Este incidente tuvo lugar el 86 de febrero de 1997, en el Curichi Piraí, con la danza El Lago de Los Patos. La bailarina principal se quebró una pata, porque tuvo los ojos concentrados en la Vía Láctea, mientras se dejaba llevar por la música del célebre compositor Carlos IX, quien además compuso la opereta japonesa “Los pollitos dicen mío, mío, mío”, en el país del Abisurdo.
Cuento absurdo, ¿verdad?
Es que eso sucede en Abisurdo. Deja que te cuente. Es un país de fantasía donde se acaba de dar permiso a cooperativistas mineros para que procedan a devastar áreas naturales protegidas, para que exploten minerales, fauna y flora silvestre, además de envenenarlas con mercurio.
Pero los abisurdenses no miran lo evidente, prefieren aplaudir a una exconvicta, coronarla como reina de una comparsa y acudir a la peluquería, donde se hizo unos retoques para aparecer con carita angelical luego de meses de permanencia en la cárcel.
Abisurdo es el NoPaís, donde la avenida Ecológica no es ecológica, la Arboleda no tiene árboles, la capital de las flores tiene motosierras, la ciudad jardín tiene cemento y permisos de construcción. Tan absurdo como dar beneficios tributarios a los vecinos que cuidan los árboles de sus aceras.
Abisurdo es un NoPaís que ama la locomotora del progreso, pero se olvida que la misma humea y contamina por donde pasa. En Abisurdo cuesta más indignarse por un libro que por diez millones de hectáreas incendiadas. ¿Sabrán que en la Ciudad de los Anillos se han registrado al menos 16 ataques armados y balaceras vinculados directamente al crimen organizado entre enero y agosto de 2026? No lo creo, seguro es la ley de la hospitalidad.
Abisurdo es un NoPaís gobernado por un presidente que iba quinto en las encuestas y que el “milagro” de su elección se lo debe a un asesor, tan entusiasta del “posho” que dejó a su mujer para involucrarse con una nativa de Abisurdo. Tres balazos después, está alojado en el Hotel Palmasola.
Abisurdo ama el morbo y el chisme. Nadie quiere leer noticias, solo tener la razón. De hecho, ¿hay noticias o selfies con presidiarias? En Abisurdo, las hay. Aquí no hay diésel, menos gasolina, y en la capitalina Hoyada tampoco hay recojo de basura. La ciudad huele a Channel N° 5, edición súper especial: concentrado paceño de cáscaras, verduras podridas, heces de perritos, papel higiénico usado y pañales desechados.
Tampoco les importa tener una economía en el fondo del precipicio, porque para este año las estimaciones sitúan la caída del PIB entre -3,3% y -3,6% y la inflación entre el 9% hasta más de 20%, según a quién le preguntes.
Mucho menos parece importar el desacertado gobierno central y sus medidas inconexas.
Porque para muchos habitantes de Abisurdo, la cosa es jugarse el día a día, sobreviviendo como se pueda y donde se pueda. Quedan pocos empleos formales y las soluciones creativas para llevar el pan de cada día a la mesa pasan por ser delivery, fabricante de velitas y jabones artesanales, cocinar sopita, venderla bajo el sistema de los Agachaditos, o conducir un taxi desde las seis de la mañana hasta la media noche, para generar dinero que pague alquileres, escuelas, cuentas médicas y un sinfín de gastos diarios.
¿Quedan soluciones? Sí, quedan, pero no son de impacto, como la de maquillar una ciudad asfaltando sus avenidas o poniendo semáforos inteligentes. Ahí está la agroforestería, sistema productivo sostenible que integra de forma intencional árboles o arbustos con cultivos agrícolas y/o ganado en una misma unidad de tierra. O el turismo en áreas verdaderamente protegidas de la angurria minera.
Pero Abisurdo nunca cambiará: seguirá destruyendo bosques para sacar minerales, asfaltando para parecer moderno, maquillando problemas y sobreviviendo a punta de ingenio. Por suerte, este es solo un cuento absurdo que imagino cuando cierro los ojos y me pongo a escribir.
* Es periodista.