Las clases virtuales

Debido a las limitaciones que nuestro país tiene en el uso de internet, la educación es uno de los sectores más afectados por una pandemia que, día tras día, parece amenazar con prolongarse.
El año pasado, todavía bajo el gobierno transitorio, la reacción nacional frente a la irrupción del covid-19 fue el miedo. Se identificó a una mujer procedente de Europa como la portadora del virus y, sin bases científicas, se la acusó de haberlo introducido al país. La acusación no tenía base ya que esa persona había llegado por vía aérea, a través de ViruViru, pero, como todos sabemos, ese no es el único punto por el que se puede entrar a Bolivia. Además de otros aeropuertos, como el de La Paz, existen distintos lugares de acceso a lo largo de nuestras fronteras.
Sin ir lejos, habrá que recordar que las autoridades sanitarias de Potosí identificaron como el “paciente cero” de este departamento a un transportista que retornó de Chile, a donde viajó llevando minerales. Supuestamente, esta persona fue la que introdujo el virus y provocó su multiplicación en territorio potosino. No tenía nada que ver con la mujer que ingresó por ViruViru, pero una parte de la sociedad se ensañó con ambos. Una y otro, y sus respectivas familias, sufrieron maltrato y discriminación.
A partir de esas dolorosas experiencias, muchos bolivianos han optado por las peores salidas para enfrentar la pandemia. Es cierto que el confinamiento del año pasado fue mundial y necesario pero, actualmente, ninguna ciudad aceptaría volver a una cuarentena rígida por la sencilla razón de que nadie quiere la paralización del aparato productivo. 
En el tiempo presente, con el planeta prácticamente acostumbrado al coronavirus, lo que corresponde es aplicar las medidas de bioseguridad de manera individual y no esperar a que sea el Estado el que nos obligue a emplearlas. Porque, si lo pensamos bien, ¿cuánto estamos cumpliendo nosotros con esas medidas? ¿Todos nos lavamos las manos permanentemente y nos desinfectamos al ingresar a ambientes cerrados? ¿Todos nos duchamos y cambiamos de ropa cada vez que regresamos a nuestros hogares? Respondiendo honestamente a esas preguntas, habría que admitir que los cuidados se limitan a lo mínimo indispensable: usar barbijo y limpiarse las manos con gel cuando nos lo ofrecen en algún comercio u oficina.
Y, si somos autocríticos, tendremos que admitir que una de las razones por las que hemos relegado la educación al plano virtual es, precisamente, porque no sabemos cuidarnos y, consiguientemente, tampoco cuidamos a nuestras familias. Si nuestros hijos salen de casa para ir a la escuela, un lugar en el que se aglomera gente, es probable que se contagien porque nosotros no sabemos cómo mandarlos y recibirlos en tiempos de pandemia. Así vistas las cosas, pareciera que optamos por lo más fácil –y perjudicial–: las clases virtuales.
¿Es útil esta modalidad? Sí, por supuesto. ¿Es la mejor, la deseable? No, y los maestros lo saben mejor que nadie, porque han perdido el contacto con el estudiante, algo muy necesario para el seguimiento dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje de un niño, un adolescente o un joven universitario.
Este sistema, que funciona y muy bien a nivel superior desde hace años, incluso décadas, especialmente para diplomados, maestrías y doctorados, se puede aplicar sobre todo en países que ofrecen condiciones más equitativas de acceso a la tecnología. De lo contrario, muchos educandos quedan marginados de la educación.
Por lo pronto, no todo es malo porque hay muy buenas experiencias educativas con la modalidad virtual, aunque —insistimos— no sea la óptima.
Paralelamente, esta educación que se ha alejado del aula por motivos pandémicos, ha invadido los domicilios al punto de dejar al descubierto cómo viven los alumnos. Ahora es posible ver, por ejemplo, que algunos padres los golpean porque ya no pueden con la presión de coparticipar en el proceso educativo.
En los hogares, más aún en aquellos que sobreviven como pueden a la crisis económica provocada por la misma pandemia, se dan cuenta de que esta tarea se ha puesto verdaderamente difícil al tener que proporcionar a los hijos las condiciones adecuadas para que no pierdan el ritmo, cuando en realidad el ritmo de vida ha cambiado para todos, en todo el planeta.
 


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