¿Me prometes no hacerte daño?

LA AVENTURA DE CRECER CONTIGO Pedro Rentería Guardo 01/02/2026
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Hace muchas semanas que falto a la cita con los lectores de esta columna. Tiempo difícil vivido entre las tareas pastorales en Sucre y ahora en la visita familiar y estadía en el norte de España, en este rincón hermoso, en esta linda ciudad –Santander– de la comunidad autónoma de Cantabria.

Tiempo difícil he escrito porque el panorama real de nuestro mundo abunda en tintes negros. No ha faltado últimamente el testimonio escrito, en un mensaje de red social, en el que su joven autor no tuvo reparo en anunciar ya los últimos tiempos. Quise contrarrestarlo con unas líneas en donde intenté subrayar la esperanza, esa que nunca defrauda. Y más para quienes vivimos inmersos en la fe creyente que nos anima e ilumina.

Me ausenté de Sucre el pasado diciembre con un tema en la cabeza y en el corazón que, entonces y ahora, es deuda para desarrollarlo en esta columna.

Me refiero a la triste estadística de suicidios adolescentes, y no solo adolescentes, que se producen desde hace muchos años en nuestros entornos juveniles. Quiero seguir poniendo a adolescentes y jóvenes como protagonistas de estos artículos, algo en lo que insisto desde hace ya decenas de artículos.

- Padrecito, no estoy bien, no me encuentro bien, no me entiendo... me siento solo... parece que a nadie intereso... necesito que alguien me escuche.

Quejas como las anteriores surgen a veces en los diálogos que los educadores tenemos con los chicos y chicas. Diálogos que so pueden desarrollarse en un ambiente de confianza y de plena escucha. Soy testigo de que muchas veces no es necesario motivar ese ambiente con grandes esfuerzos del educador. Nuestros jovencitos y jovencitas están tan necesitados de que “alguien me escuche” que en cuanto se les ofrece la oportunidad la aprovechan. Luego decidirán continuar o no con esa experiencia.

- Además, padrecito, ¿sabe usted?, intenté hacerme daño, me pasaron cosas feas por mi cabeza. 

Nuestros tiempos, amigos lectores –también vosotros chicos y chicas– no son buenos tiempos para la salud mental. Hay demasiados desgarros afectivos, demasiadas complicaciones familiares, demasiados objetivos a los que no llegamos, demasiados sueños insatisfechos, demasiadas violencias en gestos y palabras. Demasiada impotencia de padres, madres, padrinos, docentes, entrenadores, catequistas... para escuchar. Es más, demasiada cultura digital que nos distrae, nos atonta, y nos despista del sufrimiento de muchos. 

Son tiempos estos, estimados educadores, para “escudriñar” miradas, sentimientos, actitudes, silencios y respuestas de nuestros chicos y chicas. Para ser vigilantes respetuosos de las amistades que tienen, de las páginas que visitan en el celular, de sus horas de descanso y vigilia, de sus cambios repentinos de humor y de alimentación, de sus vaivenes de carácter. No encontremos otro mejor remedio para ayudarles que el provocar la escucha, la atención, no solo a sus palabras sino a todo lo escrito hasta aquí. Escucha en la familia, lo primero. Sí, la familia, la primera responsable. Pero también la escuela, el colegio, la parroquia, el club deportivo, el centro de danza, la clase particular y nunca mejor escrito: etcétera.

Los adultos responsables somos luz, somos faro, para nuestras generaciones de adolescentes y jóvenes. Y si somos creyentes, no dudemos contar ante todo con la fuerza indiscutible de la fe, de la oración, de los sacramentos. De esas herramientas que el buen Dios ha puesto en nuestro corazón. No permitamos que el silencio del chico o de la chica sean aliados de sus intentos de hacerse daño. Un silencio que elude el diálogo, el encuentro. Por desconfianza, por desatención nuestra, por el deterioro grande de su salud mental. Por pura desesperación. No lo permitamos.

Unas últimas líneas para enfocar todo esto en la vida de las niñas, niños, adolescentes trabajadores en situación de calle. Ellas y ellos merecen una solicitud especial por las difíciles circunstancias que viven, familiares y económicas. Lo escrito en esta columna se hace urgente en sus vidas. Pero solo educadores o acompañantes sensibles al mundo de la calle entenderán que no son personas “invisibles” para su cuidado mental y personal. 

Siempre que tengo la oportunidad de escuchar vuestras difíciles historias, amigos adolescentes, y de intentar ofrecer esa luz comentada, termino con un interrogante y una promesa:

- ¿Me prometes no hacerte daño?

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