En la minería de Potosí convivían dos modalidades de trabajadores: mitayos y libres. Los mitayos llegaban a la Villa Imperial sin experiencia en minería, al menos en esa escala. Por lo tanto, comenzaban como mano de obra no calificada. Además, su trabajo era compulsivo: estaban allí por orden del Virrey, y debían prestar servicio durante un año, con pauta de trabajo de seis días en la mina por 16 de descanso. El trabajo era pesado porque su tarea consistía en trasladar cargas de piedras dentro de los estrechos túneles mineros. Además, tal como ocurría en las precarias condiciones de la minería mundial de la época, varios murieron por silicosis, derrumbes y accidentes.
Los mitayos representaban la mitad del trabajo formal de las minas. La otra parte la formaban trabajadores calificados como barreteros, clasificadores de mineral (brosiris y palliris), operadores de ingenios (mortiris) y repasadores de amalgamas (repasiris). Estos trabajadores eran libres y voluntarios; recibían mejor trato y su jornal triplicaba el de los mitayos: tenían prácticamente los salarios más altos de América en el siglo XVII.
Más interesante –y menos conocido por el público actual- era el mundo de las empresas libres, liderado por los kajchas. Ellos tenían derecho a ingresar en los túneles mineros fuera del horario laboral (por la noche o el día domingo) para extraer piedras con metal. Luego las llevaban a los trapiches (molinos artesanales) y finalmente las trataban con azogue para obtener plata de mayor pureza. Surgieron así pequeñas, medianas y microempresas que invertían en instalaciones y equipamiento, incluyendo velas de sebo, herramientas, capachos, azogue y demás elementos. Estas empresas libres crecieron hasta representar el 38% de la producción de plata de Potosí, y se destacaron por alcanzar más alta productividad que las empresas mayores.
La existencia de este amplio sector demuestra que la economía potosina no dependía únicamente de las grandes explotaciones mineras, sino también de una intensa actividad impulsada por pequeños productores y emprendedores. Esta fue una de las principales herencias socioculturales de Potosí, porque forjó el espíritu emprendedor de la cultura boliviana hasta hoy.
Al terminar el año de servicio, el mitayo tenía derecho a regresar a su lugar de origen. Pero muchos elegían quedarse en Potosí para aprovechar las oportunidades que se le ofrecían: a) trabajador libre en las empresas formales, en puestos más avanzados con mejor salario; b) integrarse a la economía popular formando empresas con los kajchas; c) dedicarse a otros oficios o comercios dentro de la compleja y diversificada economía potosina. Como resultado, la población de Potosí creció hasta superar los 160.000 habitantes en el siglo XVII, la mayor de América y el Imperio español.
La compleja y diversificada economía de Potosí dejó lugar para el cultivo de diversas actividades: había decenas de pulperías, tiendas, confiterías y casas de comercio para ofrecer bienes y servicios de alimentación, vestuario y utensilios para el hogar. Se multiplicaron los talleres de carpintería, herrería, albañilería, cantería, zapatería, sastrería y platería. Florecieron las ferias y las pequeñas y medianas empresas de transporte y servicios. También hubo espacio para las artes: se abrieron 14 academias de danza, lo cual sentó las bases para el desarrollo futuro de estas disciplinas. Famosas fueron las celebraciones con música, danza y coloridos vestuarios, que luego modelaron la identidad festiva de Bolivia hasta hoy.
¿Qué ocurrió realmente en Potosí? Fue un periodo complejo, con claroscuros de dolor, aprendizaje y resiliencia. Se forjó la cultura del emprendedor que todavía se mantiene presente en el país. Además, se construyeron vínculos y sinergias que hasta entonces no existían. Allí se conocieron y reunieron por primera vez, personas que hasta entonces estaban dispersas por un inmenso territorio, casi sin conocerse. Allí se conectaron, construyeron vínculos de confianza y cercanía. Durante cerca de tres siglos, los trabajadores formales e informales de Potosí, crearon sus fiestas y celebraciones, sus danzas y música; sus alimentos y bebidas; formaron un patrimonio cultural único, que muy pocos conocen.