, es chocante ver como iluminados e inspiradas, desde el inicio de la crisis sanitaria, se esfuerzan tanto por deslizar responsabilidad por lo que ocurre en sus actuales autoridades. ¿Acaso quieren hacernos creer que los servicios públicos que presta el Estado, en nuestros países, no llevan consigo problemas estructurales desatendidos históricamente? ¿Esperan que ignoremos que el servicio de salud es uno de los ámbitos más ninguneados de las últimas décadas por los gobiernos? ¿No es verificable acaso que la capacidad de cobertura del servicio de salud, incluso en estado de “normalidad”, siempre fue ineficiente e insuficiente? ¿Nos cuesta tanto reconocer y aceptar que en general nuestro mundo no estaba preparado para una situación como la que hoy vivimos? ¿No es cierto acaso que nos hicimos de la “vista gorda” frente al estado de los servicios de salud en nuestros países y que recién hoy valoramos su prioridad? ¿Ignoramos la idiosincrasia de nuestra sociedad sobre el cumplimiento de reglas? ¿Desconocemos que seguimos siendo un país mayoritariamente informal y marcado por la inequidad y falta de oportunidades?

Me pregunto si alguna vez, aquellos y aquellas que hoy tanto critican, han tenido algún espíritu crítico de su propio papel en la sociedad y en su relación con el Estado; sobre todo si trabajaron en él. También si son conscientes de que, por más que no lo quieran aceptar, hay una corresponsabilidad frente a cada problema que aqueja a nuestra sociedad.

Estoy entre quienes alientan y defienden los derechos y libertades, expresión y opinión por ejemplo, pero es inevitable guardar silencio cuando lo que se dice no es coherente con la conducta pública de quién los emite. Necesitamos además de coherencia ser doblemente autocríticos. Este tiempo, en el que estamos llamados a dar lo mejor de cada persona, lo exige.

Tenemos demasiados problemas y pueden ser menos si abandonamos el lastre de criticar por todo y nada. Centremos nuestros aportes en reconstruir nuestra clase política y con ella (hablo de un proceso social) el Estado y la economía. Criticar con acierto, por ejemplo en todo tiempo, es atacar aquellas relaciones que según el historiador peruano Daniel Parodi implican “la permuta del bien común por fortunas individuales o corporativas mal habidas” o las que tienen que ver con “arrebatarle el control de las grandes decisiones nacionales a quienes han convertido nuestros recursos en la oportunidad de amasar enormes fortunas particulares”.

La queja si no es acompañada de acción no sirve, se convierte en el pasatiempo de los incapaces.

 


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