Poco antes de morir, Simón Bolívar lanzó esta lastimera frase: “¡He arado en el mar!”
No era para menos.
El hombre cuyo sueño de redención continental le había llevado a libertar a gran parte de Sudamérica y a ser el presidente de cinco países (seis en la actualidad) moría en la pobreza y en la casa de un español; es decir, de una persona del país a quien él combatió hasta derrotar. Por si esa paradoja no fuera suficiente, el personaje más célebre que tuvo nuestra región fue enterrado con una camisa prestada.
¿Cómo es posible que un hombre que nació en cuna de oro y conoció las glorias más grandes haya muerto de esa manera tan amarga y vergonzosa?
La explicación recién aparece ahora, cuando entendemos que la verdadera razón para las pugnas que surgieron en la América postcolonial es el divisionismo.
Luego de haber derrotado al régimen español, Bolívar comenzó a trabajar en otro sueño: la integración de las naciones por él libertadas en una sola y gran patria. Estadista como era, el Libertador sabía que las antiguas colonias americanas sucumbirían ante la ambición de los poderosos si es que se fragmentaban, por lo que la única solución era constituir un estado grande, poderoso: los Estados Unidos de Sudamérica.
Pero el mayor problema que tuvo que enfrentar fue precisamente el que intentaba evitar; es decir, el divisionismo.
Los poderosos de entonces —los dueños de minas y los terratenientes— entendieron que ellos no podrían controlar un país grande así que empezaron a conspirar para que los pueblos libertados se erijan cada uno en naciones independientes. El más claro ejemplo fue Charcas, la región que durante el coloniaje perteneció primero a la jurisdicción del Perú y después a la de La Plata o Argentina. En el momento de decidir, los diputados de la mal llamada Asamblea Deliberante resolvieron que nuestra región no dependería ni de uno ni de otro, sino que se constituiría en un nuevo país: la República Bolívar.
Lo del homenaje es falso. Bolívar se opuso al surgimiento de la nueva nación y los adinerados que manejaron la Asamblea lo convencieron poniéndole su nombre.
Y así como el Libertador se opuso a la independencia administrativa de Charcas, también intentó evitar el fraccionamiento de la Gran Colombia. Los poderosos lo vieron entonces como un obstáculo y no solo lo marginaron políticamente, sino que lo anularon socialmente y lo proscribieron. Simón Bolívar fue declarado reo de la justicia y perseguido. Sus escasos fieles, entre ellos Sucre, no solo sufrieron persecución, sino que terminaron asesinados.
Por eso es que Bolívar murió solo, abandonado y escarnecido.
Entretanto, sus enemigos, convertidos en dueños de las naciones que él libertó, se distribuyeron el botín porque el territorio fue dividido. Aquí se cambió el nombre al país con un argumento nimio: “Si de Rómulo fue Roma, de Bolívar será Bolivia”.
Desde entonces hasta ahora, a los americanos nos gusta dividirnos. Mientras los Estados Unidos de Norteamérica crecieron expandiéndose cuanto pudieron, nosotros nos enfrascamos en luchas intestinas y nos separamos cada vez más.
Como es fácil suponer, el divisionismo es mayor en Bolivia que en los demás países bolivarianos. Nuestro país nació con cinco departamentos; ahora tiene nueve. Más aún, al interior de los departamentos aún existe el ansia de “departamentalización” como ocurre con Nor y Sud Chichas y las provincias del norte potosino.
Los que no hablan de crear un nuevo departamento —porque la población y el territorio no les da para ello— entonces amenazan con anexarse a otro.
La creación de nuevos municipios es otra forma de fragmentar el país. Potosí, por ejemplo, pasó en los últimos años de 38 a 42… 42 alcaldías con pocos recursos para desarrollo urbano.
En otras palabras, seguimos dividiéndonos y destrozando el sueño del Libertador. Mañana recordaremos su muerte, pero cada día lo matamos un poco.