Identidad, Patrimonio y Orgullo configuran la receta de los países europeos para desarrollarse a través del turismo y lograr mejoras sustanciales en la calidad de vida de su población.
La experiencia europea es concluyente: España, Francia e Italia reciben 100 millones de turistas extranjeros por año; a mil dólares cada uno, ello representa ingresos de 100 mil millones de dólares al año, es decir, diez veces el total de las exportaciones anuales de Bolivia.
Este objetivo se ha logrado con una visión positiva y pacifista de la propia historia, que vino a superar las miradas oscuras y agresivas que predominaron hasta la II Guerra Mundial. Se trata de una mirada armónica, que tiende a fortalecer el orgullo de sus habitantes y los impulsa a cuidar, valorar y transmitir su patrimonio.
Los franceses han vivido etapas hermosas, juntamente con noches oscuras. Durante la Revolución Francesa, el “terror” fue un ciclo espantoso, de violencia, abuso de poder y muerte. Luis XIV fue un déspota ilustrado. Napoleón reimplantó la esclavitud y mandó a millones de franceses a la muerte por su ambición desaforada. Aceptando esas verdades, los franceses ponderan lo positivo de cada uno: Luis XIV dejó un valioso patrimonio arquitectónico, artístico y cultural, que hoy se exhibe a los millones de turistas que visitan Versalles. Napoleón tiene una tumba monumental y emocionante en Los Inválidos, y la Revolución Francesas se celebra con la fiesta nacional (14 de julio) y el himno nacional (la Marsellesa). Los franceses han aceptado los claroscuros de su historia, han superado el dolor de los momentos malos, y se presentan al mundo orgullosos por los aportes que el país ha generado a la cultura universal.
El patrimonio francés tiene la ventaja de contar con estrategias de visibilización y puesta en valor con más de 600 años de trayectoria. En el siglo XIV los duques de Borgoña comenzaron la patrimonialización de sus productos típicos como la mostaza de Dijon y los vinos de Borgoña. A través de sus actos administrativos y ceremonias oficiales, situaron estos productos en el máximo nivel de reconocimiento y prestigio. Dos siglos más tarde, Luis XIV profundizó esta estrategia desde el palacio de Versalles, tarea perfeccionada en el siglo XIX por Alejandro Dumas, quien elevó la historia de Francia a la altura del mito universal.
Para cerrar esta brecha, hay que visibilizar y poner en valor el patrimonio de Bolivia, juntamente con el fortalecimiento de su orgullo nacional, objetivo de la serie que comienza con esta nota. Se trata de una nueva mirada, centrada en lo positivo, la innovación y las obras de creación, sin eludir preguntas críticas: ¿Quién escribió el primer ensayo de cultura del vino en América? ¿Por qué ese documento, inspirado en Cinti y fechado en 1634, salvó a la industria vitivinícola de América del Sur de la destrucción? ¿Quién fue la mujer de Cinti que introdujo la variedad moscatel de Alejandría, y permitió el origen del singani? ¿Cuándo se constituyó el paisaje cultural del viñedo de Cinti con sistema de conducción sobre árbol vivo, tal como era en el Imperio Romano y que hoy asombra a los expertos del mundo? ¿Qué ocurrió realmente en Potosí? ¿Qué le quedó al país de aquella riqueza? ¿Qué legado valioso ha recibido el país de la herencia cultural de Borgoña y Flandes, además de la salteña? Desde el punto de vista de los valores humanistas y las enseñanzas pacifistas de Erasmo, el maestro del emperador Carlos V, ¿en qué medida el pueblo boliviano se apropió de esos valores y los aplicó en su historia? Para responder estas preguntas se ha realizado trabajo de investigación empírica en el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia, situado justamente en Sucre, así como una amplia revisión bibliográfica de alcance internacional. Se ha realizado descubrimientos originales que esperamos puedan resultar de interés.