La entropía es un concepto que viene de la termodinámica, pero tranquilamente pudo haber sido descubierta en la Pérez Velasco un lunes a las ocho de la mañana. En ciencia, dicho sin guardapolvo ni ecuaciones intimidantes, describe la tendencia de los sistemas a dispersarse, mezclarse y perder orden útil. Es lo que pasa cuando el gas escapa de una gaseosa destapada, cuando el café entrega su calor a la habitación o cuando una calle recién limpiada amanece convertida en mercado, parqueo y ruta alterna de minibuses. La Paz no vive en la entropía; La Paz parece haberla fundado antes que la física, con ordenanza municipal y permiso del Illimani.
No podía ser de otra manera en una ciudad nacida con nombre de deseo y temperamento de incendio. Fundada un 20 de octubre de 1548 para perpetua memoria de una pacificación colonial, terminó siendo una de las ciudades menos pacíficas del continente, prueba de que la historia también se burla. Aquí el frío de Laja bajó a buscar abrigo en Chuquiago, y el valle aceptó el pacto como refugio y trampa. Se metió en una hoyada como quien se esconde del mundo, pero terminó siendo el lugar donde el país entero viene a gritar.
La topografía ya era una declaración de principios. Nada en esta ciudad queda simplemente “cerca”, sino “ahicitos”, que significa a veces tres cuadras, a veces dos infartos y a veces una penitencia con pendiente. Las laderas suben como deudas, las calles bajan como amenazas, los ríos enterrados recuerdan que debajo del asfalto también hay memoria húmeda y la montaña vigila como abuelo hermoso y autoritario. La Paz no se camina: se la negocia, se la jadea, se la sube y se la baja como si cada trámite exigiera ofrenda pulmonar.
También por eso su nombre resulta tan farsante y tan exacto al mismo tiempo. La Paz se llama paz como un calvo se llamaría Rizos: con descaro, esperanza y fe literaria en la ficción. Fue cuna de la tea libertaria de 1809, pero también escenario de golpes, cercos, marchas, balas, petardos, huelgas, cabildos y funerales. Febrero y octubre son meses que esta ciudad vomita y vuelve a tragarse: Febrero Negro en 2003, Octubre de la Guerra del Gas, octubre de 2019, octubre de fundación. Como si el calendario paceño tuviera una tecla secreta donde el caos se vuelve crisis y la crisis, tras sangre, cansancio y discurso, intenta parir orden.
En La Paz se deciden muchas veces los destinos del país, aunque el motor económico esté en otro lado y aunque algunos solo se acuerden de ella cuando necesitan tomarla, bloquearla o culparla. Aquí se pone el pecho a la bala, dicho en sentido metafórico, aunque la metáfora haya insistido en volverse literal. La ciudad recibe marchas que no organizó, bloqueos que no decidió y discursos que no pidió, y dirigentes que la usan como escenario para luego dormir lejos del gas lacrimógeno. Ser sede de gobierno en Bolivia es ser pararrayos con personería jurídica.
Pero tampoco conviene disfrazarnos de mártires municipales. Los paceños padecemos el caos, sí, pero también lo fabricamos con admirable disciplina. Botamos basura en las bocas de tormenta y luego nos indignamos cuando la lluvia convierte la avenida en río con sed de venganza. Cruzamos donde queremos, estacionamos “un ratito” donde destruimos media ciudad, compramos en la calzada, vendemos en la acera, ignoramos semáforos y después maldecimos el tráfico con pureza moral casi tierna. La ciudad no se desordena sola; nosotros la ayudamos y hasta le damos viático.
Ahí está la entropía paceña: en la pendiente, pero también en la costumbre. Cada minibús que se detiene en doble fila añade una molécula de caos al sistema, cada bolsa arrojada a la calle aumenta el desorden general y cada autoridad enamorada de su gigantografía empuja la ciudad hacia un equilibrio más precario. La Paz convierte energía social en congestión, protesta, comercio, rabia, picardía, sobrevivencia y, de vez en cuando, belleza. Porque belleza hay, y mucha: puede aplastarte con el tráfico a las ocho de la mañana y pedirte perdón al atardecer con el Illimani entero encendido en las ventanas.
Por eso, este 16 de julio, homenajear a La Paz no debería consistir en repetir discursos de tea encendida y orgullo municipal de programa oficial. Homenajearla también debería implicar decirle la verdad, porque el amor de postal sirve para calendarios, pero no para salvar ciudades. La Paz es heroica, mágica y entrañable, lo que no le quita que es sucia, indisciplinada, abusiva consigo misma y demasiado acostumbrada a confundir caos con carácter. Si queremos quererla de verdad, habrá que ordenar más que el discurso: recoger basura, respetar semáforos, liberar aceras, cuidar quebradas y dejar de romantizar nuestra flojera cívica.
La entropía enseña que ordenar exige energía, y quizá esa sea la lección menos solemne y urgente para esta ciudad bicentenaria de revoluciones. Nada vuelve al equilibrio por puro decreto, por ceremonia, por canción municipal ni por foto del Illimani con filtro patriótico. La Paz no necesita que la adoremos como estampita; necesita que la queramos con escoba, vergüenza, paciencia y algo de disciplina. Porque tal vez la paceñidad consista precisamente en eso: vivir dentro del desorden sin rendirse del todo a él, celebrar una ciudad imposible y aceptar que no hay homenaje más serio que dejar de maltratarla.