Han terminado en Tarija las Jornadas Culturales Plurinacionales 2026, que fueron convocadas por el Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía. Aunque todavía es muy pronto para realizar evaluaciones de un trabajo nacional, sí se puede hacer apreciaciones sobre lo visible, aquello que se presentó frente a todos los actores culturales que se tomaron su tiempo para participar en cada una de las capitales de departamental y en la ciudad de El Alto.
Lo primero que se debe señalar de estas jornadas es su ya referido carácter nacional: abarcaron a todo el territorio boliviano en condiciones igualitarias: misma cantidad de días —dos— para cada una de las nueve capitales de departamento. Si solo se toma en cuenta la calidad político/administrativa de las capitales, es posible que El Alto haya salido beneficiado porque también tuvo dos días para desarrollar jornadas solo a nivel ciudad, cuando en los demás lugares se tuvo un alcance departamental, pero se debe entender el carácter especial de ese municipio, receptor de una gran cantidad de migrantes y su consecuente tamaño.
Las Jornadas comenzaron el 23 de marzo en Oruro, una ciudad en la que el folclore se ha sobrepuesto a lo cultural por razones conocidas por todos. Lo que se vio en esa ciudad es que el manejo de su fastuoso carnaval está prácticamente monopolizado por la Asociación de Conjuntos Folklóricos de Oruro cuya administración institucional fue expuesta ante los asistentes. De esa manera se confirmó que las organizaciones de folcloristas no son del todo democráticas, puesto que sus directivas extienden sus mandatos con diferentes argumentos e impiden una renovación, lo que siempre resulta saludable.
La queja sobre la falta de democracia en esta clase de organizaciones es denominador común en ciudades como La Paz y Potosí, donde también existen desfiles o entradas folclóricas que han conseguido ser inscritas en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. La razón para que haya nula o escasa renovación en estas organizaciones es económica: las “entradas” mueven miles de millones de bolivianos y constituyen un atractivo para los dirigentes que ya llevan años con esas calidades.
Pero las Jornadas Culturales Plurinacionales no solo sirvieron para conocer las quejas de un sector que, como quedó dicho en todos los departamentos, siempre fue considerado en un tercer o cuarto nivel, al extremo de que, cuando se habla de recortes, resulta ser el primer afectado, como ocurrió en el gobierno de Jeanine Áñez. También se revisó lo bueno que se ha estado haciendo, aún sin la intervención directa del Gobierno central.
Hasta antes de Tarija, cuyos resultados no ha podido conocer en detalle este diario hasta el cierre de la presente edición, dos departamentos aparecían como buenos ejemplos: Santa Cruz y Chuquisaca. El primero, por demostrar que la iniciativa privada puede generar desarrollo, cuando es fomentada; y el segundo, debido a los resultados de la conmemoración del Bicentenario de Bolivia, en agosto del año pasado.
En el caso cruceño, se ha destacado el hecho de que Santa Cruz de la Sierra se haya convertido en un atractivo turístico debido a la diversificación de sus ofertas para los visitantes y, además, al empuje de su sector privado; el aeropuerto de Viru Viru se ha consolidado como la entrada a Bolivia.
En Chuquisaca destaca la capital, Sucre, cuya población va entendiendo el valor que tiene el turismo y actúa en consecuencia, pasando por alto diferencias ideológicas y partidarias. Esto último falta en Potosí, donde se advierte que sus habitantes sí entienden la importancia del turismo, pero no logran ponerse de acuerdo a la hora de encarar políticas públicas con el necesario concurso privado.