E
stamos en noviembre y a horas de meternos de lleno en uno de los feriados más arraigados de nuestro país. Octubre ya es pasado y fechas que antaño eran importantes, parecen haber perdido significado.
Recuérdese, por ejemplo, que en octubre de 2003 se escribió una de las páginas más controversiales de la historia contemporánea de Bolivia. En lo político, se derrocaba por medios violentos a un gobierno constitucional, lo que marcaba el fin de un proceso de estabilidad y fortalecimiento de la institucionalidad democrática que se había inaugurado 21 años antes, en octubre de 1982. En lo económico, se iniciaba el desmontaje del modelo que estuvo vigente desde agosto de 1985, cuando se puso en vigencia el Decreto Supremo 21060. Y en lo social, comenzaba el desmoronamiento de unas élites que no supieron cumplir su rol y que, por su estrechez de miras y mezquindad, se condenaron a sí mismas a perder sus privilegios.
A ese punto se llegó después de un largo proceso en el que fueron incubándose hasta llegar al punto de máxima maduración de una serie de factores que, al sumarse, alcanzaron una fuerza incontenible. Y fue el gas, por el enorme potencial que se le atribuía para mejorar de manera sustancial la suerte de todos los bolivianos, el elemento aglutinador alrededor del cual confluyeron todas las frustraciones acumuladas durante dos décadas de democracia y liberalismo, y también todas las ilusiones alentadas por quienes ofrecían un futuro de ilimitada prosperidad, justicia e igualdad. Por eso los instigadores de las jornadas de octubre las denominaron “la Guerra del Gas”.
Ahora, 19 años después, hay suficientes elementos de juicio para evaluar los resultados obtenidos. Y, al hacerlo, resulta imprescindible tener en el gas, precisamente por haber sido el elemento que inflamó los ánimos, el criterio principal para juzgar los éxitos y los fracasos.
Al hacer esa evaluación hay una conclusión unánime a la que llegan todos los expertos en la materia y es que ninguna de las expectativas que antecedieron a la “Guerra del Gas” de 2003 y a la “nacionalización” de 2006 ha sido satisfecha.
A juzgar por las cifras que respaldan esas apreciaciones, el gas dejará de ser, dentro de poco, el principal elemento de exportación de Bolivia, lo que se está traduciendo en preocupantes cifras que confirman que el Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) está en picada. Municipios y universidades ya no reciben el mismo dinero de antes.
Debido a esas cifras, las proyecciones al futuro resultan tan poco alentadoras que, al recordar la “Guerra del Gas”, que era uno de los episodios importantes para recordar en los octubres de los últimos años, resulta obligatorio que nos preguntemos si valió la pena todo lo hecho desde entonces. ¿Por qué el partido que promovió aquel levantamiento popular de 2003 ya no lo recuerda como antes? ¿Será, como apuntan muchos políticos, que se ha olvidado de la denominada “Agenda de octubre”?
Otra fecha ha pasado sin pena ni gloria en el mes recién pasado que, sin embargo, ya es historia: el aniversario de la recuperación de la democracia. Esta cumplió nada menos que cuarenta años y en otros tiempos, una efeméride semejante, cuatro veces decenal, habría sido motivo de grandes festejos; no ocurrió en Bolivia.
¿Por qué?
Quizá porque el partido en función de gobierno está decidido a cambiar la historia a fuerza de repetir el discurso de que en 2019 hubo un golpe de Estado, por lo que, en esa lógica, la asunción al poder de Luis Arce significó recuperar la democracia. Y probablemente tampoco se haya festejado con bombos y sonajas esa fecha destacable porque, antes del paro cívico de Santa Cruz, el Movimiento Al Socialismo (MAS) se estaba partiendo en dos. Atención porque las fracturas internas del MAS siguen exponiéndose sin ningún tapujo. Basta ver lo que ocurre con la Jefatura de bancada de la Cámara de Diputados. Hay un parlamentario propuesto por la facción que encabeza el expresidente Evo Morales y otro, por la del actual mandatario Arce. La disputa lleva varios días y todo indica que se extenderá por algunos más.