La humanidad ha llegado a un punto en el que parece hacer posible la comunicación total. Hoy en día, las noticias se difunden por todo el mundo en cuestión de segundos; en un pasado no tan lejano en términos históricos, lo normal era esperar meses para la llegada de una carta.
Pero los que viajan a la velocidad de la luz son los mensajes, al final de cuentas, una combinación de algoritmos. Todavía se necesita recorrer las distancias arrastrando la carga de la materia y la masa; aun así, el transporte ha evolucionado a tal punto que actualmente se puede recorrer en horas distancias que antiguamente demandaban días
El automóvil y el avión han transformado la comunicación física, pero en países como Bolivia no son aprovechados como se debe por la deficiencia de los servicios.
En el caso del transporte aéreo, la reciente fijación de nuevas tarifas máximas para los pasajes en avión ha desatado una ola de críticas, reclamos y suspicacias. No es para menos. Sin embargo, conviene poner las cosas en perspectiva: volar nunca fue barato, ni aquí ni en prácticamente en ningún lugar del mundo. Luego, en Bolivia, se ha convertido de facto en un servicio necesario ante la precariedad estructural del transporte terrestre.
Un ejemplo basta para entender la dimensión del asunto: de Tarija a La Paz hay una hora de vuelo o 14 de flota, y en condiciones que no siempre garantizan seguridad, comodidad ni previsibilidad. Lo mismo ocurre con Santa Cruz o Cochabamba. El avión ha dejado de ser un lujo; para miles de bolivianos se constituye en la única forma razonable de conectarse con el resto del país, estudiar, trabajar, atenderse médicamente o hacer trámites esenciales.
Paradójicamente, el mayor revuelo público se ha concentrado en las tarifas aéreas, mientras el incremento del precio de los combustibles —que impacta de manera directa y cotidiana en el transporte urbano e interdepartamental— ha generado una reacción mucho más tibia. Suben los pasajes de micros, trufis y flotas, se deterioran aún más los servicios, pero la indignación se diluye en la resignación. Quizá porque estamos acostumbrados a viajar mal y a aceptar lo inseguro como normal y lo ineficiente como inevitable.
Este debate, mal planteado, corre el riesgo de enfrentar falsos antagonismos: avión contra flota, mercado contra Estado, precio contra acceso. Lo que Bolivia necesita no son parches ni polémicas coyunturales, sino una política integral de transporte que piense el territorio, la seguridad vial, la conectividad y la eficiencia económica como un todo. Carreteras en condiciones, trenes, controles reales, renovación de flotas, estándares de seguridad y una aviación civil sostenible y competitiva es lo mínimo que requiere un país que aspira a integrarse al mundo en aras del desarrollo.
Regular tarifas puede ser necesario, pero no suficiente. Subvencionar indiscriminadamente tampoco resuelve el problema de fondo. La discusión debe girar en torno a cómo garantizar que moverse por el país no sea una ruleta rusa ni un sacrificio económico permanente. Mientras se sigan aceptando los viajes de más de 10 horas horas por rutas peligrosas como algo normal, cualquier tarifa aérea resultará escandalosa.
Tal vez haya llegado el momento de complementar la pregunta y no quedarnos solo con “cuánto cuesta volar”, sino “por qué sigue siendo tan difícil, tan lento y tan inseguro desplazarse por tierra”.