Las malas costumbres

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 05/04/2026
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En los últimos años, se ha vuelto cada vez más evidente una preocupante normalización de ciertos malos hábitos en la vida cotidiana de nuestras ciudades, conductas que, aunque a simple vista puedan parecer menores o aisladas, en realidad configuran un patrón que erosiona la convivencia y contradice el pregón y la imagen de ciudad abierta, hospitalaria y amable que históricamente ha distinguido a la sociedad boliviana.

Uno de los rasgos más visibles es la pérdida de cortesía básica. Saludar, agradecer o devolver un gesto amable parecen prácticas en retroceso. No se trata de formalismos vacíos, sino de expresiones mínimas de reconocimiento mutuo que sostienen el tejido social. Cuando estos gestos desaparecen, lo que queda es una convivencia fría, distante y, en muchos casos, indiferente.

A ello se suma la persistente costumbre de arrojar desperdicios en la vía pública. Calles, plazas y avenidas se convierten en receptores de basura que muchos prefieren no llevar consigo hasta encontrar un basurero. Este comportamiento no solo afecta la imagen urbana, sino que también tiene consecuencias ambientales y sanitarias. La limpieza de una ciudad no es responsabilidad exclusiva de las autoridades, sino un compromiso compartido por todos sus habitantes.

Igualmente preocupante es la falta de respeto a las normas básicas de tránsito. Conductores que ignoran señales, peatones que cruzan de forma imprudente y motociclistas que circulan sin precaución contribuyen a un entorno caótico y peligroso. La vía pública deja de ser un espacio de orden y previsibilidad para convertirse en un escenario de riesgo constante. Es cada vez mayor y consistente la percepción de que, en comparación a sus pares del eje central del país, donde peor se conduce un motorizado, sea este particular o del servicio público, es en nuestra urbe ñuflense.

Otro aspecto que refleja esta falta de responsabilidad ciudadana es el descuido de algunos dueños de mascotas. Pasear perros en plazas y parques sin recoger sus excrementos no solo es una muestra de desconsideración hacia los demás, sino también una falta de respeto hacia los espacios comunes. Estos lugares, destinados al esparcimiento de todos, terminan deteriorándose por la negligencia de unos pocos.

No pocos vecinos parecen actuar guiados por un espíritu transgresor que, lejos de aportar a un pretendido ‘buen vivir’ en comunidad, termina atentando contra la convivencia civilizada. La idea de que “nadie me dirá qué hacer” se convierte en una excusa para ignorar normas básicas que existen precisamente para garantizar el bienestar colectivo. Esta actitud, si no es corregida, corre el riesgo de reproducirse y consolidarse entre las nuevas generaciones.

Es necesario, por tanto, un llamado urgente a la reflexión. La ciudad no es solo un espacio físico, sino una construcción social que depende del comportamiento de quienes la habitan. Recuperar los valores de respeto, responsabilidad y consideración por el prójimo no es una tarea exclusiva de las instituciones, sino un compromiso que comienza en cada individuo.

El país merece sostener y fortalecer su identidad como una ciudad acogedora y cordial. Para ello, es imprescindible corregir estos malos hábitos y evitar su repetición. Solo así se podrá garantizar que las generaciones por venir hereden no solo una ciudad en crecimiento, sino también una cultura ciudadana basada en la convivencia pacífica, el respeto mutuo y el orgullo compartido de pertenecer a una comunidad verdaderamente hospitalaria, respetuosa y solidaria.

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