El Noviembrismo de Richter

Wim Kamerbeek Romero 15/10/2021
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Jorge Richter, politólogo y actual Vocero Presidencial, ha publicado “El Noviembrismo. Análisis y reflexiones del momento rupturista”, una recopilación de textos que tienen como hilo conductor no tanto el hecho en sí, es decir, lo ocurrido en noviembre de 2019, sino los efectos de la toma de poder de Jeanine Áñez y cía. Richter analiza un escenario político adverso al MAS y propone una “filosofía política posmoderna” que debe llevar a Bolivia a salir del delicado momento político en el que se encuentra. Son buenas intenciones, sin duda, pero teorizaciones bastante problemáticas.

Por “noviembrismo” entiende Richter una “fractura institucional, con carácter regresivo y restaurador del modelo de Estado noventista”, que se identifica con una “referencia constante a una retórica de “libertad”, “recuperación de la democracia”, “regreso de las creencias religiosas católicas” y el proceso de “pacificación” (pág. 47). El ensayo –en realidad, una recopilación de columnas en medios escritos– juega constantemente con oposiciones y similitudes, aunque estas un tanto arbitrarias y forzadas: así como el “noviembrismo” se opone al “modelo Evo” (pág. 91), los gobiernos dictatoriales de los 70 y 80, los gobiernos neoliberales de los 90 son equiparables al gobierno de Áñez. El primer orden comparativo –entre Áñez y Morales– es poco crítico, mientras que el segundo orden comparativo –entre la historia política boliviana y Áñez– es complicado. A esto se suma que Richter intenta una nueva propuesta, que combina democracia liberal y democracia intercultural, aunque no da muchas pistas de lo que eso signifique.

En palabras de Richter, el “modelo Evo” –el gobierno de Evo Morales entre 2006 y 2019– habría promovido dos formas “fundamentales” de hacer política: la movilización popular y el asambleísmo (pág. 92), que, al parecer, son más efectivas que la democracia representativa y no requieren de deliberación ni consenso con otras partes. La movilización popular habría sido “inculcada” por Morales a los movimientos sociales (pág. 92), mientras que el asambleísmo es igual a un “pueblo reunido y peticionando” (pág. 93), que “peticiona, y el gobernante, Evo Morales, obedece y manda”. En otras palabras, aunque Richter aboga muchas veces por el respeto a las libertades y a las instituciones en este ensayo, otorga un peso específico a formas de hacer política que no son liberales.

Según el autor, una relación más fluida entre un gobernante y un grupo importante de personas es aquella que no delibera en espacios formales, olvidando a los que no forman parte de este grupo de personas. El asambleísmo es otra palabra para “corporativismo social” en el ensayo de Richter, quien no contempla una lectura crítica de este tipo de relaciones políticas (por ejemplo, que esta es otra forma de participación controlada de la sociedad en el Estado, que la cooptación es la puesta en agenda de ciertas demandas, pero no su transformación, o que una sociedad activa no es igual a una sociedad fuerte en relación a quienes gobiernan, etc.). Es probable que estas formas de hacer política son mejor comprendidas por el MAS, pero son históricas, al fin y al cabo, mucho anteriores a Evo Morales y, por tanto, no exclusivas de un “modelo”. Claro, Richter otorga más peso a estas relaciones políticas y olvida adrede que el modelo Evo no fue un modelo institucional per se (de otra forma, el “noviembrismo” no habría existido) sino sumamente pragmático.

La preferencia de Richter por el “corporativismo social” es un sesgo por los derechos políticos, no los derechos civiles, aunque estos no están ausentes de su análisis. Las comparaciones entre Áñez y Natusch Busch, o García Meza o el “Estado noventista”, sirven para denunciar la poca comprensión de un sector conservador (sin distinciones) del país que reprime a los sectores populares y mayoritarios (pág. 15), pero no para analizar el hecho que tanto el de Áñez como en, al menos, los dictatoriales, la falta de controles civiles facilita represiones y concentra decisiones en un Órgano del Estado. También funcionan para demostrar que los anteriores son la negación de un “país plural y diverso” (pág. 16) y que, gracias al “método de pactos”, la verticalización de los partidos políticos desde el retorno a la democracia, impulsan la cultura del empleo estatal y, por tanto, estimula “formas de clientelismo y padrinazgo político” (pág. 26). En otras palabras, Richter obvia que, al menos desde el retorno de la democracia, hay hitos importantes: el proceso de reconocimiento a la diversidad y pedidos de autonomía de los pueblos indígenas desde la tesis política de la Csutc en 1983, el multiculturalismo y sus implicaciones en 1994, y que el “clientelismo y padrinazgo político” no tienen tanto que ver con la “democracia pactada” como con elementos de cultura política de larga data. Arbitrario: el “modelo Evo” se opone a todas las deformaciones de la democracia liberal, pero también olvida procesos que tienen siglos (el clientelismo es algo que puede encontrarse incluso en la Colonia, pero también en el gobierno del Nacionalismo Revolucionario, y el padrinazgo político en los gobiernos elitistas de fines de siglo XIX y siglo XX).

Como se ve, las comparaciones entre distintos órdenes políticos no obedecen al hecho que el gobierno de Áñez es el síntoma de una lucha entre élites locales y nacionales desde 1825 (los Demócratas son, al fin y al cabo, un partido político regional que irrumpe en lo nacional a través de alianzas estratégicas, y sin éxito) y que son, justamente, el clientelismo y padrinazgo político, elementos que están presentes tanto en el “modelo Evo” como en el gobierno de Áñez, aunque el primero juega mejor que la segunda. Será por todo lo anterior que Richter tiene dificultades en caracterizar al gobierno de Áñez: desde conservador, capitalista, liberal en lo económico e interventor en lo político, hasta “republicanista que no es de derecha ni de izquierda” –en todo caso, nunca se habla de una derecha prejuiciosa y provinciana, en todo caso no liberal– se confirma, como dice el autor en su marco teórico, que analizar la política boliviana desde la teoría o ciencia política es una tarea difícil.

La intención del autor en sintetizar la democracia liberal (gobernabilidad, institucionalidad) con la democracia intercultural (corporatividad social, diversidad) es rescatable pero no está desarrollada, y tampoco es crítica con todo lo expuesto anteriormente. Los valores liberales tienen un sesgo en los derechos políticos sobre los derechos civiles, y el autor definitivamente no explora en el hecho crucial al gobierno de Áñez: que ni antes ni después, el Estado boliviano es un Estado fuerte en el que los que gobiernan no puedan aprovecharse de los recursos estatales, o bien, usan los recursos estatales disponibles en contra de otros grupos.

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