En mi opinión como persona joven ante una problemática de esta escala, la invasión a Venezuela marca el inicio de la nueva etapa que nos espera como continente, no como un hecho aislado toma el matiz de constituirse en una advertencia.
Es duro el vistazo a lo que pasa cuando un pueblo es olvidado por sus cercanos recíprocos, cuando la indiferencia de un continente puede iniciar una grieta sin retorno. Un ejemplo seco, duro y acertado, como un sopapo en la cara de un moribundo, no para despertarlo, sino para alertarlo de su captor.
Se trata de la inauguración descarada de un intervencionismo estadounidense sin límites, ávido en su propósito de su beneficio propio y en recuperar el poder perdido en campañas anteriores –Afganistán y la retirada militar en 2021 tras un fallido intento de gobernar un país clave geopolíticamente–.
En el caso de Venezuela la intervención era inminente, gestada desde 2015, con un objetivo preciso: apropiarse de una de las mayores reservas de petróleo mundiales, que representa el 17% del crudo global, lo que vuelve a Venezuela un territorio codiciado por potencias de Primer Mundo desesperadas por asegurar su abastecimiento energético ante la guerra de Ucrania con Rusia.
La situación problemática en la que está sumergido el país facilita aún más justificar una intervención: un Estado vulnerable socialmente e inestable políticamente, aislado y al borde del colapso. Ante la contracción de su economía luego de 2014, Venezuela empezó a sustentarse en el narcotráfico como única ruta viable de ingresos significativos.
De este modo Estados Unidos, desde el 2015, en el gobierno de Obama, encontró el justificativo idóneo para una intervención de esta escala: defensa de la democracia y de la seguridad nacional ante amenazas narco-terroristas, con la pretensión de asfixiar gradualmente la economía con sanciones y bloqueos de activos, atentando principalmente contra el pueblo, víctima de decisiones tomadas sin poder ni conocimiento real alguno.
Se alcanzó un clímax, considerado como un hito histórico y político para el mandato de Trump. Una “hazaña” del siglo, valiente y libertaria, como nos la venden en la cultura americana que busca alinearnos. Un gesto que nadie más pudo ejecutar, exponiendo la inutilidad de organismos internacionales, especialmente la ONU, culpable de la pasividad como mediadores. Así se acentúa, una vez más, el “poder americano”: la reiteración del ciclo de la dinámica de lucha, del fuerte imponiéndose sobre el débil.
En una operación simbólica para el continente, se capturó a uno de los pocos dictadores aún existentes, heredero del fin de una Venezuela en ruinas: capturaron al último símbolo desgastado, la fase terminal de una ideología. Se clausura con él el ciclo del socialismo de extrema izquierda tal como lo conocimos en el continente.
Lo más preocupante no es solo el hachazo final a una corriente corroída por el tiempo, la corrupción y el autoritarismo, sino la imposición de un nuevo régimen e ideología descontextualizados sobre un pueblo dolido, a través de la aceptación del sometimiento como hecho inevitable.
Una invasión cultural, política y de identidad, similar a Puerto Rico, que es aún colonia de EEUU: sin soberanía, con control absoluto de sus recursos y sin capacidad de decisión real. Lamentablemente, quizá ese fue el costo de sacar la dictadura: reemplazarla por otra forma de sometimiento, menos fatal pero igual de nociva.
La pregunta inquietante es: ¿qué deberíamos pensar?, ¿que se trata de una potencia mundial rescatando a un país en llamas, que se devoraba a sí mismo desde 2007, impulsada por altruismo y humanidad ante el sufrimiento de un pueblo ya olvidado; o se trata, en realidad, de una colonización descarada, con cobertura mediática masiva y un silencio sepulcral de quienes deberían mediar, sin condena ni sanción real y solo tímidas declaraciones?
¿Los salvaron de un dictador que sembraba dolor en su gente o simplemente impusieron uno nuevo con otra bandera, pero esta vez... extranjera?