La madre del cordero

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 28/04/2026
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Con medidas de presión alentadas desde el evismo, hay que reconocer que la posibilidad de una crisis política de consecuencias imprevisibles es más grande de lo que parece.

En primer lugar, no debería ser lógico hablar tanto del Movimiento Al Socialismo (MAS), puesto que, como organización política, se ha dividido y está en terapia intensiva y con diagnóstico reservado. En cambio sí está todavía vigente el evismo, y los resultados de las elecciones subnacionales demuestran que esa corriente, por ahora sin personería jurídica, tiene innegable influencia en la política nacional, aunque su centro de operaciones siga siendo el trópico cochabambino.

El propio expresidente Evo Morales se ha ufanado al decir que sus candidaturas se mimetizaron en varias organizaciones políticas para participar en las elecciones recién pasadas. Llegaron incluso a utilizar a la organización de Jorge Tuto Quiroga, Libertad y República (Libre), para participar en un municipio, según confesó el mismo exmandatario sobre el que pesa una orden de aprehensión hace años y, sin embargo, la Policía no la ejecuta.

Si se analizan con cuidado los resultados de las subnacionales, se verá que el evismo logró ganar en varias plazas. En el caso de Potosí, sin ir más lejos, por ejemplo, se lo percibe en el Movimiento Tercer Sistema (MTS), que tuvo participación disímil en este departamento.

Entonces, por una parte está al evismo operando desde diferentes frentes —ampliados, ahora, a una cantidad no determinada de municipios—, y, por otra, se encuentra enquistado en sindicatos que todavía controla, incluida la Central Obrera Boliviana (COB).

El conflicto irresuelto del combustible ha desatado la teoría de que Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) se ha convertido en una corporación controlada por el antiguo MAS, ya que en 2005 tenía menos de 1.000 empleados y ahora llega fácilmente a 8.000. Las planillas crecieron durante los gobiernos de Morales y Luis Arce: esos más de 7.000 incorporados en los últimos veinte años serían leales a las corrientes de esa ahora fraccionada organización política. De allí también la versión del sabotaje a la gasolina.

Y aquí aparece un elemento importante: el incremento de los asesinatos cometidos con el uso de armas de fuego, en acciones que tienen toda la apariencia de ajustes de cuentas y se han convertido en la cara más reciente de un fenómeno omnipresente, pero poco analizado desde la óptica política: el narcotráfico.

Tan solo el fin de semana recién pasado hubo tres asesinatos en Santa Cruz, todos a balazos y uno nada menos que en proximidades del aeropuerto de Viru Viru. Es momento de admitir que el sicariato ya forma parte de la criminalidad boliviana y si la mayoría de los casos ocurren en el oriente, se debe a que las mafias utilizan a Santa Cruz como centro de operaciones, considerando su alto movimiento económico, además de la facilidad de usar las selvas de la frontera entre Bolivia y Brasil.

Pero el narcotráfico no se limita al oriente, ni a su feudo, el trópico cochabambino, sino que también tiene presencia en el occidente, especialmente en la región denominada “México Chico”, en el norte potosino. Allí se produce marihuana que se vende mayoritariamente en Chile y los resultados de las elecciones generalmente han sido favorables para el evismo.

Estos datos aparecen en el libro “Narcotráfico imparable”, de Manuel Morales Álvarez, en el que se advierte de un secreto a voces que, sin embargo, continúa manejándose con bajo perfil: el narcotráfico tiene presencia en la política boliviana y es por eso que existen personas u organizaciones partidarias incombustibles.

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