Transparentar la política

A. Germán Gutiérrez Gantier 01/02/2026
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Los cambios producidos en el mundo son permanentes y raudos. La transformación tiene velocidades impensables y es transversal en todos los escenarios del quehacer humano. La política no está exenta: ha sufrido mutaciones notables que deben ser asimiladas sin mayor reparo.

Los movimientos sociales, como titulares del ejercicio del poder político, pasaron a la historia. Su reemplazo por otros mecanismos es inevitable y necesario, y la posibilidad más cierta es la reactivación del partido político y los políticos. No se trata de restaurar el pasado, sino de recrear estructuras en vistas al siglo XXI.

En esta nueva era, los actores deberán estar persuadidos de que la separación entre lo público y lo privado tiene fronteras tenues. A diferencia de antes, ya no es posible encontrar nichos de protección a la intimidad; hoy, se sabe y se conoce todo. La mujer y el hombre públicos están sometidos al escrutinio ciudadano a través de las redes sociales.

En esta realidad, transparentar la política no solo es una necesidad de la democracia sino una constatación de que se están produciendo cambios en la forma de verla y ejecutarla, lo que obliga a sus gestores a tener la capacidad de obrar con tolerancia y pluralismo con el fin de apuntalar el sistema democrático. Respetar el derecho de opinar es la premisa fundamental, lo que no implica aceptar el contenido de la misma cuando tiene como fundamento la ofensa, la estupidez o la mentira.

Bolivia  enfrenta intrincadas realidades. El paso de la dictadura a la democracia está resultando ser más difícil de lo que suponía el discurso electoral. Las diferencias menudas no dejan mirar el bosque y todo termina anclado en los pormenores que enmascaran lo importante.

La virtualidad tiene al Gobierno en jaque. La inexistencia de partido político no permite respuestas de periodo. La práctica política está sometida al permanente aprendizaje de los pipiolos de turno, los acuerdos políticos no se vislumbran con claridad, no se aviozoran propuestas de largo aliento, la promesa se debilita ante la urgencia de la realización, las líneas divisorias entre dictadura y democracia están difusas, la ciudadanía está cansada porque no se le brinda certidumbre.    

Las elecciones de octubre y noviembre del pasado año fueron favorables a la dupla Paz-Lara; empero, la voluntad popular quedó desairada porque la misión de reconstruir la democracia es lenta y penosa debido a la existencia de escollos incómodos. A estas alturas, la conducción gubernamental no debería mostrar dudas ni fisuras. 

Por demostraciones públicas, es evidente que la ruptura entre Paz y Lara está dada. Los ciudadanos no podemos estar sujetos a las veleidades que las motivan. Las funciones encomendadas en las urnas, como por la Constitución, no están siendo cumplidas con solvencia.

Los gobernantes deben dejar de encubrir la verdad con galimatías: Lara es oposición y punto, por lo tanto debe obrar en consecuencia. Su falta de trasparencia y honestidad no le hace bien a la democracia.

Es necesario aclarar quiénes son parte del Gobierno; no basta con que un líder u organización política tenga algunos ministerios o puestos en el aparato de Estado, es necesario que sean conocidos los detalles de sus responsabilidades y beneficios.

Unidad Nacional, Sol-Bo, el MIR, el PDC y otros más, ¿son o no del Gobierno? Si llegaron a un acuerdo, ¿en qué términos lo hicieron? ¿Cuál es la base programática, ideológica, de intereses o lo que sea, que los vincula? Hasta hoy, que se sepa, no se han reunido públicamente entre todos para definir su rol en la conducción gubernamental. Deben hacerlo a la brevedad y la ciudadanía, ser informada. Salgan de las sombras. 

Libre, ¿qué es?, ¿una fuerza opositora que coincide con Lara y los residuos de la dictadura? Si no es así, ¿en qué se diferencia? No se percibe un equipo que acompañe a su líder en la toma de decisiones. Parece que su voz es omnímoda para unos que lo obedecen a ciegas, pero también surgen otras que lo objetan.

La confusión y desilusión es mayor al observar las listas de candidatos a las elecciones subnacionales y locales.

Vuelvo a insistir: son de una promiscuidad vergonzante, carentes de conexión con alguna estructura o idea que los impulse; de tal modo, contribuyen a un mayor desorden político en lugar de sostener con fortaleza las bases de un sistema democrático moderno.

Finalmente, el Gobierno peligrosamente deposita en las espaldas del Presidente todo el peso de la conducción, me imagino, bajo el supuesto de que su figura es más que suficiente para gobernar con un pequeño grupo de asesores. Es dudoso que esta forma de hacer política dure cinco años sin desportillar la figura presidencial.

Las señales dadas deben ser transparentadas. Es necesario que se sepa quién es quién en el Gobierno, qué acuerdos existen, en qué consisten, qué decisiones son conjuntas y cuáles sus discrepancias, quiénes están en la oposición y quiénes en el oficialismo. Basta de tapujos.

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