La tarde del viernes 27 de febrero, en El Alto, un avión militar no logró frenar y se llevó por delante muchas vidas. Un C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Boliviana, cargado con dinero destinado al Banco Central, salió de la pista, destrozó vehículos y dejó 22 muertos y decenas de heridos. Gente que iba a trabajar, que volvía a casa, en segundos pasaron a ser cifras.
Hasta ahí, tragedia. Después vino lo verdaderamente revelador.
Entre el humo, el metal retorcido y los cuerpos, los billetes se desparramaron. Papel con cara de prócer, tinta fresca, promesa de poder. Mixtura estatal caída del cielo. Y ahí, como si alguien hubiera dado la orden invisible, apareció el segundo accidente: el humano.
Hubo quienes corrieron a ayudar. Y hubo quienes corrieron a rastrillar. Algunos levantaron heridos; otros levantaron billetes. Algunos improvisaron auxilio; otros improvisaron saqueo. Hubo ataques a ambulancias, forcejeos con policías, gente defendiendo su botín mientras otros sangraban a pocos metros.
Digámoslo claro, antes de que empiece el coro de ofendidos profesionales: el saqueo existió. No es relato clasista, no es exageración mediática, no es invento de redes. Pasó. Negarlo es infantil; justificarlo, miserable.
Pero Bolivia nunca desaprovecha una tragedia sin agregarle una capa extra de hipocresía.
La reacción en redes fue inmediata y predecible. “Esa es la gente de El Alto”. “Así son todos allá”. “Qué se puede esperar”. Justificar la discriminación eterna con la actitud de un grupo (aunque numeroso) de infames. Un millón de personas reducidas a una escena, convenientemente seleccionada. Discriminación exprés, lista para consumo inmediato, sin análisis, sin contexto, sin vergüenza. El Alto como sinónimo de barbarie, para que los civilizados puedan dormir tranquilos en sus burbujas.
Ese discurso no es nuevo ni brillante. Es viejo, perezoso y cobarde. Es cómodo. Sirve para no pensar, para no mirar alrededor, para creer que la podredumbre siempre vive lejos y nunca cruza la avenida.
Y hubo de los otros, tan creativos en su cinismo. Dijeron: “Esto habría pasado en cualquier lugar del país”. Argumento hueco para no condenar nada. No se basa en hechos, sino en suposiciones. No analiza lo ocurrido, sino lo que podría haber ocurrido. Es la versión sociológica del “todos roban”, esa frase mágica que absuelve cualquier porquería sin ensuciarse las manos.
Y entonces llegó el comodín final, el más repugnante de todos: “robaron porque son pobres”. La excusa con aroma a compasión. La pobreza convertida en salvoconducto moral. Como si no hubiera pobres que ayudan, pobres que arriesgan la vida, pobres que no roban. Como si la pobreza borrara la frontera entre bien y mal.
Este argumento no solo es falso: es insultante. Reduce a los pobres a seres sin norte moral, incapaces de decidir. Les quita responsabilidad y, de paso, humanidad. El pobre ya no elige: actúa como fenómeno natural. Como lluvia, como granizo, como saqueo.
El problema es que la realidad no coopera con ese relato. Porque en el mismo lugar, con la misma pobreza, el mismo riesgo y la misma urgencia, hubo alteños que eligieron otra cosa. Que levantaron cuerpos, no billetes. Que auxiliaron cuando podían huir. Pobres también. Sin discursos. Sin excusas. Sin likes.
Eso arruina todas las coartadas. La racista y la condescendiente. Por eso se lo esconde. Porque obliga a aceptar algo insoportable: no fue la pobreza ni la ciudad; fue la elección.
Robar en medio de una tragedia no es “comprensible”. Es repugnante. Atacar ambulancias no es “reacción desesperada”. Es basura moral. Y no, decir esto no es falta de empatía: es negarse a convertir la miseria en justificación automática.
Pero tampoco es aceptable usar a los saqueadores como excusa para escupir sobre toda una ciudad. Generalizar es la forma más barata de sentirse superior sin hacer nada. El racista de redes y el justificante de sofá son dos caras de la misma moneda: ninguno se agachó a ayudar, pero ambos se agachan encantados para explicar.
Los primeros dicen “son así”. Los segundos dicen “no tenían opción”. Ambos hablan desde la comodidad, con la billetera segura y el riesgo lejos. Ambos creen tener razón. Ninguno estuvo ahí.
Lo verdaderamente insoportable de todo esto no es solo el saqueo. Es la facilidad con la que nos organizamos para justificarlo o para usarlo como arma. La velocidad con la que convertimos una tragedia en munición ideológica, en insulto, en coartada.
El avión se salió de la pista. Pero lo que realmente descarriló ese viernes fue nuestra costumbre nacional de explicar lo inexplicable y de repartir culpas colectivas para no hablar de responsabilidades individuales.
Lo del dinero del Banco Central ya se arreglará, lo de la precariedad de nuestro aeropuerto y de los protocolos de seguridad tardará un poco más. La dignidad, en cambio, sigue tirada en el barro.