No te metas con mi esposa, Rodrigo Paz

MATASUEGRA Willy Camacho 24/07/2026
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Mi esposa fue al banco a retirar 200 dólares. Como no había dólares —porque en Bolivia ahora los dólares existen como los unicornios, el combustible sin fila y las promesas cumplidas— le dijeron que podían entregarle bolivianos. Hasta ahí, todo “normal”, paciencia. El país acaba de salir de bloqueos y nadie espera que una ventanilla bancaria haga milagros. El problema vino cuando le aplicaron un tipo de cambio 20 centavos por debajo del Tipo de Cambio Oficial. Ella reclamó y recibió una respuesta digna del abuso financiero: no hay reglamento, señora; más bien agradezca, porque podríamos darle menos.

Pues he aquí el nuevo régimen cambiario, explicado sin PowerPoint, del Banco Central. El Gobierno decidió flexibilizar el tipo de cambio para sincerar una ficción que ya no podía sostenerse: el viejo dólar barato era una estatua pesada sostenida con reservas cada vez más flacas. Técnicamente, el BCB calcula todos los días un Tipo de Cambio Oficial mediante el promedio ponderado de las compras de dólares que los bancos realizan con sus clientes; luego publica ese valor para que rija al día siguiente. Hasta ahí, suena moderno, si uno no mira demasiado la ventanilla.

La trampa está en el detalle. El reglamento establece que las entidades financieras no pueden vender dólares por encima del TCO más 10 centavos. Si el dólar oficial está en 11,13, el banco no debería venderlo a más de 11,23. Perfecto. El problema es que la norma no fija con la misma claridad un piso obligatorio para comprar dólares al ciudadano. En castellano callejero: el banco tiene techo cuando cobra, pero no tiene piso cuando paga. ¡Qué hermosa casualidad regulatoria! Qué admirable flexibilidad, sobre todo para quien está detrás de la ventanilla.

Esto genera un spread cambiario jugoso. El spread es la diferencia entre lo que el banco paga por comprar dólares y lo que cobra por venderlos. En un mercado normal cubre costos, riesgos y operación. En un mercado con escasez, miedo y ahorristas cautivos, puede convertirse en una fiesta privada con globos verdes. Si el banco compra a 20 centavos por debajo del TCO y vende hasta 10 centavos por encima, puede capturar 30 centavos por dólar. En montos grandes, eso ya no parece comisión: parece transferencia silenciosa hacia la banca. Es peor todavía, porque el piso no está definido, de modo que los bancos pueden comprar dólares 30, 50, 90 o más centavos por debajo del TCO.

El TCO se forma con las compras de dólares reportadas por los bancos. Es decir, los mismos actores que compran barato participan en la construcción del precio de referencia. El reglamento prevé controles del BCB y de ASFI, claro, porque en Bolivia siempre hay controles, sellos y funcionarios solemnísimos mirando papeles. Pero el diseño exige una supervisión feroz, no decorativa.

El gobierno de Rodrigo Paz Pereira no debe repetir viejos vicios. Durante años los gobiernos bolivianos han logrado que las crisis terminen socializando pérdidas y privatizando beneficios. Cuando hay ajustes, paga el ciudadano; cuando hay oportunidad, aparece la banca con servilleta al cuello. Y cuando alguien reclama, le explican que no entendió la normativa, que el mercado es flexible y que puede presentar su queja en una ventanilla o quejarse con Dios.

La depreciación del boliviano no es un misterio. El nuevo esquema comenzó con un tipo de cambio en torno a los 10,73 bolivianos por dólar y ya está por encima de 11. La moneda se deprecia porque siguen faltando dólares, porque la confianza está resentida y porque los agentes económicos corren a protegerse. El tipo de cambio flexible puede ser necesario, pero sin oferta suficiente de divisas se parece menos a un mercado y más a una subasta de ansiedad.

Ahí entra el anunciado acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Puede ayudar a reforzar reservas, calmar expectativas y darle oxígeno al Banco Central, pero no es varita mágica ni bautizo de honestidad macroeconómica. Si esos recursos se usan para ganar tiempo, ordenar el déficit, mejorar la confianza y reactivar la producción exportadora, pueden servir. Si se usan para sostener otra ficción cambiaria mientras los bancos hacen abdominales sobre la billetera del ahorrista, solo habremos cambiado de anestesia.

Por eso el Gobierno debe corregir rápido este agujero. Debe establecer un piso razonable para la compra de dólares o, al menos, un margen máximo claro entre compra y venta para bancos y casas de cambio. Debe obligar a publicar cotizaciones visibles, explicar cada operación y sancionar diferencias abusivas. La flexibilidad no puede significar libertad para que el sistema financiero compre barato lo que el ciudadano no puede retirar en efectivo. Porque una cosa es sincerar la economía y otra es sincerarle al ahorrista que su dinero vale menos cuando lo toca el banco.

Mi esposa volvió furiosa, y con razón. No perdió una fortuna, pero confirmó una sospecha: en Bolivia, hasta cuando el Estado intenta ordenar el mercado, alguien encuentra la forma de ordenar primero su ganancia. Ahora el asunto ya no es solo económico ni regulatorio, es doméstico, ya que por culpa de una norma mal cerrada, un banco hizo enojar a mi esposa. Esto implica que por culpa del Gobierno tengo una esposa de mal humor en casa. Y eso, presidente Paz, ya no es política cambiaria, eso es meterse con mi hogar. Y peor todavía: es meterse con mi esposa.

 

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