Después de Marset

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 31/03/2026
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¿Cuántos peces gordos del narcotráfico fueron detenidos en Bolivia, en el pasado reciente? Si se busca, se retrocederá hasta la captura de Isaac “Oso” Chavarría, en 1994, que ocurrió en el gobierno de Jaime Paz, padre del actual presidente. Al año siguiente fue apresado Luis Amado Pacheco, el “Barbaschocas”, ya en el primer gobierno de Sánchez de Lozada. Desde entonces, no hubo detenciones de importancia.

Por ello, la captura del narcotraficante uruguayo Sebastián Marset en Santa Cruz ha sido, sin duda, uno de los operativos policiales más relevantes de los últimos años en Bolivia. La operación se ejecutó con precisión: sin disparos, sin enfrentamientos, sin víctimas ni fugas. Un resultado limpio que ha sido destacado por la prensa nacional e internacional y que representa un éxito operativo incuestionable.

Durante años, Marset fue considerado uno de los narcotraficantes más buscados del continente. Desde Bolivia habría coordinado buena parte de sus actividades, tejiendo redes criminales con organizaciones de alcance regional. 

La operación demuestra que, cuando existe coordinación institucional y decisión política, el Estado boliviano puede actuar con eficacia frente a estructuras criminales complejas. Conviene recordarlo en un país donde, con demasiada frecuencia, los éxitos propios se atribuyen inmediatamente a factores externos.

Es cierto que la cooperación internacional juega un papel importante en la lucha contra el narcotráfico. Pero, en este caso, corresponde reconocer que fue la Policía Boliviana la que llevó el peso del operativo que permitió detener a Marseten territorio nacional antes de su posterior traslado a Estados Unidos. Sin embargo, la historia del narcotráfico enseña que la caída de un gran capo rara vez significa el fin de la organización que lo rodea. Al contrario: suele abrir un periodo de reacomodo interno en el que distintos actores intentan ocupar el espacio de poder que queda vacante.

El negocio sigue existiendo. Y mientras exista un mercado internacional dispuesto a pagar por la droga, habrá estructuras criminales dispuestas a producirla, transportarla y comercializarla.

Cada vez que cae un líder de alto perfil se produce una recomposición de las redes criminales. Nuevos intermediarios emergen, antiguos aliados se reagrupan y las rutas se reorganizan. El narcotráfico funciona, en ese sentido, como un sistema flexible que se adapta rápidamente a los golpes que recibe.

La captura de Marset también obliga a mirar con mayor atención la penetración del crimen organizado en la región. Que uno de los narcotraficantes más buscados de Sudamérica haya podido residir durante años en una zona acomodada de Santa Cruz no es un dato menor. Habla de redes logísticas, protección económica, lavado de dinero y vínculos que trascienden el ámbito estrictamente criminal. El narcotráfico moderno no funciona solo con violencia: se apoya también en estructuras financieras, empresariales y sociales que le permiten operar con relativa normalidad.

En ese contexto, la lucha contra el crimen organizado exige algo más que operativos exitosos. Requiere inteligencia sostenida, control financiero, cooperación internacional yfortalecimiento institucional.

En los próximos meses será posible evaluar si este golpe representa realmente un punto de inflexión o si, como tantas veces en el pasado, las redes criminales logran reorganizarse y continuar operando con nuevos liderazgos. Y corresponde establecer, también, el grado de protección que permitió que Marset opere tanto tiempo en el país.

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