La Seguridad Nacional en los tiempos actuales demanda extremos niveles de transparencia, capacidad, formación profesional, ética y, sobre todo, confianza.
El crimen transnacional adquirió dimensiones gigantescas y despiadadas; los Estados están obligados a decidir si son cómplices o lo combaten. No hay punto intermedio.
Durante dos décadas —con el breve paréntesis de un gobierno transitorio—, Bolivia se convirtió en el refugio seguro para el crimen organizado.
Mientras la inversión extranjera se desplomaba y las empresas privadas eran ahuyentadas, los gobiernos del MAS, en las gestiones de Evo Morales y Luis Arce, le dieron la bienvenida al tráfico de drogas, armas, oro, trata de personas y los delitos digitales.
Los protegieron. Los encubrieron. Los alentaron. Les otorgaron seguridad jurídica. Les complacieron nombrando jueces, fiscales, jefes policiales y hasta militares dispuestos a enriquecerse con este dinero sucio.
Desmantelaron las instituciones, saquearon el país, nos robaron el futuro de las nuevas generaciones y entregaron la seguridad nacional a regímenes corruptos (Irán, Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros) y a poderosos carteles.
¿El resultado? Un país sumergido en el miedo, donde nadie se atreve aún a caminar con su familia a ciertas horas. Como señalaba un experto en seguridad: La seguridad ciudadana es tan simple como que las familias puedan sentirse seguras caminando por las calles de su ciudad.
¿Cuántos niños y jóvenes han desaparecido sin dejar rastro?
¿Cuántos bolivianos fueron asesinados o acribillados en estos años?
¿Cuántos fueron decapitados?
Como describió magistralmente Carlos Fuentes,“Una cabeza sin cuerpo es el trofeo preferido de la barbarie; ya no tiene brazos para defenderse ni piernas para huir, sólo una boca que no logra gritar”.
El asunto de la seguridad nacional es estratégico para el cambio del modelo económico, pero también para la revolución moral.
Un gran ejemplo de este cambio es la Argentina del presidente Javier Milei, quien convocó a los ciudadanos más capaces sin importar su previa inclinación política tras 20 años de kirchnerismo que destrozaron ese país.
Allí emergió con fuerza la Dra. Patricia Bullrich.
Desde el Ministerio de Seguridad, Bullrich estructuró una ofensiva de doble frente: recuperar las calles y desarticular al crimen transnacional.
Para neutralizar los bloqueos, activó el Protocolo de Mantenimiento del Orden Público, facultando la intervención inmediata de la Policía Federal, la Gendarmería, la Prefectura Naval y la Policía de Seguridad Aeroportuaria.
Además, facturó los gastos operativos policiales a los sindicatos organizadores, promovió la revocación de sus personerías jurídicas al bloquear empresas y eliminó la intermediación en los subsidios estatales, sancionando la corrupción, el desvío de esos subsidios y la extorsión a los beneficiarios.
En paralelo, a través del Plan Bandera, las Fuerzas Federales desembarcaron en Rosario, logrando una reducción superior al 50%–60% en la tasa de homicidios.
El refuerzo en los pasos limítrofes con Paraguay, Bolivia y Brasil derivó en históricos decomisos de droga, contrabando y trata.
Para blindar el sistema, impulsó la Ley Antimafia (bajo el modelo RICO estadounidense e italiano) y articuló inteligencia de alto nivel con la DEA y Ameripol contra el lavado de activos.
La gestión de Bullrich fue impecable y sin concesiones. Pude ser testigo directo del inicio de este plan y quedé asombrado por el equipo de altísimo nivel reunido por la ministra: una combinación de talento con mucha experiencia y tradición pero también consagrado con jóvenes innovadores, valientes y capaces.
Su gestión generó algo fundamental: confianza (Trust), traducida en una cooperación internacional ilimitada.
La confianza se construye en las decisiones cotidianas; es lo que genera tranquilidad e incentiva a las familias, a los inversionistas y a la comunidad internacional.
En nuestro país, en abril de 1993, un poderoso narcotraficante logró fugarse por segunda vez, huyendo de una clínica policial. Su libertad duró pocas horas: una unidad de élite de policías honestos lo recapturó en la madrugada. La noticia se informó a los medios recién cuando el sujeto ya estaba tras las rejas. El operativo se efectuó de forma tal que nadie podía filtrar la información.
El ministro del Interior de aquella época se enteró de la recaptura en el momento en que aún desayunaba en su casa mirando el noticiero matutino; la policía hizo todo lo posible para que algunos personajes, poco transparentes, no interfirieran en el operativo.
A eso me refiero con confianza, el factor esencial en esta compleja ecuación. Sin ella, sería difícil.