“Ahora se reconoce un teatro boliviano”
David Mondacca cumple 45 años haciendo teatro. Hay mucho por celebrar, pero problemas que no han cambiado: “la falta de espacio, las alcaldías metidas en el rollo político y descuidando la cultura”
David Mondacca lleva ganando una apuesta por 45 años. Muchas cosas han cambiado desde sus inicios en el teatro clásico, como la estética propia que dice advertir en el teatro nacional; otras no, como el descuido de los escenarios públicos.
Mondacca Teatro presentó recientemente en Sucre una de sus más recientes producciones, “El sueño del Príncipe”, la historia de Martín Lutero y su Reforma, con una interesante e impecable puesta en escena, bajo la dirección de su compañera y directora, Claudia Andrade.
Conmemoró sus 45 años con su elenco: Carlos Mercado, Tania Quiroz, Sergio Montoya, Luis Elías, Claudia Vargas, Rubén Cambero y, por supuesto, Claudia Andrade.
El también escritor beniano accedió a una agradable entrevista con CORREO DEL SUR.
Son 45 años en el escenario, ¿cómo se siente?
Entre la vida y el teatro hay tremendas similitudes, así como la obra es efímera, ese tiempo huidizo, que es el escenario, la vida también es así. Había empezado a mis 17 años y ahora veo que han pasado 45. Tal vez lo bello ha sido que son 45 años de estar en el escenario. Un poco mirándose atrás, hemos hecho tanto, se ha hecho tanto, tanto, además con el ímpetu de la juventud producimos seis, siete obras al año y además habíamos abordado televisión, radioteatro, teatro de objetos y veo actos de valentía, por ejemplo a esa edad ya nosotros cortamos amarras: “ya, que vamos de una vez”, porque el teatro requería eso.
A mí me llamaba la atención que no había actores –entre mis 17 y 20 años– no había actores de 50, de 40 años. Los que querían vivir del teatro se habían ido porque no había posibilidad acá en el país y quedaban actores muy mayores, y claro, había que buscar en otros espacios el poder vivir del oficio. Y creo que ese tiempo, y ahora también, requería que asumas el oficio como tal, no como un pasatiempo ni como “el tiempo que me sobra le doy al teatro”. Requería que se viva del oficio y muy pocos asumimos el reto y no sé cuántos sobreviven, mucha gente se ha ido también. Yo creo que ahora requiere un compromiso similar, no podemos hacer teatro el tiempo que me sobra: “Soy funcionario público y luego hago teatro” o “soy médico y el tiempo que me sobra hago teatro”; no, no vamos a lograr absolutamente nada, requiere también a esta altura, igual quemar naves, apostar al oficio, a la profesión. Uno no va a ser profesional si no vive de lo que hace, si no es un pasatiempo, una terapia, un hobbie.
En estos 45 años, sabemos que se ha dedicado más a los monólogos, al teatro unipersonal. ¿Cuántos personajes se han creado, cuántas obras?
En cuanto a hacer obras ya perdí la cuenta hace rato. Al principio cometíamos muchos crímenes, por ejemplo, trabajos de meses para una o dos funciones; soy enemigo de eso, es una traición al trabajo, al autor (…). Como elenco tenemos con Claudia 25 años y en estos años hemos producido sobre todo teatro nacional y hemos girado donde hemos podido. Y bueno, unipersonales ha sido por necesidad, porque por ejemplo Lutero originalmente son diez, 12 actores, y ahora hemos reducido, pero es difícil llevar gente. (Hacemos) unipersonal porque tenemos una dinámica interesante y así trabajamos.
Claudia Andrade interviene: Hay obras de grupo que se vuelven de cinco y después se vuelven de uno (risas).
Mondacca: “Sr. Jodorowsky” habíamos hecho como ocho, diez actores y no se podía viajar con todos y la volvimos unipersonal; entonces desde esa vez hacemos tres versiones: una donde vivimos, que podemos tener 30, 35 actores, pero para viajar redujimos a ocho y también unipersonal. Y como son casi nuestras propias historias, podemos poner o sacar, hacer otra versión, pero a veces uno se olvida lo que ha hecho, para eso son buenos los afiches. Por ejemplo, el personaje de Lutero, nos damos cuenta, –porque es nuestra segunda temporada recién–, que es una obra interesante, el proceso ha sido interesante. Hay dos procesos interesantes: el creativo, cuando uno está haciendo la obra, está investigando; y el otro cuando se estrena la obra, ese es un proceso fantástico porque la obra camina solita, uno sólo tiene que sumarse.
Pero el proceso creativo es fascinante porque le permite a uno hacer esa labor de investigación y ese proceso en uno mismo cuando va a encarnar un personaje, no hay personaje que no deje huella, que pase así nomás, siempre deja una huella y una enseñanza. En ese sentido, creo que los actores viejos son videntes porque ese afán de hacer personajes le dan a uno una lucidez en cuanto a la vida misma.
¿El teatro de ahora es el mismo de antes?
Muchas cosas han cambiado, yo provengo del teatro clásico, hacíamos Anouilh, hacíamos Schiller, autores europeos y estaba bien, proveníamos de ahí. Y luego en el transcurso, a los tantos años de hacer teatro, a mí se me marcó la idea de que era posible hacer un teatro nacional con mucha dignidad, es decir, autores nacionales, tenemos esa vertiente inagotable que es la literatura y una estética propia, creo ahora sí, pero muchas cosas han contribuido, por ejemplo lo que ha pasado estos últimos años, donde empezamos a ver y a admirar lo que somos, porque ese afán de ser foráneos, esa vocación extranjera que tenemos como dice Alberto Cortez, es impresionante: todos los “llok’allas” queríamos ser gringos y los gringos quieren ser “llok’allas” (risas); entonces, esto hacía confundir las cosas, en cambio ahora creo que hay una exaltación de lo nuestro, un poco ver lo que pasa acá, descubrir en primer lugar el sitio en que habitamos en el planeta, es extraordinario.
Este conglomerado que somos, esta yuxtaposición de culturas que tenemos, nos enriquece, porque ¿qué somos?, pero ahora podemos hablar de una estética propia, es decir, donde vayamos se reconoce un teatro boliviano. Antes eso era difícil, el dramaturgo estaba más ligado a la literatura que al teatro, entonces, eran los poetas, los escritores de novela los que escribían teatro, en cambio ahora, por ejemplo, el fenómeno es que los grupos teatrales tienen su propia dramaturgia, eso ya es un tremendo paso.
¿Cuáles serían esas características para identificar al teatro boliviano?
Esta visión de mundo, para mí, es el festejo, creo que este es un pueblo que baila y que también goza sufriendo (risas). Un poco está lo llorona que tenemos, pero también está festejando. Luego esta riqueza, esta fusión de elementos, sería el estilo birlochesco recargado, somos recargados desde el color. Sobre todo en los Andes me imagino que hay que contrastar el ambiente, el clima, hay que contrastar esta explosión que hay en la fiesta, ahí se revienta la gente, el Carnaval… y es un pueblo que festeja. Antes de (Hugo) Banzer teníamos no sé cuántos feriados, Banzer suprimió y seguimos teniendo estos feriados. Todo era fiesta (risas).
¿Los espacios para el teatro son los mismos o han aumentado? ¿Han cambiado? Por ejemplo, en Sucre hay pocos teatros.
No ha cambiado mucho. Los problemas que había en el teatro cuando yo tenía 20 años, son los mismos: la falta de espacio, las alcaldías metidas en el rollo político y descuidando la cultura, hablan de cultura cuando van a ser electos, después es puro cuento, para la foto están bien. Por ese entonces el Gran Mariscal era el teatro más grande del país, creo, y le faltaba todo lo técnico siempre; creo que al 3 de Febrero siempre le faltó lo técnico.
Andrade: Lo han remodelado, pero no ha servido de mucho.
Mondacca: Entonces, es la misma orfandad y el mismo desamparo de los artistas que tienen que arreglárselas, y siempre de por medio la politiquería (…). El Teatro Municipal allá (en La Paz), es más peña que teatro, yo no sé cómo consiguen promociones de colegios, tienen dos, tres días, nosotros que tenemos un currículum y somos profesionales del asunto, nos cuesta conseguir dos días, pero no sé cómo le hacen, es el favor político, esas componendas (…).
Los emprendimientos independientes son los que están salvando el tema del teatro, allá (en La Paz) el Desnivel, nuestro propio espacio: el Kusikuy, que es un teatro de bolsillo; el Nuna, uno que otro lugar así, pero los oficiales, pobres, siempre.
¿Cómo ha recibido Sucre “El sueño del príncipe”?
Bien, la estrenamos en La Paz y no pudimos reponer la obra justamente por la falta de espacio, pero la experiencia buenísima. Además debía ser un performance, un monólogo, y de pronto fue creciendo y tomó avisos de obra; muy lindo. Creo que en la puesta y en la producción, Claudia se ha rajado haciendo esta obra, tiene su estética, y también en la elaboración del guion ha sido una aventura interesantísima hacer Lutero, y ¡qué personaje! Como el año pasado era los 500 años de la Reforma, qué lástima que el trabajo no llegue a más gente, por la falta de mecanismos de publicidad, porque es un esfuerzo y a uno le dan dos días y ¿qué hace en dos días? Y cuando la gente se ha enterado ya pasó la temporada y retomar siempre es muy difícil. Pero ha sido una experiencia bellísima con Lutero, sobre todo en la elaboración.
¿Qué recomienda a los artistas jóvenes que incursionan en el teatro?
Si no hay pasión no pasa nada, porque es duro, es difícil, hay que pelear contra viento y marea, las cosas son difíciles en el país, en la sociedad y hasta en la familia. Hay que querer el teatro con una pasión desmedida, pero una vez que uno ha pasado esa prueba tremenda, de ir contra todo, el teatro nos va a develar una fortaleza. Yo creo que nos permite ver las cosas más simples y develamos el misterio de alguna manera con las cosas sencillas. Quien ame la vida tiene que hacer teatro. El teatro es como decía Baudelaire de la poesía, es como una lupa, un lente de aumento, cuando hacemos teatro, el hecho más insignificante para nosotros es un cúmulo de revelaciones, es como que se adquiere una clarividencia que nos ayuda a vivir y seguramente a ser mejores.
Mi consejo sería que el teatro requiere una pasión a prueba de todo porque es bien fácil desmoralizarse y quebrarse, y huir de la creencia de que el éxito es todo porque muchos quieren el éxito ¡ya! (…). Hay que quitarse esas ínfulas, dejar de pensar que el escenario es una pasarela donde muestras lo bello y extraordinario que eres y es un lugar donde hay que subir con humildad, si le quitas la mística al teatro le quitaste todo, el teatro nos vincula al misterio y para eso se necesita sencillez.