Básicamente, un sindicato es una “asociación de trabajadores para la defensa y promoción de sus intereses” y la Inteligencia Artificial agrega que estos colectivos se constituyen para defender sus intereses económicos, laborales y sociales frente al empleador.
En nuestro país, la Central Obrera Boliviana (COB) es el sumun de los sindicatos, el aglutinamiento de estos. Diferentes gobiernos intentaron crear organismos paralelos, pero no lo lograron. El que sí tuvo éxito fue el MAS, pero no formando otro, sino cooptando al que existía.
La cooptación operó mediante la prebenda. De manera subterránea, el MAS reajustó los salarios de los principales dirigentes hasta ponerlos al nivel de los más altos del país. Además, se les permitió que consigan otros ingresos como, por ejemplo, una jubilación de invalidez, que pasó a convertirse en un segundo o tercer sueldo. Al margen de eso, se les entregó ministerios y la posibilidad de controlar espacios en la administración pública.
Con todas esas ventajas, la COB no tuvo pudor en ponerse al lado de los gobiernos del MAS y, así, dejó su papel natural, que era de confrontación, y se convirtió en aliado. Sindicalmente, eso fue una traición porque la COB, el sindicato de sindicatos, se ponía del lado del principal empleador estatal, que es el gobierno. Esa actitud también fue una violación a su declaración de principios que consagra la “independencia de la COB como organismo de la clase con relación al gobierno, partido político u otras formas de presión sectaria en su seno”.
El papel que jugó el organismo obrero no fue solo de traición a principios, postulados y a la esencia del sindicalismo, sino que se cruzó otra línea, la del crimen, ya que su anterior secretario ejecutivo, Juan Carlos Huarachi, recibió sobornos e incurrió en otras acciones ilegales que le valieron detención preventiva.
El papel del exdirigente fue tan nefasto que hasta la gente que trabajó con el MAS lo admite. Por ejemplo, Susana Bejarano, que se identifica como analista política, politóloga y periodista, y ejerció importantes cargos en los anteriores regímenes, ha publicado que “el nefasto ex dirigente Juan Carlos Huarachi arrasó con su prestigio y se sirvió de esta institución histórica para sus beneficios y los de un grupo”.
En lo que existen diferencias es en la manera de percibir a la actual dirigencia de la COB. La mayoría de los analistas considera que esta es una continuación de la de Huarachi y se respalda en informes como, por ejemplo, las remuneraciones que recibe el actual ejecutivo, Mario Argollo, que llegarían hasta 47.000 Bolivianos gracias a que repite las fórmulas de su antecesor, incluida la renta de invalidez.
Enrique Velazco, un investigador en desarrollo productivo que no parece vinculado a gobierno alguno, dice que la COB no ha cumplido con su papel de defender al proletariado porque “Bolivia es el líder mundial en informalidad y precariedad del empleo: es el origen de la pobreza persistente, porque con el eufemismo de emprendedurismo se oculta al cuentapropismo obligado y la autoexplotación laboral”.
Cuando pidió la abrogación del decreto supremo 5503, la COB de las prebendas inició su campaña de socavamiento del actual gobierno que desinfló su primera movilización al acceder a su pedido. En ese momento, se advirtió que esa rápida cesión fue un error, porque, envalentonada, la COB volvería después con más pedidos y así es como estamos ahora. Ahora resta saber en qué acabará este segundo round.
Y, si hay dudas del carácter conspirativo de la movilización cobista, es suficiente leer a Bejarano que la está aplaudiendo afirmando que “la COB se activa, avanza de forma sana, representa realmente a los trabajadores, entonces es capaz de derribar montañas”.