Monos con navaja

A. Germán Gutiérrez Gantier 26/04/2026
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Qué halo el nuestro, vivimos en crisis prolongada, todo es inestabilidad y tensión permanente. Bolivia transita por los caminos de la vulnerabilidad, que es asumida por el pueblo como normal, al igual que los actores políticos que no se conmueven ante el grave desgaste que sufre el país y la débil democracia. El fantasma de la inviabilidad está en el horizonte.

Admitir el odio, el resentimiento, la ignorancia, la mentira, la banalidad, la ausencia de valores y lo prosaico se ha naturalizado. El malestar de la sociedad, en lugar de ser respondido con cambios estructurales, se lo hace con medidas a medias y asumiendo que estos comportamientos son intrínsecos al funcionamiento de la democracia y que el pueblo debe soportarlos como una consecuencia inevitable de su despolitización.

Cualquier idea crítica o creativa es motivo de repulsa. El cuestionamiento serio, individual o grupal, es visto con desprecio o descalificado sin mayor reflexión, de tal manera que la abulia colectiva se instala en lo cotidiano y permite la aparición de seres mediocres que se adueñan del escenario.

Esto debía cambiar con el nuevo gobierno. Su advenimiento esperanzador hacía presumir que las transformaciones serían de fondo, máxime si el Estado atraviesa una crisis orgánica, pero, la tibieza y coyunturalismo evitan, hasta ahora, llegar al núcleo del conflicto; no se animan a abordar el porqué de la crisis.

Esta  forma de confrontar el periodo evita la consolidación de una conducción política democrática sólida, que en lugar de recrear la república para el siglo XXI prolonga la agonía de lo plurinacional prohijando pautas culturales que debían ser derrotadas. De tal modo que resurgen comportamientos pasados y se instalan con brío renovado en antiguos y nuevos actores que en representación de la mediocridad y la insensibilidad social operan con absoluta libertad.

Estos seres, en general impulsivos, no miden la consecuencia de sus actos; son impredecibles,  destructivos y peligrosos, existen en abundancia en todos los espacios, ponen su lengua en movimiento antes que su mente en funcionamiento… los medios de comunicación están plagados de sus estridentes declaraciones.

Creen que solo tienen derechos. La palabra dada es vulnerada de acuerdo a los vientos que soplan. La validez del compromiso es de corta duración y sujeto no a develar la verdad, sino a evitar futuras responsabilidades.

Como no están orientados por ningún valor, libres de cuerpo pasan de un criterio a otro. La idea de la lealtad no existe. El pacto no es sobre la causa, es complicidad sobre el manejo arbitrario. El beneficio personal o sectorial es el norte. De ello hay varios ejemplos.

El híbrido oficialista-opositor dice: “Voy a pensar muy bien si voy a seguir en esto porque no vale la pena a veces sacrificarse tanto para beneficio de otros”. Claro, el beneficio debe ser personal. O esta joya: “Le sacaré brillo a mi sable”. ¿Para qué? Vaya uno a saber. O esta que lo delata: “A mí no me gusta la corrupción”. ¿Le encantará?

La promesa es una mamada: “Subiré el Bono Dignidad progresivamente a 2.000 bolivianos”. En su infinita bondad, prosigue: “Viviendas con cero cuotas iniciales y 3% con interés anual, el Estado paga la construcción”. Todas ellas juegan con la ilusión de la ciudadanía. Por supuesto que semejante promesa no tiene sustento presupuestario. Como no tiene idea de lo que es ser responsable en el ejercicio de la función pública, se lanza al estrellato. Fácil es decir, el resto no importa. La ciudadanía ha perdido el sentido de la crítica y de la realidad.

La pesada herencia sobre la que existen denuncias de que “la empresa estatal del litio se encuentra entre las 15 empresas en quiebra técnica y solo opera al 17% de su capacidad” es parte de la añeja propuesta de la industrialización que sirvió para que se den un festín sus responsables, sin que hasta ahora se establezcan las responsabilidades ni se cierre este ciclo perverso. Claro, esto es aprovechado por estos seres que se oponen a una evaluación de las empresas públicas, porque dicen hay intención de privatizarlas; entonces, ¿lo público es sinónimo de discrecionalidad y abuso, o simplemente quieren repetir el asalto procaz de la cosa pública?

Pero, ¿cómo va la justicia boliviana, caracterizada por la incertidumbre y la impunidad que daña a la estabilidad democrática? Todo tranquilo, sin cambios: siguen los de siempre haciendo de las suyas.

En el principal escenario del debate democrático, que es el Parlamento, hay cada espécimen, cuyas iniciativas causan estupor y a la vez risa, como aquella destinada a sancionar penalmente a los infieles y adúlteros. Parece que no miran la casa por dentro, pues de hacerlo podría desestabilizar al Legislativo.

Estamos en manos de estos seres que siguen su camino saboreando las mieles del poder sin poner el cuerpo a las balas.

La banalidad en el ejercicio de la política tiene graves consecuencias. La población frustrada buscará canalizar sus demandas con episodios de violencia o ingresar en la indiferencia y permitir sin mayor resistencia el retorno de prácticas autoritarias a la cabeza de remozados populismos e impedir la apertura de un promisorio periodo democrático.

La política es algo serio, no debe estar en manos de monos con navaja.

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