Los carnavales de 2026 han llegado cargados de lluvias en algunas zonas del país, aunque esto no ha sido óbice para frenar el acostumbrado juego con agua. En ciudades como Sucre y Potosí, se ha recordado la necesidad de cuidar el líquido elemento por la escasez que muchas familias viven —y sufren— en carne propia
De todos modos, ese juego comenzó mucho antes de lo autorizado y este año, como en anteriores también, volvieron las quejas por los abusos de quienes mojan a quienes no están jugando.
El Carnaval tiene además la característica de tapar otros acontecimientos, a menudo, importantes. Por ejemplo ayer se conmemoró un nuevo aniversario de la invasión chilena a Antofagasta. No hubo referencias oficiales a ese episodio histórico: la fiesta del desenfreno hace incluso olvidar lo que no se debería olvidar jamás.
La celebración es generalizada, pero se concentra particularmente en Oruro, a donde ha acudido el presidente Rodrigo Paz para darse un baño de popularidad. Esto ha dado lugar a la repetición de las antiguas versiones en sentido de que Bolivia es tan proclive al festejo carnavalesco que debido a ello perdió el mar.
Valga la oportunidad para aclarar, una vez más, que esa teoría carece de veracidad. Los estudios historiográficos han determinado que, cuando se enteró de la invasión chilena, el entonces presidente, Hilarión Daza, sí postergó las fiestas del Carnaval, y la prueba son los decretos de emergencia que emitió casi de inmediato y que publicaron los periódicos de la época. Si, pese a eso, igual hubo festejo en el país, es algo de lo que ya no se puede culpar a Daza.
Habrá que admitir que, efectivamente, los carnavales tienen el “poder” de dejar de lado temas importantes, en algunos casos de urgente resolución, pero eso se debe a que estas celebraciones funcionan también como catarsis colectiva después de la presión acumulada por un mundo en el que, para la gran mayoría, la necesidad de comer deriva necesariamente en la de trabajar (y no siempre en las mejores condiciones ni con buena paga). Empero, intentar frenar el Carnaval o aplicar algún tipo de restricciones es una idea descabellada o, por lo menos, alejada de la realidad nacional. El último gobernador que tuvo la Chile colonial lo intentó mediante un decreto de prohibición y terminó siendo una de las normas más violadas en la historia de ese país. Por el contrario, con el paso del tiempo, esta fiesta no ha hecho más que ir creciendo al extremo de diversificarse y convertirse, en varios casos, en atractivo turístico.
A eso se le debe agregar la dinamización de la economía, ya que un feriado largo, como el que caracteriza al Carnaval, permite que la gente viaje y, para ello, pone dinero en movimiento.
Lamentablemente, el relajamiento deriva a veces en una permisividad total, a título de la cual muchas personas incurren en excesos generalmente acompañados de bebidas alcohólicas. Las estadísticas demuestran que Bolivia es uno de los países con más alto índice de consumo de alcohol y, como confirman las cifras oficiales de la Policía y el Ministerio Público, esto incide en la comisión de crímenes en los que las mujeres suelen llevarse la peor parte.
Con la dificultad que esto conlleva frente al libertinaje que se advierte en las calles, no puede dejarse de lado la reflexión de que los festejos tienen que desarrollarse en el marco de lo legal y, sobre todo, de lo racional. Es cierto: este año, a diferencia de los anteriores, sobrevuela en el aire un sentimiento político de mayor esperanza, debido a que la crisis está siendo contenida con medidas duras, pero necesarias. Esto, por supuesto, no debe ser pretexto para ningún exceso.