El impacto de las redes sociales y la cobertura mediática sobre la percepción de la realidad en todas las dimensiones de la sociedad es un tema de continuo debate, con diversas perspectivas sobre cómo influyen en la opinión pública en general. En Bolivia, se ha vuelto parte de la cotidianidad que las redes sociales y el aluvión de noticias de escándalos de corrupción distraigan a la gente de la situación de crisis y pobreza en la que está sumida. Es un fenómeno normalizado que pareciera intrascendente, no obstante toca una problemática central inmersa en la dinámica social, política y económica del país.
Dependiendo del nivel de acceso a la educación y a la tecnología, toma diversos matices que terminan enmarañados para la percepción del ciudadano común y corriente, que día a día vive la erosión del poder adquisitivo con un bolsillo constreñido. La percepción rápida y sin análisis es la que pega en el imaginario colectivo más rápidamente que el análisis cualitativo, quizás difundido tardíamente. Surge entonces el debate sobre si los escándalos de corrupción actúan como una “cortina de humo” o si reflejan una crisis estructural e institucional profunda.
Por un lado, existen perspectivas alineadas que sostienen la postura de que la saturación informativa con la atención mediática concentrada en pugnas políticas, escándalos en la esfera de la justicia y casos de corrupción pueden actuar como una pantalla distractiva, desviando la atención pública de problemas diarios urgentes. Existe amplia opinión argumentando que el sensacionalismo de estos eventos satura la agenda pública, lo que reduce el espacio y el tiempo dedicados a debatir problemas estructurales de fondo, como la crisis económica, la escasez de dólares, el desempleo y el aumento de la pobreza. Entre estas realidades críticas se encuentra el incremento desmedido de precios de la canasta básica, el desabastecimiento de combustibles que genera largas filas y el impacto directo en los sectores más vulnerables de la sociedad, provocando malestar general ante un estado de inseguridad constante.
Por otro lado, hay enfoques que consideran que las redes sociales y el flujo constante de noticias cumplen una función distinta. Quienes defienden esa postura señalan que estas plataformas permiten visibilizar y denunciar irregularidades que, de otro modo, quedarían ocultas. Desde ese punto de vista, la fiscalización de la corrupción por estas vías no sería una distracción, sino un elemento necesario para entender la administración de los recursos públicos, lo cual impacta directamente en la economía del país. Además, se argumenta que los ciudadanos utilizan las redes precisamente para compartir y documentar los efectos de la crisis, como el incremento de precios o las filas por combustible, convirtiendo el espacio digital en un reflejo de sus preocupaciones económicas cotidianas.
Varios sectores de la ciudadanía y analistas de diferentes especialidades coinciden en que la corrupción y la crisis económica no son elementos separados, sino las dos caras de la misma moneda. Según esta postura, el “aluvión” de escándalos –como las recientes investigaciones y pugnas institucionales en el Órgano Judicial y el Ministerio Público– es en realidad un síntoma directo de la degradación estatal. Se argumenta que la falta de transparencia, el desvío de recursos y la debilidad institucional restan al Estado la capacidad de maniobra y los fondos necesarios para aplicar políticas públicas efectivas contra la pobreza, lo que agrava la situación social.
Aunque es innegable para todos que el ecosistema digital de las redes sociales introduce el factor de la desinformación. La proliferación de noticias falsas, rumores y contenido manipulado durante periodos de alta tensión social –como conflictos, bloqueos y protestas– genera un "ruido" informativo que dificulta el acceso a datos reales. Esto no solo causa confusión en la población, sino que a menudo fragmenta la indignación colectiva, haciendo que el foco pase rápidamente de la preocupación por las condiciones materiales de vida a la confrontación digital o política maniobrada. Es así, que la dinámica de las redes sociales, premian el contenido inmediato altamente emocional, amplifican los conflictos políticos y relegan a un segundo plano el análisis profundo de la situación económica que viven las familias bolivianas.
Desde todas las perspectivas hay dos puntos conclusivos diferentes, pero coincidentes. Son dos temas que parecieran no tener relación, pero convergen en el mismo plano. El primero muestra que los ámbitos estatal y privado, han sido infiltrados por el narcotráfico y el segundo, muestra que la desinformación –entendida como ausencia de información e información falsa– es el instrumento que invisibiliza acciones, confunde y ahonda la polarización social. No obstante, la desinformación no logra encubrir aquello que ya es vox populi.
* Es economista y socióloga.