Recuerdo con una mezcla de nostalgia y espanto mis años de formación escolar, cuando las hojas de carpeta nos repetían en los márgenes que el mar nos pertenecía por derecho y que recuperarlo era un deber patriótico. Crecimos con ese sentimiento patriotero que funcionaba como un comodín explicativo: si no crecíamos, era por la mediterraneidad; si éramos pobres, era culpa de los chilenos; si algo salía mal, siempre había un enemigo externo listo para absolvernos de nuestras propias torpezas.
Con el tiempo entendí que aquel relato no era exactamente falso, pero sí extraordinariamente útil para no mirar nuestras propias taras. Hoy, viendo las reacciones que provocó la captura de Sebastián Marset, tengo la sensación de que estamos ante un fenómeno parecido: una distorsión colectiva donde la realidad se esconde detrás de la propaganda o del escepticismo más cínico.
En literatura hay un concepto que siempre me ha servido para analizar la política: la verosimilitud. Lo verosímil no es necesariamente verdadero; es aquello que parece posible dentro de una historia. Lo que ocurrió con Marset parece por momentos el guion de una serie policial donde la realidad supera a la ficción. Mientras en redes sociales los odiadores profesionales y los escépticos de oficio intentan minimizar el hecho –que “se entregó”, que es una “cortina de humo”, que todo forma parte de algún plan oscuro–, la realidad es bastante menos conspirativa: su captura representa un logro importante para el país y para el gobierno de Rodrigo Paz.
Y conviene decirlo sin rodeos, aunque a algunos les cause urticaria: la Policía Boliviana merece un reconocimiento. Han demostrado que cuando hay voluntad política y se abandonan las bravuconadas chabacanas de gestiones pasadas, pueden actuar con precisión quirúrgica. El operativo se ejecutó con una pulcritud que extrañábamos: sin balaceras innecesarias, sin balas perdidas, sin esos finales de opereta donde el criminal “logra escapar por la parte de atrás”. Cuando quieren, pueden.
Pero este operativo no es solo una captura policial. Marca también un cambio de timón: el inicio de una colaboración más abierta con la DEA, una agencia que durante años estuvo proscrita del país bajo el argumento soberanista impulsado por Evo Morales. Todos recordamos aquel discurso: la DEA conspiraba contra Bolivia, espiaba al gobierno, atentaba contra nuestra dignidad nacional. Pero detrás de esa narrativa había una realidad menos épica: el Chapare, bastión político del expresidente, se consolidaba como una zona donde la producción de coca excedentaria alimentaba con bastante comodidad las cadenas del narcotráfico internacional.
Durante años, el MAS normalizó esa situación bajo la lógica del “le metemos nomás, luego los abogados arreglan”. La captura de Marset sugiere que ese tiempo puede estar cambiando. Ahora bien, para entender por qué un personaje como Marset terminó cayendo en Bolivia, también hay que apelar a una característica muy nuestra: la envidia. Siempre he sostenido que aquí no prosperan los grandes carteles porque funcionamos como esos “cangrejos bolitas” del chiste popular: si uno intenta escapar del turril, los otros lo jalan.
El último capo verdaderamente legendario que produjo el país fue Roberto Suárez Gómez, el llamado “Rey de la Cocaína”, que en los años ochenta financió incluso el golpe de García Meza. Después de su caída, la pecera boliviana se llenó de peces chicos: clanes familiares discretos, operadores prudentes y delincuentes que aprendieron que en Bolivia la ostentación es una mala idea.
Los peces chicos viven mejor en la sombra. Por eso, un tiburón extranjero como Marset estaba condenado a generar anticuerpos. Sus lujos extravagantes, su perfil alto y su soberbia eran casi una provocación en una pecera acostumbrada a la mediocridad criminal.
En Bolivia, cuando alguien resalta demasiado –incluso en el narcotráfico– tarde o temprano aparece alguien dispuesto ponerle zancadilla. No por patriotismo; por envidia.
Pero más allá de las ironías, hay algo serio en todo esto. Normalizar el narcotráfico es una forma de suicidio social. Cuando normalizamos que el dinero ilícito fluya por las venas de la economía, terminamos aceptando sociedades violentas, sometidas a la ley del más fuerte y a los caprichos de caudillos que se creen por encima de la Constitución.
Ya lo vimos en la gestión pasada: una justicia servil a los intereses del poder de turno, capaz de encarcelar inocentes mientras los verdaderos criminales paseaban en helicóptero. No podemos retornar a ese limbo entre lo real y lo fantástico donde las "evadas" eran la norma de gobierno. La captura de Marset debe ser el primer paso para desarticular esa inmensa red de poder corrupto que se instaló en el Estado.
Por eso la captura de Marset debería ser vista como algo más que una noticia policial. Debería ser el inicio de un proceso serio para desarticular las redes que sostienen este negocio: productores, intermediarios, pilotos, lavadores y padrinos políticos.
Ojalá no sea una sola golondrina, sino el comienzo de un verano. Y si algo nos enseña este episodio es que Bolivia sí puede actuar cuando decide hacerlo. A la Policía Boliviana, mis respetos por una tarea bien ejecutada.
A los políticos, en cambio, un consejo más simple: dejen de jugar a los chistositos con la seguridad nacional. Los bolivianos ya estamos cansados de la picardía criolla, de gobernantes que se lavan las manos diciendo que “el pueblo se lo pidió” y de ese extraño deporte nacional que consiste en explicar por qué nunca se puede hacer nada.
Marset cayó, y eso es una buena noticia. La pregunta ahora es si el país tendrá la voluntad de seguir limpiando la pecera o si volveremos, como tantas veces, a mirar para otro lado mientras los peces chicos recuperan la calma.