Hace muchas semanas que falto a la cita con los lectores de esta columna. Tiempo difícil vivido entre las tareas pastorales en Sucre y ahora en la visita familiar y estadía en el norte de España, en este rincón hermoso, en esta linda ciudad –Santander– de la comunidad autónoma de Cantabria.
Las elecciones bolivianas de 2025, con un proceso impecable que desafía el habitual desdén hacia el país "por todo y nada", representan una lección magistral para las Américas que aún no recibe el reconocimiento que merece.
En un continente azotado por tiempos de impugnaciones infundadas, golpes institucionales y ciclos de ingobernabilidad –desde las tres denuncias de fraude de Keiko Fujimori en Perú hasta las crisis recurrentes en Ecuador y Venezuela–, la madurez cívica y patriótica de los actores políticos bolivianos en 2025 representa un oasis de institucionalidad que, lamentablemente, ya casi no se ve en las Américas.
El proceso boliviano se llevó a cabo de manera íntegra, bajo la conducción incuestionable del Órgano Electoral Plurinacional (OEP). A pesar de las mil presiones políticas, mediáticas y externas que enfrentaron, el organismo cumplió su rol con transparencia y eficiencia, demostrando una institucionalidad sólida que merece reconocimiento. Esta ejecución sin fisuras no fue un azar, sino el resultado de un sistema que prioriza la voluntad popular por encima de intereses personales o partidistas.
Uno de los aspectos más destacados fue el comportamiento cívico y patriótico de todos los contendores. Sin excepciones, los candidatos y partidos aceptaron y reconocieron los resultados oficiales, evitando los berrinches y acusaciones infundadas que han envenenado procesos en otros países. Primó la madurez política, consolidando la confianza ciudadana en el sistema democrático.
Este no fue un proceso electoral cualquiera. Marcó una transición histórica del poder del Movimiento Al Socialismo (MAS), que gobernó Bolivia durante los últimos 20 años –salvo la breve sucesión de Jeanine Áñez–. En un contexto de polarización extrema, la alternancia pacífica demostraría que Bolivia estaría superando ciclos de confrontación para priorizar la estabilidad. Esta transición no solo fortaleció la democracia interna, sino que envió un mensaje potente a la región que muchos –que muestran al país como de violentos e intransigentes– deliberadamente prefieren ignorar.
A diferencia de aquellos procesos en Latinoamérica y el Caribe, expuestos a cuestionamientos de la comunidad internacional –como observadores de la OEA u otros foros–, las elecciones bolivianas de 2025 transcurrieron sin controversias externas. No hubo informes de irregularidades ni presiones diplomáticas que empañaran su legitimidad. Bolivia dio así una lección al mundo, a menos de tres meses de finalizado el proceso, y corresponde reconocer su éxito como modelo de institucionalidad electoral y defensa del derecho al voto en las Américas.
Este hecho subraya la importancia vital de los líderes democráticos en la política. No un afán desmedido por el poder, donde la corrupción y la impunidad reinan en grado sumo, erosionando la fe en las urnas. La responsabilidad colectiva puede prevalecer sobre el personalismo destructivo.
Quienes han secuestrado las instituciones y la democracia con posturas extremas deben mirar este ejemplo: la transición pacífica no es utopía, sino realidad posible. Bolivia 2025, en el año de su Bicentenario, no solo honró su historia, sino que iluminó el camino para un continente urgido de madurez cívica y paz.