La historia del Congreso de Bolivia, hoy designado como Asamblea Legislativa Plurinacional, está registrada en sus actas. Si se acude a su Archivo y Biblioteca, ubicados en La Paz, se podrá encontrar esos testimonios de las deliberaciones y, al revisarlas, se podrá comprobar que nunca antes, en la historia de Bolivia, se había rechazado tantas propuestas de distinciones y por motivos nimios.
Entre las más emblemáticas se encuentra la distinción al sacerdote franciscano Eugenio Natalini Magnani, propuesta por una senadora de Comunidad Ciudadana, que fue rechazada por argumentos que no tenían pies ni cabeza. Lo que dijeron los senadores del oficialismo fue que no se podía distinguir a alguien que formaba parte de la Iglesia católica porque esta se había mostrado contraria a las acciones del Gobierno en los últimos tiempos. Fue, sin duda, una justificación injustificable que, para colmo, se agravó cuando una senadora agregó que el sacerdote propuesto era “un viejito” y ahí incurrió en discriminación en razón de edad.
Más o menos así de descabellados fueron los argumentos con los cuales se rechazó las distinciones a Roberto Valcarcel, el filósofo HCF Mancilla y la Editorial Gisbert. Ninguno de los argumentos justificó la negativa y, pese a la protesta de la reducida y famélica oposición, los votos de la mayoría oficialista determinaron la negativa. Como en el caso de Natalini, hubo una protesta, pero no lo suficientemente fuerte.
Como, además, Valcarcel estaba enfermo de covid-19, otras distinciones fueron promovidas casi de inmediato. Esta vez, el Senado no se conmovió y simplemente ignoró los reclamos. Finalmente, el artista plástico falleció y se llevó consigo la ingratitud de un Senado que, aunque las actuaciones hayan sido personales, rechazó oficialmente una distinción más que merecida.
¿Cuáles fueron los argumentos? Lo que quedó nuevamente en claro es que la negativa tuvo que ver con el hecho de que ni Valcarcel ni Mancilla habían transitado por los senderos de la política partidaria y, concretamente, de las corrientes que sustentan al partido en función de gobierno. A Mancilla, incluso se le endilgó las consabidas acusaciones de “derechista”. Para la Editorial Gisbert, las cosas fueron todavía más claras. Su relación con el expresidente Carlos Mesa fue más que suficiente para negarle cualquier distinción.
Si se revisa las actas del Congreso, se encontrará que nunca antes se actuó de manera tan sectaria. Al ser un órgano eminentemente político, el Congreso actúa en función a intereses partidarios, pero nunca se había guiado por simples sospechas o apariencias. Si Valcarcel y Mancilla habrían tenido militancia opositora, la negativa podría justificarse pero la verdad es que ambos tienen independencia partidaria y, aparentemente, ese fue su delito.
En realidad, esta conducta discriminatoria, reñida con la Ley 045, no es exclusiva del Senado sino que se está viendo con bastante frecuencia en toda la administración estatal. No importa cuán competentes hayan sido los funcionarios que trabajaron con el anterior régimen porque se los sacó de sus cargos. Peor aún, no se contrata a nadie, por muy alto perfil profesional que tenga, si es que no forma parte del “proceso de cambio”. No solo eso. El no ser militante no solo le descalifica sino que es motivo para acusarle de haber actuado en función opositora.
Por tanto, el verdadero móvil para estos rechazos u oposiciones es el odio, la venganza y el resentimiento.
A Natalini, finalmente, le distinguieron por la presión de los potosinos. Valcarcel no tuvo esa suerte y se llevó a la tumba un rechazo motivado por bajas pasiones.