Han logrado su cometido. Los dos líderes del Movimiento Al Socialismo (MAS), ahora partido en dos, han conseguido polarizarse en torno a dos concentraciones, principalmente: por un lado, el Congreso organizado por el “evismo” en Lauca Ñ, es decir, en el Chapare cochabambino, bastión del expresidente Evo Morales, y, por el otro, el Cabildo de El Alto impulsado por las organizaciones sociales que apoyan al gobierno del presidente Luis Arce.
Con relación a la legalidad, lo de Lauca Ñ ha sido acompañado por el Tribunal Supremo Electoral (TSE), en cambio el Cabildo de El Alto no; los vocales han argumentado que sus organizadores presentaron tarde su solicitud. Pero, en vistas de la liviandad con que se viene manejando la política partidaria en los últimos años, los efectos de aquel congreso, así como los de este cabildo, son esencialmente simbólicos y, en tal sentido, poco les importa lo normativo. Incluso la legitimidad de este tipo de concentraciones es, con frecuencia, desvirtuada gracias a bien planificadas estrategias comunicacionales que se explican dentro del fenómeno de la posverdad.
En definitiva, ¿cuál es el propósito de esta clase de reuniones masivas, pues movilizan a miles y miles de personas? Sin lugar a dudas, en el caso de las dos vertientes del MAS, tratar de mostrarse ante la población como genuinos representantes de ese frente político. La pelea por la sigla —y, algo todavía más profundo: en los hechos, por la legitimidad de la representación de las demandas de los movimientos sociales— está planteada y no parece haber retorno en ese estado de cosas dentro del partido de Gobierno.
En un lado está la dirigencia nacional del MAS, de la que se apropiado el sector “evista”, radicalizada a partir de su base social cocalera en el Trópico de Cochabamba, y en el otro las demás organizaciones bajo el paraguas del Pacto de Unidad, que está conformado por la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb), la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia – Bartolina Sisa (Cnmciob-BS), la Confederación Sindical de Comunidades Interculturales Originarios de Bolivia (Csciob), el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq), la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (Cidob) y otras, además de la Central Obrera Boliviana (COB) que, aunque ya no tiene la fuerza de décadas pasadas, aporta con su nombre e historia y juega un rol político, al punto de que su secretario ejecutivo, Juan Carlos Huarachi, fue quien entregó al presidente Arce el mandato del Cabildo del martes, y hasta lo proclamó, tanto a él como al vicepresidente David Choquehuanca, como los líderes del instrumento político y el proceso de cambio.
Algo muy importante a tener en cuenta es que las simpatías por uno y otro bando se van transparentando y, hoy en día, prácticamente ningún seguidor del MAS puede ocultar a quién apoya. No hay lugar ya para medias tintas, un punto intermedio entre Luis Arce y Evo Morales: el masista —así, en genérico y sin connotación despectiva— ha sido obligado a tomar parte por uno u otro.
Tal como están echadas las cartas, es innegable que el partido hoy por hoy más fuerte del sistema político atraviesa por un momento de crisis, se podría decir, de identidad. Esta tácita obligatoriedad de respaldar sí o sí a una de las dos opciones está poniendo en conflicto a más de uno y creando enemistades entre los que antes se llamaban entre sí como “hermanos”.
En este caso ya no se cumple más el mandato tan bien descrito en las primeras líneas del icónico poema “El Gaucho Martín Fierro”, de José Hernández: “Los hermanos sean unidos / porque esa es la ley primera”.