El de las bodas de Canaán es un milagro que encierra simbología de gozo, abundancia y el inicio de la Nueva Alianza, con el vino como hilo conductor. Y es que esta bebida ha requerido para su elaboración, desde su origen hace casi 8000 años en el Cáucaso, cuando no de un milagro, de muchas cualidades que por sí solas revelan indicadores de evolución cultural.
Fue la corona española la que trajo la uva para vinificación a América. En el apogeo del siglo XVI, el Virreinato de Perú era una potencia vitivinícola con más de 40.000 hectáreas sembradas, desplegando luego el cultivo a Charcas, donde la Listán Prieto, bajo el nombre de Negra Criolla, encontró su hábitat ideal en el valle de Cinti en manos de los primeros monjes del Priorato de Camblaya.
En la actualidad, el vino industrial está normalmente hecho de vides post-Filoxera (plaga que en el siglo XIX obligó a modificar la genética de muchas variedades europeas), cultivadas con agroquímicos de todo tipo, usando levaduras ajenas, empleando procesos industriales complejos y corrigiendo “errores” de la naturaleza. La “industria” del vino busca estandarizar, dar consistencia y maquillar imperfecciones. Simplificando, ocultar es una forma de mentir.
En contrapartida ha resurgido la corriente del “vino natural”, que es probablemente el intento de minimizar la intervención en los procesos de cultivo y vinificación, empleando muchas veces métodos ancestrales, y que, simplificando nuevamente, busca expresar al terruño con sinceridad en sus notas salvajes, es decir con su identidad real, invitando a deselitizar la bebida.
Esta jugosa introducción hace, en realidad, a la publicación “Perú & Bolivia 2026 Special Report” de Tim Atkin, Master of Wine de fama mundial, que incluye a Bolivia por primera vez, y en la que tête-a- tête con Perú, son foco de análisis.
Llama la atención que la lista de Bolivia reporta 129 etiquetas, de las cuales 80 tienen 90 puntos o más, 10 tienen más de 95 puntos y uno ha alcanzado los 97 puntos Atkin. La lista de Perú es más escueta pero igual de brillante, tiene 88 botellas, de las cuales 49 tienen más de 90 puntos, y aunque solo dos alcanzan 95 puntos, son escoltadas por ocho etiquetas de 94 puntos.
La tendencia a ver la lista desde el ángulo estadístico es otra simplificación, una muy errada, pues notamos rápidamente “datos” atípicos que alteran los “promedios” de cada país. Son esas ave-raris las que nos interesan, no por su superior costo que termina por alejarlas de la mesa, sino por el ecosistema que se requiere para formar vinificadores que sueñen y creen esas joyas inesperadas.
Hay historias previsibles, como la de Bodegas Aranjuez, que además de traer un octeto calificado de manera excepcional, pone sobre la mesa un revólver, uno de 97 puntos, seguidas luego por otras casas tradicionales como Kohlberg o Campos de Solana que suman casi una veintena de vinos con más de 90 puntos. La crema de este grupo compite contra lo mejor de Argentina o Chile y tiene quizás la batalla más dura, justamente por que se miden en el terreno del vino clásico estilo Rolland, donde prevalecen la madera, las técnicas industriales y un mercado despiadado y con sobreoferta.
En contrapartida, buscando sus propios términos, sobresalen en el capítulo peruano ejemplos como el de José Moquillaza, nombrado Winemaking Legend, que con claridad meridiana muestra cómo el vino peruano puede posicionarse en la escena mundial, explotando el legado de las cepas patrimoniales y los procesos de mínima intervención, así como el prolífico trabajo de Pietra Possamai de Bodega Murga, quien atrajo hasta su lagar a Jeff Bezos.
Por eso por me fascina ver en Bolivia el trabajo de María José y Mercedes Granier, de la bodega Jardín Oculto (Winery of the Year elegida por Atkin), quienes armonizan la baja intervención con la delicadeza en etiquetas excepcionales de cepas patrimoniales, una de ellas con 96 puntos.
Sobresale también la vinificación impecable de Franz Kohlberg de Tour des Étoiles, las promesas de María Isable Pinedo en Tellus y Diego Guzman de Rojas en DGR, la consistencia de Cepas de Oro, o las joyitas de La Encantada y de San Francisco de la Horca, y cómo no, la tremenda labor de Willy Vargas de Valle Eterno, quien, además de vinificar la Vischoqueña con pericia, instruye magistralmente sobre la huella de la Negra Criolla en América.
Atkin considera que las bodegas top de Cinti y la selecta cumbre peruana merecen ser mejor conocidas, y quizás trabajar juntas pues tienen algo único que ofrecer al mundo. El erudito reconoce a la bebida de Cinti como una “fascinante curiosidad”, por lo que explotar el legado histórico del vino del virreinato en alianza con el socio natural de esta historia, como lo es Perú, puede generar las condiciones para un nuevo milagro que involucre a esta mítica bebida para las zonas de influencia.
Creo en el Dios de Spinoza, el del entendimiento racional de la naturaleza, pero también en la visión de Moquillaza, en la delicadeza de las Granier, en el sello salvaje de Piti en La Encantada y la sesuda labor de Vargas. Creo que es perfectamente posible trazar una ruta de valor junto al Perú para rescatar las cepas patrimoniales, pre-filoxera, vinificar con sinceridad y baja intervención y unir a la cadena gastronómica a esta cruzada de empoderamiento, tal como bien intuye el plan estratégico de nuestros vecinos de Salta, que promocionan una ruta de 10 bodegas naturales de clase mundial con 10 restaurantes Michelin.
Tomemos prestado ese plan, emplacémoslo en Cinti, y celebremos algún día cantando “Libiamo ne’ lieti calici” de La Traviata junto a esta pléyade de vinificadores que puede convertir el turismo de mochilero en uno V.I.P.
* Jorge Calderon Claure es ingeniero de Producción y master en Gerencia y Comercio Internacional. Presidente de la empresa Portafolio Internacional de Inversiones SA con base en Lima, Perú.