Torpedos aliados en la Guerra

Bolivia y Perú emplearon efectivos proyectiles marinos para desgastar a Chile

GUERRA. La goleta Covadonga de la Armada chilena acabó hundida por un hábil ataque de Perú, en Chanchay, el 13 de septie GUERRA. La goleta Covadonga de la Armada chilena acabó hundida por un hábil ataque de Perú, en Chanchay, el 13 de septie

Mario Castro Torres * para CORREO DEL SUR
Panorama / 25/03/2019 07:48

Al inicio de la Guerra del Pacífico, Perú cuenta con un arma naval de invención reciente, en la que se cifran grandes esperanzas: el torpedo. En previsión del inminente conflicto, Perú adquiere diez torpedos Lay, de fabricación norteamericana. Teniendo listos dos de ellos en Iquique, el 22 de agosto de 1879, el blindado peruano Huáscar –comandado por Miguel Grau– recibe la orden de dirigirse a Antofagasta para emplearlos contra el blindado chileno Blanco Encalada –aprovechando que éste está recibiendo mantenimiento– y así obtener una ventaja sobre la escuadra enemiga. Esa noche el Huáscar y el transporte Oroya recogen los torpedos en Iquique y zarpan rumbo a la costa boliviana.

BAUTISMO DE FUEGO: VICTORIA DE ANTOFAGASTA

El 24 de agosto, cerca de Antofagasta, un espía peruano avisa al Huáscar que en Antofagasta están varios barcos enemigos: la cañonera Magallanes, la corbeta Abtao y los transportes Limarí y Paquete de Maule, pero no el Blanco Encalada. Al día siguiente el Huáscar y el Oroya llegan para enfrentarlos. Entonces, el Capitán Grau decide lanzar un torpedo contra la corbeta Abtao, pero su hélice propulsora se enreda, desviándose y eso no es lo peor, pues como relata el combatiente boliviano Demetrio Toro (1879): “otras y otras olas de esa bahía, naturalmente brava, lanzaron al torpedo contra el Huáscar, haciéndole cambiar completamente de rumbo. Estaba [el Huáscar] a punto de sucumbir con su mismo torpedo cuando un oficial [Fermín Diez] Canseco se tiró al mar para detener [i.e. desviar] el torpedo, estando ya para chocar con el Huáscar. El valiente oficial pudo conseguir su intento y se salvó, salvando a todos [consigo].” Luego, se logra recoger el torpedo con ayuda de un bote, mientras el Huáscar logra cortar el cable telegráfico hacia Caldera, interrumpiendo las comunicaciones chilenas.

El 28 de agosto, dejando los torpedos en el Oroya por el riesgo de que estallen en combate, el Huáscar vuelve a presentarse en Antofagasta. Toro (1879) continúa su relato: “Después, empeñó combate el Huáscar contra las dos cañoneras [Abtao y Magallanes] y las baterías de tierra; durante cuatro horas se sostuvieron las enemigas, mas luego tuvieron que rendirse. El Abtao ha quedado inutilizado y ha muerto su capitán. La Magallanes, perforada por las balas del Huáscar, herido el capitán y muchas víctimas. En el Huáscar ha muerto un oficial. Las baterías de tierra se rindieron, asimismo, porque los fuegos del monitor peruano desmontaron tres cañones de a tres [pulgad]as.”. Aunque quien muere es el segundo comandante de la Abtao, efectivamente esta nave queda tan dañada que en adelante sólo se usa como transporte. Igualmente, los serios daños sufridos por la Magallanes la obligan a retirarse hasta Valparaíso.

Por la victoria de Antofagasta, el aapitán Grau es ascendido a contraalmirante y Bolivia le otorga una condecoración, la que Toro tiene el honor de entregar. Entretanto, Chile se conmociona, como indica Toro (1879): “Los brillantes resultados de esta importantísima victoria han sido [causa de] nuevos alborotos en Chile y la caída del Ministerio Varas. [El Almirante chileno] Williams Rebolledo ha sido depuesto también. En fin, están que no se entienden”. Sin embargo, en esta ocasión queda en claro que los torpedos norteamericanos no son útiles en mar bravío.

MAÑA SOBRE FUERZA: HAZAÑAS DE LAS FUERZAS SUTILES

En 1880, luego de la pérdida del Huáscar, las fuerzas aliadas ponen la esperanza de la defensa de la extensa costa peruana en las denominadas Fuerzas Sutiles. Estas son lanchas con motor, convertidas en torpederas para contener a la armada chilena. Su comandante, capitán Leopoldo Sánchez, pide al brillante ingeniero peruano Manuel Cuadros que examine los torpedos norteamericanos para copiarlos.

Con su propio dinero, Cuadros construye un bote torpedero, pero el primer intento de emplearlo contra los chilenos acaba fatalmente el 24 de abril en Ancón, muriendo un oficial y cuatro marineros peruanos. Para colmo de males, el espionaje chileno, seriamente infiltrado en el Alto Mando de las fuerzas aliadas, avisa a la escuadra enemiga acerca de la estratagema peruana –por increíble que parezca, con lujo de detalles– para que esté alerta contra posibles ataques o contra botes minados por los peruanos. Por ello, aunque no cabe ya esperar buenos resultados, a veces más sirve la maña que la fuerza.

Una acción de sacrificio tiene lugar el 25 de Mayo, cuando la lancha peruana Independencia –que está dejando torpedos fijos en el mar– se encuentra con la lancha torpedera chilena Janequeo. Es un combate desigual, pues la enemiga es más veloz y es blindada; segura de su superioridad, ésta embiste a la peruana, pero queda enganchada con ella. En un acto de heroísmo, el practicante de medicina Manuel Ugarte y el teniente José Gálvez cogen un torpedo peruano, lo arrojan sobre la embarcación chilena y producen una explosión que hunde las dos embarcaciones. Meses después, los buzos peruanos logran rescatar uno de los cañones chilenos.

Entretanto, el ingeniero Cuadros logra construir un segundo torpedo. El capitán Sánchez planea usarlo de la siguiente manera: “la lancha torpedo zarparía […] simulando ser una lancha de víveres que se dirigía hacia el Callao, dejándose descubrir intencionalmente por el enemigo para que se lance en su persecución, la capture y se produzca la explosión del torpedo” (Yavar, 2010). La difícil misión es encargada al alférez Carlos Bondy, quien dirige la lancha que es avistada por el transporte artillado chileno Loa el 3 de julio.

El capitán enemigo, Guillermo Peña, está al tanto de la estratagema peruana, pero ve cómo una lancha (dirigida por Bondy) parece querer alcanzar el bote para remolcarlo a la costa, por lo que piensa que no hay trampas en él y ordena abordarlo. Según el periódico panameño La Estrella (1880): “A medida que se sacaba la carga [del bote], el peso disminuía, el falso piso se alzaba y los resortes en que se apoyaba, que estaban en conexión con el torpedo, iban quedando en libertad para producir bien pronto su esplosion [i.e. explosión]. Repentinamente ésta tuvo lugar, y los efectos fueron desastrosos. Las 300 libras de dinamita hicieron casi levantar al Loa de sobre las aguas”. Éste se hundió en breves minutos, muriendo 118 de los 181 hombres que llevaba, incluyendo su capitán.

Este éxito alienta a los peruanos a intentar repetirlo. Para ello, reúnen 350 kilos de dinamita y los esconden en un elegante bote de lujo en el puerto de Chancay. La goleta chilena Covadonga, uno de los barcos más importantes de la armada enemiga, es enviada para bombardear un puente ferroviario cerca de allí el 13 de septiembre y, divisando una lancha y el bote peruanos, les dispara. Hunde la lancha, pero el bote queda intacto y, tentado por el alto precio que podría tener, el capitán Pablo Ferrari ordena examinarlo. Como no se encuentra nada sospechoso, pues su carga explosiva está magistralmente disimulada, Ferrari ordena llevarse el bote en lugar de destruirlo. Cuando éste es izado, detona la carga explosiva, matando a 32 hombres y hundiendo el barco. Además, 48 de los sobrevivientes son hechos prisioneros por los peruanos. Este fue el último y más importante éxito de los torpedos peruanos en la Guerra del Pacífico, festejado ampliamente en Perú y lamentado por Chile incluso después de la guerra, la que en adelante se libró tierra adentro.

* Historiador y psicólogo. Especialista en Psicología Clínica. Docente titular de las carreras de Historia, Psicología y Turismo de la Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Comentarios: [email protected] http://ufsx.academia.edu/MarioCastroTorres.

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