Nepal: Poca ayuda y ningún consuelo

La mayor crisis humanitaria se vive en las zonas más remotas del país asiático

TERREMOTO. Mientras las cifras de muertos y heridos continuaban multiplicándose estos días TERREMOTO. Mientras las cifras de muertos y heridos continuaban multiplicándose estos días

José Luis Paniagua/EFE
Panorama / 02/05/2015 22:59

Mientras el mundo se enteraba del horror del terremoto en Nepal por los ojos de Katmandú, en las faldas del Himalaya el dolor se extendía como una epidemia bajo toneladas de barro y piedra desmoronadas que acabaron con la tercera parte de los vidas que ahora se cuentan como muertos en el país.

El terremoto que hace una semana llevó la tragedia a Nepal se ensañó con el distrito de Shindupalchok, un pequeño valle en las faldas del Himalaya al que empezaba estos días a llegar la ayuda en forma de sacos de arroz, un alimento que a algunos les ha saciado el desconsuelo y la sensación de abandono.

Lejos de la carretera principal de la comarca, a su paso por lo que queda de la localidad de Harre y bajando por una colina abrupta y dentada, está la casa de Kumar Tamang, un albañil de 26 años que el sábado se encontraba en Katmandú cuando ocurrió el terremoto.

Su padre le llamó el domingo para que volviera porque su hija de nueve años y su hijo de cinco habían quedado sepultados bajo la casa. Logró regresar dos días después, a tiempo para ver cómo el abuelo era capaz de recuperar los cuerpos de los pequeños y despedirse de ellos cumpliendo el rito hindú con una pira funeraria que apagó ayer.

"Su madre está en Kuwait, no lo sabe. Se lo diré pronto", dijo Kumar.
Como él, cientos de nepalíes han ido recuperando los cuerpos de sus seres queridos arrancándoselos a los escombros, a veces con ayuda de algún equipo de rescate chino o alemán; en la mayor parte de los casos solos.

El valle de Shindupalchok es un rico microclima agrícola donde brotaban radiantes los campos de trigo frente a casas hoy molidas como galletas pisoteadas o convertidas en casas de muñecas a escala natural que muestran el dormitorio, la cocina y la salita al mirar a una fachada que ya no existe.

En Chautara, la capital del distrito, el vuelo de los helicópteros zumba en el campo abierto frente al hospital general, que contempla un precario campo de refugiados donde empezó a llegar la cooperación internacional.

"Somos 26 médicos y técnicos y vamos a abrir un hospital con servicio completo de cirugía", indicó Olaf Rosset, coordinador de un equipo de la Cruz Roja noruega mirando a las montañas circundantes, donde nadie duda de que solo esperan cientos de muertos y heridos.

El mayor Deepak del Ejército de Nepal, encargado del distrito, indicó que allí han muerto 2.194 personas y tienen registro de 700 heridos de gravedad.
Al preguntarle qué estima el Ejército que puedan encontrar en las casas dispersas y minúsculos poblados a los que no llegan las carreteras y solo se puede arribar tras horas de caminata a pie, en caballo o en yak, responde: "puede haber más de 2.000 muertos".

A pocos metros de allí, Madhav Karki, de 24 años, observa los pisos convertidos en acordeón de la casa de un amigo al que vino a ayudar desde Katmandú.
"Yo he tardado dos horas en llegar en moto, ¿por qué esta gente ha tardado una semana?", dijo.

La vivienda de su amigo es una más de las imposibles estampas arquitectónicas de destrucción de Chautara.
Baños en un tercer piso convertidos en atalaya y almena, viviendas de madera inclinadas como en Pisa y sandwiches de placas de hormigón apiladas después de que los tabiques de varias plantas cedieran al peso del cemento complementan el macabro catálogo.

En la ladera de una montaña de escombros junto a los hierros de una silla tragada por el adobe se sienta Bhakta Bahadur Sapkata, un granjero de 48 años ha decidido quedarse en el lugar.
Dice que pasó por allí y sintió el olor fétido de un cuerpo en descomposición por lo que cree que alguien quedó atrapado debajo, y espera a que llegue la ayuda.

ANGUSTIA Y TEMOR
Mientras, los aviones que salen de Nepal llevan consigo horas de drama, cansancio y trauma; los que entran angustia y el temor al dolor que cientos de nepalíes saben que les espera en sus casas, las de sus padres y hermanos por culpa de un terremoto que les ha cambiado la vida sin tan siquiera haberlo sentido.
"Mi hija se ha ido, desde el sábado. Fue a la iglesia y sólo sé que se ha ido, no sé adonde, eso es lo que voy a ver, pero se ha ido", dijo Ranjiv, un chófer de 35 años que trabaja en una embajada en Nueva Delhi y ha vuelto a Nepal.

Es de Sindhupalchowk, lejos de Katmandú, y llevaba cuatro días sin lograr hablar con su madre, que vive allí con la hija por la que tanto él como su esposa trabajaban en la India.

Lo que sabe lo escuchó de alguien que le dijo que su pueblo fue devastado por el terremoto, pero él quiere verlo con sus ojos.
"Vengo yo porque sé que podré soportarlo, ella no sé", relató hablando de su mujer, al explicar cómo desde el aeropuerto de Katmandú le queda un día y medio de caminata a su casa porque la carretera aún está bloqueada.

"¿Qué más puedo hacer? Si tengo que caminar un día, dos días o tres lo haré", afirmó con un gesto insensible a sus palabras.
Viaja con medicinas porque dice que no sabe si alguien las necesitará cuando llegue, subrayando que no espera que nadie del Gobierno de su país "mueva un dedo" por ayudarles.

Como Ranjiv, Tej Thapa, otro nepalí de 30 años emigrante en la India, se queja de que todo el mundo habla de Katmandú tras el terremoto que el pasado sábado dejó más de 5.000 muertos y miles de heridos, pero nadie dice nada de los pueblos lejanos, de las villas en las que nadie ha podido recibir ayuda aún.

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