En la cada vez más incierta y difícil situación política de Bolivia y de varios países latinoamericanos, en nuestras regiones se oyen con frecuencia opiniones sobre federalismo, sistema de gobierno adoptado con luces y sombras por otras naciones.
El federalismo es, en efecto, un sistema político en el cual las funciones de gobierno están repartidas entre un grupo de estados asociados, que luego delegan competencias a un Estado federal central.
Todavía se pueden ensayar una serie de especulaciones sobre las ventajas y desventajas de cada caso, pero no es el tema porque nuestro país, como siempre, es el que más variables tiene que complican las soluciones. Más que una solución planteada, parece un grito desesperado de disconformidad con lo que ocurre actualmente y que no es otra cosa que un centralismo exagerado, que ha hecho mucho daño al país con excepción, claro está, del lugar donde está ubicada la burocracia, puesto que todo se decide en la sede del Gobierno y para todo hay que trasladarse allá, lo que es peor para ciudades postergadas como la nuestra, porque ni siquiera tenemos vuelos directos a La Paz, a pesar de tener un aeropuerto “internacional”.
El primer paso en contra del centralismo fue el de las autonomías lideradas por Santa Cruz. El oficialismo tomó hábilmente la bandera, para que no haya autonomías; el resultado fue un insólito centralismo. Las autonomías han quedado para el membrete de los gobiernos departamentales y de los gobiernos municipales, cuyas autoridades se llenan la boca llamándose autónomas, a sabiendas de que para todo tienen que pedir la venia del centralismo.
Ahora se plantea una lucha por el federalismo y, otra vez, se prepara el oriente con el peligro de que ocurra lo mismo que antes y que el tiro salga por la culata. Es un proceso que requiere de tiempo y especialmente de debate y estudio en las diferentes regiones, pero hay una cosa clara: el país debe recorrer el camino que nos haga menos dependientes porque lo que ocurre ya está de buen tamaño.
En mi opinión, no está nada mal estudiar cualquier alternativa que nos libre de la malsana dependencia porque de nada nos sirve votar por renovar autoridades que al final se convierten en sirvientes del Gobierno central, serviles los oficialistas e ignorados los de la oposición. Las opiniones de que no es el momento, no son opiniones sino una forma de salir del paso. Nunca será el momento porque siempre hay problemas, pero definitivamente, y cuanto antes mejor, se debe estudiar una opción de coordinación nacional. Eso de los fisiócratas de dejar hacer y dejar pasar no es consejo sano.
Un país por supuesto que no puede volverse federalista o cambiar de sistema de la noche a la mañana, pero algo hay que hacer para evitar la desintegración de Bolivia en un proceso mundial de integración.