Los “dinosaurios” en las universidades

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 19/05/2022
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“Universidad” viene del latín “universitas” que quiere decir “el conjunto de todas las cosas”. En sentido amplio, significa “el conocimiento de todas las cosas” mientras que en sentido estricto viene a ser “el conocimiento por encima de sí mismo”; es decir, superior. De ahí surge el concepto de “casa de estudios superiores”.

Sobre esa base, la universidad es la institución, o la casa, donde se acumula el conocimiento, se lo discute, disecciona y, debidamente metodizado, se comparte con los estudiantes, que participan de su construcción. Teóricamente, el universitario es aquel que está encima de su tema, es decir, el que está dominando su materia, el que se ha enseñoreado perfectamente de un conocimiento. 

Esos son los cimientos teóricos sobre los que se constituyó la universidad, tiempo ha. A ella llegaba el conocimiento, y se lo debatía, para llegar a conclusiones. Debido a eso, muchas universidades fueron el crisol para el cambio de los tiempos. Claro ejemplo es el de la Mayor, Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca, a donde llegaron los conocimientos del enciclopedismo y luego fueron debatidos hasta concluir que no había igualdad en el régimen virreinal. Eso dio lugar a los alzamientos que provocaron la Guerra de la Independencia y el posterior surgimiento de nuevos países.

Si el sistema universitario nacional hubiera seguido estas reglas básicas, nuestras universidades estarían proporcionando, constantemente, propuestas de innovación y cambio y, paralelamente, dilucidando todo lo que está confuso en el pasado. Sin embargo, hace mucho que no cumplen esa función y se han convertido en meras repetidoras de lo existente. En otras palabras, la universidad boliviana —salvo honrosas excepciones no tanto institucionales, sino de docentes bien motivados— se ha olvidado de investigar y es una simple extensora de documentos que sirven para que una persona desempeñe un cargo. Se les llama títulos y están cada vez más devaluados.

Pero ni siquiera esa tarea se cumple eficazmente. En el marco de criterios de amplitud e inclusión, la universidad boliviana no fija tiempos de permanencia en condición de alumno y admite reinscripciones de estudiantes que llevan varios años repitiendo materias. Eso ha dado lugar al surgimiento de un peculiar tipo de estudiante, aquel que no aprueba materias y permanece indefinidamente en condición de alumno. Estos universitarios, que a veces pasan de los 40 años de edad, son conocidos como “dinosaurios”.

Max Mendoza Parra es uno de los dinosaurios más longevos. Tiene 52 años y sigue siendo estudiante universitario pues, según su registro, apenas ha vencido dos materias desde 1989, cuando se inscribió en la Universidad Mayor de San Simón. Lleva 33 años en la universidad y, durante todo ese tiempo, el Estado boliviano vino pagando su formación (¿?). No solo eso… también percibe un sueldo del Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB), que funciona con recursos fiscales. Ese sueldo, entonces, se paga con nuestros impuestos.

¿Cuánto ha contribuido Mendoza durante más de 30 años? ¿Desarrolló algún trabajo científico? Esta persona no ha tenido la entereza de reformar su normativa interna para que no se repitan casos como el suyo, que se ha acostumbrado a vivir de los demás.

Culpables son las autoridades y dirigentes universitarios que permitieron que esto sea una realidad. Se han acostumbrado a ver gente envejecer en las universidades cuando lo ideal es que se formen y profesionalicen rápidamente, con investigación de por medio. De allí también el legítimo enojo del civismo potosino —que marchó hace unos días— por la avalancha con muertes en la Universidad Autónoma Tomás Frías bajo la sospecha de la mano negra de la política metiéndose en asuntos que, en los papeles, están protegidos por una autonomía. (R)

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