La pasión por el fútbol tiene muchas facetas positivas, pero, entre sus defectos, está el hecho de que puede sustraer fácilmente de lo que pasa en la vida cotidiana. Si se suma a eso la expectativa persistente en torno a los resultados electorales, tenemos un país que, momentáneamente, se olvidó de los grandes problemas nacionales.
No es algo condenable. Para la mayoría de la gente, esa que tiene que trabajar si quiere conseguir el sustento diario, la vida es una sucesión de preocupaciones que comienza, precisamente, con la necesidad de procurar alimentos y, después, cubrir necesidades básicas, tanto de uno mismo como del resto de la familia. Muchas veces, la insuficiencia de lo ganado obliga a solicitar préstamos y, de esa manera, la o las deudas se convierten en otra preocupación diaria. En ese marco, el fútbol representa una catarsis similar a la que produce, por ejemplo, el Carnaval: por un corto tiempo, muchos se olvidan de sus preocupaciones y se entregan al festejo. En la semana que termina, la selección boliviana de fútbol ha dado una razón para festejar y, por supuesto, es de esperar que lo propio ocurra el martes. Por lógica, la alegría disipa las penas y esto tiene un efecto benéfico en la sociedad que, pese a los esfuerzos que se hace, no termina de salir del hoyo en el que ha caído.
Cuando la selección gana, la mayoría no solo se olvida de sus diferencias sino que se suma a un júbilo masivo que puede unir a los adversarios en torno al pabellón nacional. En estos casos se suele emplear frases hechas como “equipo de todos” o “cuando la selección juega, jugamos todos”, pero, eso no es del todo cierto.
Mientras la mayoría revalida sus esperanzas de clasificación al Mundial, hay gente que no descansa y trabaja, a nuestras espaldas, en objetivos que no son nacionales, sino sectarios. Eso se confirmó, primero, con la nueva crisis de la gasolina, y, después, con algunos de los resultados de las elecciones subnacionales.
Hace no mucho, el 8 de febrero, en este mismo espacio señalamos que, en el tema de la gasolina contaminada, la versión de un sabotaje ejecutado por funcionarios que ingresaron a trabajar a Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), en los gobiernos del MAS, tenía bastante coherencia. Pocos días después, el presidente Rodrigo Paz denunciaba acciones de desestabilización en contra de su gobierno que se apoyaban, en ese momento, en la mala calidad de la gasolina, y los hechos posteriores apuntalaron su versión.
Lo que está oficialmente confirmado es que la gasolina almacenada en tanques de YPFB ha sido intencionalmente manipulada. Como consecuencia de esa acción, claramente criminal, miles de vehículos han sido dañados, demandando una fuerte erogación de gastos para su reparación y una cantidad menor ha quedado irremediablemente dañada. Todo esto ha causado un daño económico directo y provocado la natural reacción de los afectados, entre los que se encuentra un sector con gran capacidad de movilización: el de los choferes.
La mala calidad de la gasolina se ha convertido en el argumento principal para atacar al Gobierno. Desde que el hecho fue denunciado, precisamente en febrero, hubo sectores que pidieron renuncias, no solo del Ministro de Hidrocarburos y de los responsables de YPFB y la ANH, sino del propio presidente Paz. Pasó con personajes vinculados al languideciente MAS, y pasó también con la principal bancada opositora en el Congreso, Libre. Por ahora, la crisis parece haber sido sofocada. Habrá que ver si el cumplimiento de los compromisos asumidos con los choferes logra sofocar también las turbulencias políticas.