Bolivia atraviesa una etapa donde el miedo parece haberse convertido en un actor político silencioso, pero extremadamente influyente. No se trata únicamente del temor a la crisis económica, al desempleo o al encarecimiento de la vida; hablamos de una sensación colectiva de incertidumbre que comienza a moldear conductas sociales, discursos políticos y mecanismos de presión.
En medio de bloqueos, amenazas de movilización, disputas internas y discursos cada vez más radicales, resulta útil observar la coyuntura desde una perspectiva poco habitual: la Teoría de la Gestión del Terror, desarrollada en la psicología social para explicar cómo las sociedades reaccionan cuando sienten amenazada su estabilidad o su propia supervivencia.
Aunque el nombre puede parecer extremo, la teoría no se refiere solamente al miedo a la muerte física; aborda también el miedo al caos, a la pérdida de control, a la destrucción del futuro y a la desaparición de las certezas que sostienen la vida cotidiana. Cuando una sociedad siente que el piso comienza a moverse, sus reacciones dejan de ser completamente racionales y pasan a estar profundamente influenciadas por emociones defensivas. Eso ayuda a entender varios fenómenos que actualmente se viven en Bolivia.
La incertidumbre económica, la escasez de dólares, los problemas de abastecimiento de combustibles, el desgaste institucional y la permanente confrontación política han generado un ambiente psicológico de tensión colectiva. Aunque muchas personas continúan trabajando y desarrollando su vida cotidiana, existe una percepción creciente de fragilidad. La sensación de que “algo puede explotar” se instala lentamente en la conversación pública.
Cuando las sociedades atraviesan escenarios de incertidumbre prolongada, las personas tienden a refugiarse en identidades fuertes. Por eso las posiciones políticas comienzan a radicalizarse. El ciudadano deja de analizar únicamente propuestas o resultados y empieza a actuar desde emociones vinculadas a pertenencia, miedo o resentimiento.
En Bolivia esto se refleja claramente. Los sectores afines al oficialismo sienten que cualquier cuestionamiento busca destruir su proyecto político; mientras que amplios sectores opositores perciben que el país se aproxima a un deterioro irreversible. Ambos extremos se alimentan mutuamente y convierten la confrontación en una necesidad permanente.
La Teoría de la Gestión del Terror explica además por qué ciertos liderazgos necesitan construir enemigos constantes. Cuando un grupo siente amenaza externa, se cohesiona internamente y reduce el cuestionamiento hacia sus propios dirigentes. El miedo fortalece obediencias, endurece identidades y vuelve más emocional el comportamiento político. Por ello no es casual que en Bolivia proliferen discursos cargados de dramatismo. Se habla continuamente de conspiraciones, golpes, traiciones, intentos de destrucción nacional o amenazas contra la democracia. El lenguaje apocalíptico tiene una enorme capacidad de movilización porque conecta directamente con los temores colectivos.
También resulta importante comprender el papel psicológico de la movilización social. En un contexto donde muchas personas sienten pérdida de control económico y político, bloquear carreteras, marchar o paralizar actividades no solamente responde a demandas concretas. La protesta también genera una sensación de recuperación de poder frente a la incertidumbre.
Para muchos grupos, la movilización se convierte en una manera de reafirmar identidad, demostrar existencia política y combatir la sensación de impotencia. Allí radica parte de la fuerza de ciertas dirigencias sindicales o corporativas, incluso cuando representan a sectores numéricamente reducidos.
El problema es que esta dinámica termina atrapando al país en un ciclo permanente de tensión. Cada conflicto alimenta más incertidumbre; la incertidumbre genera más miedo; y el miedo fortalece posiciones cada vez más radicales. El diálogo se debilita porque cualquier desacuerdo comienza a interpretarse como amenaza existencial. A esto se suma la fragilidad institucional del Estado boliviano. Cuando la población percibe justicia politizada, autoridades débiles, corrupción o incapacidad de gestión, aumenta la sensación de vulnerabilidad colectiva. La ausencia de instituciones sólidas deja espacio para que el miedo se transforme en herramienta política.
Quizás el elemento más preocupante sea la ausencia de un horizonte común. Bolivia parece haber perdido una narrativa compartida de futuro. No existe consenso sobre hacia dónde debe avanzar el país, qué modelo económico construir o qué proyecto nacional puede integrar a regiones, sectores sociales y generaciones. Cuando una sociedad pierde sentido colectivo, el miedo ocupa rápidamente ese vacío. Entonces aparecen el caudillismo, la polarización extrema, el corporativismo y la necesidad permanente de confrontación. La política deja de construirse sobre esperanza y comienza a organizarse alrededor del temor.
Bolivia enfrenta hoy una crisis económica y política, pero también una crisis emocional colectiva. Entender cómo opera el miedo en la sociedad puede ayudar a explicar por qué el conflicto parece haberse convertido en la forma dominante de relación política. Porque en tiempos de incertidumbre, el miedo no solo paraliza; también organiza, moviliza y otorga poder.
Cuando el miedo comienza a reemplazar al debate democrático, las sociedades dejan de discutir proyectos de futuro y empiezan a actuar únicamente desde la supervivencia política.
Referencia: La Teoría de la Gestión del Terror (Terror Management Theory - TMT), desarrollada por los psicólogos sociales Jeff Greenberg, Sheldon Solomon y Tom Pyszczynski,