¡Adiós, Ricardo!

LA AVENTURA DE CRECER CONTIGO Pedro Rentería Guardo 02/10/2026
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Hoy no dirijo esta columna a los jovencitos, conocidos o no, a quienes algo intento aportar para su vida. Algo de ánimo, de empuje, de ilusión en momentos bajos. O a educadores que aun puedan leer estas líneas, si es que no se han aburrido de mi insistencia en querer y cuidar a nuestras gentes menudas. Y de creer siempre en ellas.

Hoy me dirijo a ti, Ricardo. Disculpa que no escriba “monseñor”. Sé que no te importa. La cercanía que siempre tuviste con tus sacerdotes y con tantos hermanos en la fe que encontraste en tu camino, hacía innecesario tan formal tratamiento.

Estos días han sido muchos los comentarios, las semblanzas, los recuerdos cariñosos que han ilustrado la difícil despedida vivida. No fue fácil entender y encajar lo que ha pasado… Asumir que la muerte, sin avisar, te llamó a su orilla, como dijo el poeta. Pero la oración, la confianza puesta en nuestro Dios nos ayudó a creer que sus manos bondadosas de Padre te recogerían. Es nuestro consuelo ahora.

Porque la gente, Ricardo, tu gente, ha demostrado sobradamente su admiración y profundo afecto hacia tu persona. Abundaron imágenes de amigos con quienes compartiste vivencias fecundas, diálogos hondos, consejos serenos y, seguro, abrazos de esos que calman situaciones difíciles que nos colocan en la bronca, en la ansiedad o en la inútil depresión.

Lo tuyo, Ricardo, era compartir. Sin prisas, en la mesa del almuerzo con tus amigos sacerdotes. O departiendo con jóvenes después de administrarles el sacramento de la confirmación. O con hermanas religiosas en momentos de formación. O con jóvenes seminaristas en visitas fraternas para animar incipientes vocaciones. 

Mi experiencia sacerdotal a tu lado ha sido corta. Te conocí en 2004 siendo vicario general de la arquidiócesis de Sucre. Fue el año de mis comienzos misioneros a la sombra del Instituto Secular Cruzada Evangélica Católica. Junto a una hermana religiosa de la Cruzada que me acompañaba te presenté la documentación correspondiente firmada por el entonces obispo de mi diócesis de origen, Santander en España. Y recuerdo aquel 15 de septiembre de 2005 en que pude asistir a tu ordenación episcopal en Potosí.  

l calendario dio un salto a 2020. En ese año fuiste nombrado arzobispo de Sucre, bajo la pandemia de covid-19. Nunca dejaste de ser el obispo amigo cercano, convencido de la necesidad de fraternidad que tiene nuestra cultura. Fraternidad indispensable que siempre nos urgías a los sacerdotes para que nuestro ejemplo de vida fuese convincente. 

Conservo en mi celular tu mensaje-felicitación que me enviaste el primer día de este 2026: “Igualmente te deseo un año lleno de motivaciones para seguir sembrando las semillas del Reino en los más desprotegidos. Un abrazo fraternal”. Es que siempre me animabas en la labor pastoral que realizo con las niñas, niños y adolescentes de los Hogares de Acogida de la gobernación y sus Centros de Reintegración Social de menores con causas penales. También con el Comedor Solidario San Cristóbal que cada sábado atiende a un buen número de niños y adolescentes trabajadores en situación de calle, junto a mamás y adultos mayores en contextos de mendicidad. 

En ocasiones preguntabas sobre mis “chavales”, con ese término tan español, cariñoso, que designa a los adolescentes revoltosos, espontáneos, algo pícaros, pero siempre de buena voluntad y con ganas de crecer. La palabra te gustaba y en estos últimos tiempos yo era, entre tus sacerdotes, el chaval del grupo. Tiempos en que, como nunca antes, que yo recuerde, tu expresión, tu sonrisa ante una broma o comentario gracioso surgido entre nosotros, padrecitos, se tornaba también espontánea, franca, algo pícara, como infantil. 

Voy terminando con una anécdota. Los sábados, al atardecer, me acerco al Hogar Sucre, más conocido en la capital como Granja Sucre. Allí conviven un grupo de adolescentes con quienes comparto catequesis, Eucaristía, cena y película formativa. Camino de mi destino paso por la puerta del garaje de tu casa en calle Dalence. Algunas tardes hemos coincidido cuando salías a algún compromiso de tu rutina episcopal. Te saludaba con un educado: “Adiós monseñor”, a lo que respondías alegre: “Adiós chaval… ¿No tienes frío?... Saluda a tus chavales”.

Ahora, hoy, el adiós es definitivo, querido Ricardo. Te nos fuiste sin despedida, en silencio, seguro que con una oración en ese corazón que te falló. En ese corazón grande que nos acogía a todos. Que compartía con todos. 

¡Adiós, Ricardo!

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