Culto a la autoridad

Eddie Cóndor Chuquiruna 03/03/2026
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En estos tiempos de desvalores y escasa ética en la función pública, una autoridad no adquiere legitimidad moral solo por su cargo. No está por encima de nadie; el ciudadano ocupa un sitial igualitario en esa relación. Para ganarse el respeto de la población, debe merecerlo con hechos concretos, no con palabras vacías ni artificios mediáticos que pervierten la sana convivencia social.

Este culto reverencial a la autoridad es un lastre cultural heredado de la colonia, profundizado por el proceso educativo republicano. Ha calado hondo en el comportamiento colectivo, domesticando a los gobernados y sometiéndolos a un avasallaje persistente. No se trata de fomentar irreverencia irracional, sino de aclarar roles, la autoridad es un mandato del ciudadano, no su amo.

Todo liderazgo genuino se sustenta en ejemplos de sencillez, equilibrio emocional, conocimiento profundo, respeto, transparencia, honestidad e identificación con el terruño y el país. Sobre todo, en rectitud y coherencia. Por eso abundan autoridades que, tras rodar por la pendiente de la inmoralidad, no merecen respeto alguno; al contrario, nos deben rendir cuentas constantes mediante interpelación y control social. El respeto no se impone por la fuerza, es fruto de conductas ejemplares.

Es lamentable, a la luz del caso peruano de la reciente designación congresal del nuevo presidente del Estado, ver a mis paisanos provinciales y regionales ahogarse en elogios hacia el personaje solo porque nació en la provincia de San Miguel, Cajamarca. Cuestionable resulta que ignoren el fondo; sus antecedentes personales e institucionales, que en los cargos previos lo señalan como responsable de males nacionales que copan los titulares de tabloides capitalinos y regionales. Hasta el municipio provincial lo saluda como a un ser canónico e inmaculado, sin el menor esfuerzo por indagar quién es en realidad, pasando por alto evidencias incuestionables.

Es comprensible que, como humanos, incurramos en extremos conductuales; sin embargo, ensalzar a alguien solo por compartir lugar de nacimiento es ridículo y revelador. Esta actitud expone nuestra escasa comprensión del ejercicio del poder, nuestra propensión a la manipulación y el vacío de espíritu crítico moldeado por una educación republicana superficial. Predomina la ausencia de análisis profundo y la repetición mecánica de patrones, lo que denota una valoración general de la sociedad primitiva en su idolatría localista y frágil ante el rigor que todos deberíamos tener.

Si queremos una libertad de verdad, abramos los ojos. Dejemos atrás lo habitual, formemos nuestra propia opinión y veamos a la autoridad como una aliada, una amiga o una servidora pública, nunca como un jefe. No le rindamos culto jamás. Los tiempos difíciles que viven nuestros países nos piden esta actitud y nos llaman a defenderla sin dudar. Esto es ser buenos ciudadanos.

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