Los maestros reiniciaron sus presiones en La Paz y lo hicieron con contundencia. Por su tiempo de duración y por la unidad sectorial que muestran, las movilizaciones de este sector ya no pueden ser analizadas bajo una lógica coyuntural, sino que se hace necesaria una inmersión con algo más de profundidad.
El magisterio es uno de los sectores que generalmente han acompañado las manifestaciones populares en el país. Desde siempre salió en marchas, bloqueos y huelgas, pero como parte de un movimiento mayor. Esta vez, su lucha puede pasar por sectorial, pero, si se la deja crecer (en estos días cumplen ocho semanas de protestas en La Paz), podría convertirse en algo difícil de contener.
Durante los últimos años, las situaciones de desigualdad e injusticia crecieron entre los maestros. Como los gobiernos no creaban los suficientes ítems para atender el crecimiento geométrico de la población estudiantil, muchos de ellos tuvieron que comenzar a llenar espacios. En otras palabras, los profesores comenzaron a trabajar horas gratis, con la esperanza de que ese esfuerzo sea reconocido después, con el pago por la labor no remunerada. El problema es que pasaron años y esas horas no pagadas fueron sumando hasta constituirse en lo que se ha venido a llamar “deuda histórica” y que, hoy por hoy, se vuelve muy difícil de saldar.
A este motivo enteramente sectorial, este año se sumó otro: el de los textos escolares con contenidos ideologizados. Al parecer, urge adoctrinar a los estudiantes con consignas partidarias y, por eso, al momento de elaborar esos textos e imprimirlos, no se tuvo el cuidado suficiente.
Si lo que se quería era motivar la reacción crítica en los alumnos, lo que se logró es un airado rechazo de los padres de familia, que le pusieron lupas a los textos y encontraron múltiples fallas, incluso el plagio de dibujos asiáticos en sus tapas. En lugar de pagar a artistas que hicieran diseños propios, recurrieron a lo que hoy es considerada la “cultura del copy-paste”, en la que ya no se produce y simplemente se copia.
Pero las tapas de los textos son forma: lo que se critica es el fondo, los contenidos, desde errores ortográficos hasta muestras claras de que los redactores no se han preocupado en actualizarlos. Como un ejemplo válido para el sur del país está la biografía de Juana Azurduy de Padilla, en la que se siguen repitiendo datos de un pasado que ya ha sido corregido por los historiadores hasta el hartazgo, comenzando por su fecha de nacimiento.
La torpeza mayor, empero, fue incluir en los textos de Ciencias Sociales el discurso que el partido en función de Gobierno tiene respecto a los acontecimientos de octubre y noviembre de 2019, a los que llama “golpe de Estado” de manera casi irreflexiva.
El rechazo a estos textos se tradujo, como consecuencia, en un apoyo a los maestros que actualmente se movilizan en el país y, no hay visos de que sus pedidos sean atendidos. Esto, de una u otra manera, ha fortalecido su protesta, pese al tiempo transcurrido.
Tras la cooptación de organizaciones sociales a través de la estrategia, entre otras, de la creación de dirigencias paralelas, más el descrédito de la oposición política formal, el espacio del rival del Gobierno ha quedado vacío. El magisterio, más los sectores que comienzan a sumarse para reclamar contra la próxima entrada en vigencia de la Gestora Pública, pueden pasar a ocupar ese sitial.