Bolivia y Paraguay

EDITORIAL Editorial Correo del Sur 14/06/2026
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Cada 14 de junio, Bolivia y Paraguay recuerdan una fecha cargada de historia y de futuro: la firma del armisticio que puso fin a la Guerra del Chaco, en 1935. Un conflicto doloroso, que dejó huellas profundas en ambos pueblos, pero que también abrió las puertas a un proceso de acercamiento inédito en la región. Hoy, 90 años después, y como cada efeméride, nos seguimos preguntando si realmente aprendimos la lección y si no podemos hacer más cosas para estrechar lazos.

Bolivia y Paraguay comparten mucho más que una frontera: comparten una historia marcada por la resiliencia, una identidad regional ligada al Chaco, y desafíos similares en materia de desarrollo, infraestructura y soberanía económica. Ambos países son mediterráneos, han sido históricamente marginados en los esquemas regionales de integración y aunque alguna vez, cada uno por su lado, ha intentado proyectarse al mundo de forma independiente, la realidad ha acabado explotando en la cara.

La relación bilateral todavía está lejos de alcanzar el nivel de dinamismo que exige el presente. El comercio sigue siendo modesto, la interconexión vial y fluvial es limitada, y los intercambios culturales y educativos apenas rascan la superficie de lo posible. La memoria del conflicto ya no divide; lo que falta es una estrategia ambiciosa que nos acerque más y mejor.

Una agenda renovada Bolivia–Paraguay debería partir de algunos ejes fundamentales. El primero: la infraestructura. La consolidación del corredor bioceánico, que conecta puertos del Atlántico y el Pacífico a través de Paraguay no entrará a Bolivia, pero sí a muy pocos kilómetros de la frontera tarijeña, por lo que poner todos los esfuerzos para que el país pueda articularse con ello beneficiando a ambos países es una de las claves en el corto plazo.

El segundo eje es el comercio complementario. Bolivia puede ser proveedor clave de energía, minerales e insumos industriales para Paraguay; a su vez, Paraguay ofrece experiencia agroexportadora y acceso privilegiado al sistema fluvial del Paraná–Paraguay. Promover acuerdos bilaterales específicos, crear zonas económicas especiales binacionales y facilitar el transporte de carga son pasos urgentes para dinamizar esta relación.

El tercer eje es el cultural y social. La paz no se construye solo con tratados, sino con vínculos reales entre pueblos, pero hace tiempo que vivimos de espaldas. Fomentar el intercambio estudiantil, los programas conjuntos de investigación sobre el Chaco, las rutas turísticas compartidas y las actividades deportivas y artísticas binacionales contribuiría a afianzar una identidad de cooperación en lugar de competencia.

El cuarto eje, pero no por ello el menos importante, es el de la historia común. Hay que tomar en cuenta que, durante el periodo virreinal, los territorios que hoy son Bolivia y Paraguay estaban unidos por una extendida y vasta red comercial que tendió la Compañía de Jesús en su afán de evangelizar a los naturales. Esta unía a Santa Cruz de la Sierra y Asunción por una ruta que se diversificaba hacia las ciudades más importantes de aquel periodo, como Potosí y La Plata, hoy Sucre. A este antecedente se debe sumar el del Virreinato del Río de la Plata y el de las Provincias Unidas que llevaron ese mismo nombre luego de la Revolución de Mayo. Esas unidades territoriales integraron a los que hoy son Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay.

Por esos y otros argumentos, el 14 de junio no debe ser solo un recuerdo solemne, sino que debe ser una ocasión para renovar nuestro compromiso con una paz activa, integradora y transformadora. Bolivia y Paraguay tienen hoy la oportunidad de pasar definitivamente de la memoria de la guerra al proyecto de una alianza profunda. El tiempo de los desencuentros quedó atrás, es el tiempo de la construcción compartida.

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