Fiesta de la reciprocidad

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 06/02/2026
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Hasta hace poco, el Jueves de Compadres marcaba el punto de partida del Carnaval en Bolivia. En la región occidental, es el umbral simbólico de una de las celebraciones que se caracteriza por su llamado a la convivencia festiva que desemboca, una semana después, en el Jueves de Comadres.

Como muchas manifestaciones culturales que alcanzan altos grados de popularidad, hay regiones que se atribuyen el origen de la festividad, aunque los cada vez más serios estudios del pasado señalan que, como la mayoría de las fiestas bolivianas, son el resultado del mestizaje cultural; es decir, de las costumbres que trajeron los europeos y se mezclaron con las de las culturas nativas a las que hay que agregar, incluso, el componente africano.

Los historiadores señalan que estas es una fiesta de reciprocidad, puesto que las mujeres agasajan a los varones en el Jueves de Comadres, esperando ser retribuidas una semana después. Y la reciprocidad está vinculada a las ceremonias de agradecimiento a la Madre Tierra por los dones que nos prodiga; por esto, sus fechas de celebración están marcadas por los ciclos agrícolas.   

Aunque los registros históricos sitúan la tradición en épocas mucho más antiguas, su consolidación como fenómeno social y cultural es relativamente reciente, especialmente en lugares como Tarija y Santa Cruz.

Esa actualización le da hoy un valor adicional. En tiempos marcados por la virtualidad, por vínculos efímeros y relaciones mediadas por pantallas, celebrar el compañerismo o la amistad no resulta un detalle menor. La fiesta de Compadres reivindica el encuentro real, el abrazo, el regalo sencillo, la conversación sin filtros. Frente a una época en la que se confunde amistad con seguidores y cercanía con algoritmos, propone una red social de un contacto más directo.

Se trata, en ese sentido, de una cita transversal. Jóvenes y adultos se encuentran, se reconocen, se muestran y, también exageran. Hay alegría genuina y, cuándo no, excesos. Como en toda fiesta popular. En medio de debates contemporáneos sobre masculinidades, vale la pena mirar esta tradición sin prejuicios ni idealizaciones: su núcleo no está en la demostración, sino en el compartir. Y eso sigue intacto.

Desde este jueves, el Carnaval ha entrado en un ritmo frenético, ya de manera formal, y con ello también llega una responsabilidad colectiva. Que la fiesta transcurra con normalidad no es una consigna menor: implica moderación en el consumo de alcohol; prudencia al volante; cero tolerancia a la violencia, a los abusos, a los delitos que empañan lo que debería ser celebración. Estamos hablando de reciprocidad, no de excesos, y eso exige conductas responsables por parte de quienes participan en los festejos.

Luego vendrán, como siempre, las lecturas. Para algunos, el éxito se medirá en ocupación hotelera y movimiento económico; para otros, en la ausencia de titulares policiales; para otros, en la capacidad del Carnaval de funcionar como válvula social, como encuentro, como tregua necesaria. Tal vez el mejor escenario sea aquel en el que todo eso conviva sin estridencias.

El Carnaval no es simplemente una fiesta, o un motivo para la catarsis social. Bien manejado, puede ser otro atractivo turístico, como ya ocurre en otras ciudades del país. El Carnaval, como tarea compartida, merece ser disfrutado con alegría, tolerancia y en paz.

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