Perritos en situación de calle

A TI, JOVEN CAMPESINO Pedro Rentería Guardo 03/11/2023
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Seguro que los amables lectores que aterrizan en esta columna, al leer su título han conectado con la triste realidad de las niñas, niños y adolescentes que deambulan por nuestras calles en busca de una ayuda para su subsistencia familiar y personal.

Los niños “en” la calle trabajan en ella y vuelven al hogar familiar por la noche. Los niños “de” la calle, o niños que viven en la calle, carecen de apoyo familiar, pero mantienen ciertos contactos con la familia. Y los niños “abandonados” son los que no tienen contacto familiar (Enciclopedia Wikipedia). En general hablaríamos de niños “en situación” de calle.

Pero el título no se refiere a niños sino a perritos. No muy frecuente en nuestras calles, conocemos bien la imagen del pequeño que nos pide en una esquina o nos vende unas frutitas, acompañado de su fiel perrito, habitualmente un lindo cachorrillo.

No me aclaro mucho si los perritos que vemos por nuestras aceras −curiosamente han aprendido a cruzar la calzada y son capaces de mirar a un lado y otro para percibir la presencia de un vehículo− son perritos “en” la calle o “de” la calle o “abandonados”. ¿Vuelven al hogar familiar por la noche? ¿Mantienen cierto contacto con sus dueños? ¿Están perdidos y abandonados mendigando la comida en las bolsas de basura en horas nocturnas? Seguro que hay todo tipo de “peluditos”.

El perrito callejero se constituye en una parábola de la vida. Me extraña que el gran Maestro de Nazaret, en sus recorridos por las aldeas míseras de la Baja Galilea, apenas se fijara en él para su enseñar a aquellas buenas gentes. ¡Ah!, sí, disculpen: recuerden el perrito que lamía las llagas del pobre Lázaro, postrado bajo la mesa del insensato ricachón que banqueteaba todos los días espléndidamente. La historia se repite atravesando los siglos… ¿verdad?

Tomemos como protagonista a uno de nuestros perritos en situación de calle. Veamos.

Y vemos al perrito cruzando, febril y cansado, cualquiera de nuestras cuadras callejeras. Olfatea por aquí y por allá recibiendo información que nosotros somos incapaces de procesar. Él ve el mundo a través de su nariz. Orina también por aquí y por allá marcando un supuesto territorio y como forma de comunicarse con otros animales. Es toda una central de información actual y espontánea. Quizá nosotros vamos por la calle demasiado “estresados” con nuestros problemas, sin darnos cuenta de las maravillas que nos rodean: rostros, sonrisas, lágrimas, prisas, amigos, enojos…, sueños.

De repente, como un resorte, nuestro perrito se coloca tras las piernas de un transeúnte y le sigue y le persigue ante la curiosidad −y un poquito de miedo− del mismo. ¿Qué busca el perrito?: ¿comida?, ¿compañía?, ¿una caricia? Está claro que ha percibido en el humano una presencia especial, un candor distinto, un “algo” que le da confianza. Ha descubierto una buena persona y eso merece la persecución.

Puede ser que esa buena persona le esté ofreciendo a nuestro perrito un magnífico trozo de carnecita, hasta con un pancito delicioso. La escena, en plena calle Nicolás Ortiz, es digna de reconocimiento y de aprobación por quienes pasaban a su lado. Y digna era la intensa mirada del hermoso animal. Aún callejero, hermoso. Esa mirada profunda, agradecida, llena de ternura, es difícil de olvidar.

Pero no todo es brillante para nuestro perrito. No faltan ocasiones en que el hambre y el cansancio hacen mella. Le vemos acostado boca abajo o hecho un ovillo. Relajado y a la vez alerta. Puede ser tan intenso su sueño que algún transeúnte le dé por muerto. Es posible que cerca, en la otra cuadra, un humano, también tendido en la acera, nos haga sospechar lo peor. ¿Cuál será la historia de uno y de otro?

Nuestro perrito ha conocido a compañeros. Le han aceptado. Ahora forma pandilla con ellos. Se defienden mutuamente. De repente en la avenida Japón deambulan ante el recelo de quienes por allí pasamos. Nos dirán que son pacíficos canes. Pero quienes conocemos ya la mordedura del animal, envuelta en fieros ladridos, no lo tenemos tan claro. La realidad, humana y perruna, siempre tiene dos caras.

Hoy la polémica está servida. Si entendemos que la solución ideal para los niños en situación de calle es el calor de una familia buena y respetuosa, podemos imaginar también para nuestro perrito un ambiente cálido y cariñoso donde él desarrolle su vida noblemente, sin penurias ni malos tratos.

“Y Él respondió y dijo: ‘No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perritos’. Pero ella dijo: ‘Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos’. Entonces Jesús le dijo: ‘Mujer, ¡qué grande es tu Fe! Que se cumpla tu deseo’” (Mt 15, 26-28).

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