Cuando una plaza se cree país

MATASUEGRA Willy Camacho 17/04/2026
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En Bolivia existe una vieja tentación política: creer que reunir gente en una plaza equivale automáticamente a representar al país. Como si la multitud, por el solo hecho de ser multitud, viniera con certificado de verdad, legitimidad y mandato histórico incluidos. El cabildo de El Alto del 11 de abril, convocado por el diputado suplente Nilton Condori bajo el nombre de “Despierta Bolivia”, parece haber caído exactamente en esa ilusión. Durante unas horas, la narrativa fue contundente: el pueblo habló. El problema es que, cuando el ruido se disipó, lo que quedó fue mucho más modesto: solo un sector habló, pese a que habló bastante fuerte.

Las demandas eran, en apariencia, irresistibles. Reducir en 50% el salario de los parlamentarios, eliminar privilegios, recortar el gasto público, interpelar al poder. Es el tipo de agenda que en Bolivia funciona casi sin explicación, porque activa una sospecha compartida: que los políticos viven mejor que el resto del país. Y probablemente no falte razón en ese diagnóstico. El problema es cuando la indignación deja de ser punto de partida y se convierte en método. Ahí empieza a confundirse el volumen con la profundidad.

El cabildo aprobó más de diez resoluciones, lanzó un ultimátum de 15 días al Gobierno y, en el mismo impulso, deslizó la posibilidad de exigir la renuncia del presidente, de autoridades del Ejecutivo, del Tribunal Supremo Electoral y hasta del Órgano Judicial. Es decir, en cuestión de horas pasó de ajustar sueldos a rediseñar el Estado. Esa capacidad de expansión es admirable desde el punto de vista retórico, pero muy débil desde el punto de vista político. Claro, no falta ambición, pero sobra improvisación.

Porque un cabildo puede ser muchas cosas –catarsis, presión, símbolo–, pero no reemplaza automáticamente a las instituciones. Y menos aún cuando ni siquiera logra ordenarse a sí mismo. Hubo confusión en las resoluciones, demandas que cambiaban sobre la marcha y asistentes que no tenían del todo claro qué se estaba aprobando. Más que una asamblea deliberativa, por momentos pareció una sesión de lluvia de ideas con megáfono.

Luego vino la batalla favorita del país: la de las cifras. Condori habló de un millón de asistentes, mientras las verificaciones independientes hablaron de decenas de miles. Pero más allá de las cifras, lo que realmente importa es lo que este cabildo revela. Primero, que el malestar existe y es fácilmente movilizable. Basta con pronunciar la frase “bajen los sueldos de los políticos” para que medio país asienta sin pedir mayores detalles. Es una consigna simple, eficaz y emocional, que no necesita demasiada arquitectura para funcionar.

Y segundo –quizá lo más revelador–, que en este país sigue viva la idea de que el liderazgo puede fabricarse a partir de un solo acto. Nilton Condori parece haber entendido bien la lógica del momento: discurso antiélite, frases efectistas, apelación constante al “pueblo” y una narrativa donde todos los problemas se explican por la existencia de una clase política parasitaria. Es un libreto conocido, eficaz en lo inmediato y peligrosamente simplificador en lo estructural. No es preocupante que lo use (ya eso es un lugar común), sino que siga funcionando.

Porque Condori no ha construido todavía un proyecto político sólido. Ha construido, más bien, un personaje. Uno que habla fuerte, que promete mucho y que se presenta como la voz de todos sin haber demostrado aún la capacidad de organizar a nadie más allá de un evento puntual. Es el tipo de liderazgo que crece rápido porque no carga estructura, pero que también puede desinflarse igual de rápido cuando se le exige algo más que volumen.

Y aquí aparece el momento más interesante –y más delirante– del cabildo: el ultimátum. Quince días para que el Gobierno cumpla sus demandas, caso contrario, pedirán la renuncia del presidente Rodrigo Paz. La escena tiene algo de teatro político involuntario. Uno imagina al presidente revisando el calendario con creciente angustia, contando los días como quien espera una sentencia inapelable. La realidad, por supuesto, es bastante menos dramática. Es difícil imaginar a un mandatario elegido por millones de votos temblando ante la amenaza de unos cuantos miles reunidos en una plaza que, además, ni siquiera lograron ponerse de acuerdo en sus propias resoluciones.

La desproporción es evidente. Y, sin embargo, conviene no caer en la tentación inversa: la de la burla fácil seguida del desprecio automático. Porque si algo enseña la historia política boliviana es que muchos procesos que terminaron siendo importantes comenzaron exactamente así: con un grupo reducido, una consigna simple y una indignación que encontró micrófono. Subestimar el cabildo sería tan torpe como sobredimensionarlo.

El cabildo de El Alto no fue, por ahora, un punto de quiebre nacional. Fue un ensayo, un intento de posicionamiento en un escenario fragmentado, una demostración de que hay espacio para discursos simples en contextos complejos. Pero también fue una advertencia: la indignación existe, está disponible y puede crecer si alguien logra organizarla mejor que lo que vimos en esa plaza. Bolivia sigue siendo un país donde la política se mueve entre la improvisación y la oportunidad. 

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