La remembranza del popular Carnaval de la Capital

Los cascarones, comparsas, armonios y dulces confites marcaban la celebración de la fiesta en Sucre.

ALEGRÍA. El baile y el canto eran propios de los festejos por Carnaval en Sucre, las estudiantinas locales son parte...

ALEGRÍA. El baile y el canto eran propios de los festejos por Carnaval en Sucre, las estudiantinas locales son parte...

RECUERDO. Las chofas eran una especie de antifaces que cubrían los ojos de las mujeres que salían a bailar en el...

RECUERDO. Las chofas eran una especie de antifaces que cubrían los ojos de las mujeres que salían a bailar en el...

PRESERVACIÓN. El armonio es uno de los intrumentos característicos del Carnaval de antaño de Sucre.

PRESERVACIÓN. El armonio es uno de los intrumentos característicos del Carnaval de antaño de Sucre.


    Dayana Martínez Carrasco
    Panorama / 19/02/2017 00:33

    Comenzaba el Jueves de Compadres, con una misa y altares –cual día de santos carnavalescos– continuaba con homenajes a las comadres y luego, los cascarones y confites compartidos entre cordialidad y galanteo daban el pie al cierre musical con las comparsas reunidas en la plaza central. Así era el Carnaval de Sucre, único, armonioso y atractivo, que hoy, vive sólo entre el recuerdo y la añoranza de aquellos que fueron parte del siglo XX.

    ¿Cuánto queda de ese Carnaval que hacía única a la Capital? Para el tradicionista Luis Ríos Quiroga, muy poco, situación que no afecta únicamente en la nostalgia de aquellos que disfrutaron de ese estilo de Carnaval, sino, principalmente a la oferta turística de la ciudad y a la difusión cultural en las distintas generaciones.

    Pero para saber cuán diferente es lo que se vive ahora de lo que se vivió en el siglo pasado, es necesario recordar cómo fue el Carnaval tradicional de Sucre.

    Todo comenzaba el Jueves de Compadres, una jornada dedicada a agasajar a los hombres. La fiesta también estaba marcada por la tradicional misa y procesión del llamado “Tata Compadre”, que es un Cristo crucificado que se venera hasta la actualidad, en la capilla de Santa Rita, ubicada en la calle Ravelo.

    Concluida la misa, varios altares se erigían en las calles adyacentes del mencionado templo, para recibir la procesión del Cristo en la cruz. Bastaban sólo unas horas para que la multitud pasara de ser una caravana de devotos a un conglomerado de farra que daba el preaviso de que en dos semanas más, llegaría el Carnaval Grande de Sucre.

    El siguiente jueves, era el turno de las comadres, en una fecha que si bien siempre tuvo más fuerza en Tarija. Era el turno de que las mujeres fueran homenajeadas por los hombres, en una especie de compensación a las atenciones recibidas de las comadres una semana antes.

    En general, recuerda Ríos Quiroga, esta fiesta se centró en el Mercado Central, donde las comerciantes “t'ickachaban” (término quechua que se usa para describir que se adornaba con flores, serpentinas y globos) sus puestos y arrinconaban sus cosas para bailar al ritmo de la música popular sucrense, interpretada generalmente por un conjunto de cuerdas y el emblemático armonio que pasó de los templos a las chicherías de la ciudad, como apunta Eduardo Loredo, intérprete de ese instrumento que este año reclamó que la Alcaldía no haya incluido entre las actividades oficiales del Carnaval de Antaño, al armonio chuquisaqueño.

    Luego del Jueves de Comadres, llegaba el esperado Domingo de Carnaval, el día de la serpentina y la mixtura en el que el Carnaval Grande de Sucre se exponía en su máximo esplendor.

    Primero los niños, así comenzaba el día D, con el corso infantil, en el que los disfraces, las caretas y la inocente creatividad llenaba de color la ciudad que en la tarde aguardaba expectante el paso de las comparsas.

    Disfrazadas con algún motivo que representara el nombre con el que habían sido bautizadas con agua perfumada de cascarón.

    “Así los sonámbulos salían en pijamas, en la comparsa Mau Mau que tenía el nombre de una tribu africana que luchaba por su libertad, los jóvenes de izquierda salían semidesnudos y embadurnados de una pintura negra. Los pamperos lucían el traje de los gauchos argentinos y así sucesivamente”, recuerda el tradicionista.

    Cascarones y despedida del Carnaval

    Tras la jornada de disfraces, baile y serpentinas, era el turno del cascarón, propio del lunes de Carnaval.

    Rellenados con agua perfumada con cedrón o alguna otra planta aromática y cubiertos con una tela sumergida en cebo, los cascarones de los huevos de gallina volaban entre los balcones y las calles.

    La tradición llamaba a que las comparsas salieran a las calles arrojando cascarones hacia los balcones saledizos de las casas de la ciudad, donde las mujeres se ubicaban para mirar bailar a los jóvenes y para recibir en sus manos los cascarones que ellos les arrojaban con cuidado para jugar.

    El juego consistía en que el cascarón no se rompiera mientras subía y bajaba lanzado por las manos de los comparseros a las de las mujeres y viceversa, hasta que llegaba el turno de que pasara otra comparsa, momento en el que las damas lanzaban con fuerza los cascarones para que se estrellaran en los cuerpos de los bailarines y así éstos dieran paso a los siguientes.

    El martes de ch’alla, dedicado al intenso juego con globo y agua, era el día de la despedida y quizás por ello también del derroche de baile y del líquido elemento. Pero más que las k’oas entregadas a la Pachamama, con “mesas” armadas de figuras en yeso e inciensos; en el siglo XX, las comparsas de Sucre hacían un día de campo para despedir el Carnaval con un paseo por El Tejar.

    Una pequeña población ferroviaria, donde aparecían las comparsas y las pandillas con cholitas ataviadas para la jornada al lado de sus nuevas parejas.

    Al final del día, las comparsas se dirigían hasta la plaza 25 de Mayo.

    Los conjuntos musicales eran parte de la fiesta, tocando y bailando a ritmo de cuerdas por las calles donde no faltaban los confites de color blanco y rosa, para endulzar el coqueteo de las nuevas parejas formadas en medio de las esperadas carnestolendas.

    Como parte de su vestimenta, las mujeres que salían a bailar se solían cubrir los ojos con las llamadas chofas, que eran una suerte de antifaz de metal para evitar que el agua o la fuerza de algún globo amenacen su visión.

    Subían de El Tejar hacia Surapata, la “pata” más conocida de Sucre, seguramente por su rol en estas fiestas.

    Allí, en chicherías donde el cóctel de tumbo no faltaba en la oferta, la fiesta se acompañaba de conjuntos de cuerdas y el infaltable armonio, con conjuntos de sicuris que llegaban del área rural y las bandas que ayudaban a la mezcla de intensas melodías que hoy se han perdido, lamenta Ríos Quiroga.

    El tradicionista recuerda que entre los músicos de la época destacaban el artista del piano Fidel Torricos, y el del armonio, Román Romero, ambos sucrenses que se encargaron de poner en alto el nombre de la Capital con música propia e inconfundibles interpretaciones de cuecas, bailecitos y lo que las teclas y pedales aguantaran.

    “En mi opinión, el Carnaval tradicional de Sucre ha desaparecido con sus características del siglo XX; hoy, no sé si por negligencia, las bandas interpretan melodías del Carnaval de Oruro porque arriban bandas de Oruro, de Challapata y Potosí, y se descuidó el enviarles las partituras a esas bandas porque saben leer música y podrían cortar el cordón umbilical que nos une a la música altiplánica, que es lo que usualmente se toca ahora en el Carnaval sucrense”, comenta.

    En estos tiempos, de no ser por el Carnaval de Antaño que refleja algunas de las actividades que se realizaban en Sucre para esa fiesta, muy poco se ha resguardado de la esencia del Carnaval de Sucre, afirma Ríos Quiroga, quien recuerda que la festividad era cordial, de coquetería y alegría pícara, como la actitud del sucrense.

    “La cultura tiene también un lado pedagógico”, afirma al cuestionar ¿qué le deja la actual bulliciosa y desordenada forma de vivir el Carnaval a la juventud y qué le ofrece al turista?

    De los templos a las chicherías

    El intérprete del armonio chuquisaqueño Eduardo Loredo, conocido como el “k’arapanza y su armonio”, recuerda que la historia de este instrumento tiene origen en los templos de la región, en los que se solía contar con un armonio para acompañar los cánticos de las celebraciones eucarísticas.

    Pero su popular aceptación provocó que este instrumento pasara de animar misas a alegrar chicherías, donde los músicos encontraron un espacio ideal para tocar música tradicional. Su rol y presencia no puede estar por ello alejada de los festejos del Carnaval tradicional, afirma Loredo.

    Y es que el instrumento aerófono, parecido al acordeón en su funcionamiento, tuvo una especial aceptación en Sucre, que escuchó a sus cuecas y bailecitos con una particular melodía que hoy más parece traer nostalgia que alegría misma, dice Loredo.

    El intérprete protesta porque las actuales autoridades no hayan contemplado la presencia del armonio en la representación de las chicherías de antaño y solicitó que se apoye ese tipo de arte, para que no termine olvidada en el rincón de una casa en la que sus habitantes no sepan cómo sonaba ni qué es, ya que además es cada vez más difícil preservar su instrumento.


     

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