El dolor de Bolívar

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 17/12/2021
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Hoy se conmemora el 191 aniversario de la muerte del libertador Simón Bolívar, acaecida en la quinta San Pedro Alejandrino, en Santa Marta (Colombia).

La fecha de su fallecimiento es importante porque marca el fin de uno de los hombres más extraordinarios del siglo XIX, y también de uno de los más famosos. Bolívar dejó su huella en Potosí y en La Plata, hoy Sucre, ciudades que visitó durante su estancia en nuestro país por deseo expreso. Mucho se ha escrito sobre la huella que dejó en ambas; es suficiente recordar que la huella más visible del Libertador es, precisamente, esta patria, que por él lleva su nombre.

La muerte de Bolívar marcó un hito en la historia de las naciones que surgieron tras la expulsión de los españoles, pero, a la luz de la historiografía, resulta todavía más importante analizar lo que ocurrió en los días previos al fatídico 17 de diciembre de 1830.

Bolívar llegó a Santa Marta el 1 de diciembre de ese año en el bergantín “Manuel”, procedente de Sabanilla. Fue un desvío motivado por su salud, porque el destino del libertador era Cartagena de Indias. Conoció ese mismo día al médico Alejandro Próspero Réverénd, quien recomendó iniciar un tratamiento de inmediato.

La examinación al General y los antecedentes de un catarro pulmonar mal curado, además de la segunda opinión del médico Mac Night, determinaron que Bolívar se quedase en Santa Marta hasta su recuperación. De inicio, se hospedó en la Casa de Aduanas y, cuando los nuevos exámenes y el tratamiento revelaron que necesitaba más reposo, se fue a la quinta que era propiedad del español Joaquín de Mier. Repasamos estos detalles porque los relatos de aquellos días dan cuenta de que, en sus primeros días en San Pedro Alejandrino, Bolívar recuperó el humor y los deseos de afrontar la complicada situación política que le habían provocado sus adversarios en la Gran Colombia y en Perú. Fue entre el 6 y el 10 de diciembre que Réverénd encontró que la enfermedad del Libertador era terminal y, se lo hizo saber. Por eso es que su testamento tiene la última fecha de las mencionadas.

El periodo que conviene analizar, entonces, es del 10 al 17 de diciembre, una semana negra e infausta en la que Simón Bolívar terminó de asumir conciencia de lo que pasaba en los países que él había liberado: caos, conspiraciones y codicia habían convertido a las antiguas capitanías e intendencias en países que habían caído en manos de la gente equivocada. A tanto había llegado la angurria que, incluso, se tramaron y ejecutaron crímenes. Antonio José de Sucre había sido asesinado el 4 de junio, en una emboscada que era claramente el resultado de una conspiración.

Bolívar nació en una familia rica y era el heredero de una gran fortuna. Todo lo sacrificó para financiar los gastos de una guerra que finalmente consiguió expulsar a los españoles, pero no llegó a consolidar su objetivo: el surgimiento de una Patria Grande, conformada por los territorios que liberó. Por el contrario, incluso la Gran Colombia llegó a dividirse y las naciones resultantes cayeron en manos de gamonales y terratenientes que, así, conservaron sus privilegios. Eran los políticos de entonces, antecesores de los corruptos que gobernaron —y continuaron gobernando hasta el día de hoy— nuestros países.

Con el testamento hecho y con la muerte apoderándose de él, es lógico que Bolívar debió sentirse derrotado. Se le atribuye la frase “he arado en el mar”, y, aunque la veracidad de esta sea motivo de discusión entre los historiadores, hay que admitir que resume lo que debió sentir en aquel momento.

Si vemos ahora mismo cómo están los países que liberó, entonces le daremos la razón.

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